(Dr. Kiskesabe)

Con mucha dificultad recuerdo la última vez que expedí un certificado de defunción o que tenga conocimiento de alguna persona, cuya causa de la muerte haya sido el temido cáncer de próstata. Tal parece que el terror surge más de la palabra cáncer, que lo lesivo de ese tumor de próstata.


Recuerdo hace cinco años, un hombre de 90 años, con cáncer de próstata controlado con tratamiento médico, pues nunca se obstruyó el flujo urinario, murió de una trombosis cerebral propia de la arteriosclerosis senil, es decir, murió de muerte natural. Y hace 30 años, uno de mis 16 tíos “carnales”, de 89 con cáncer de próstata y metástasis a vértebras de columna torácica, sin dolor murió también de trombosis cerebral por arteriosclerosis cerebral senil, y no por el cáncer de próstata.


Durante 10 años en que me permitieron laborar en una institución, en el servicio de medicina interna es el área donde con mayor frecuencia se expiden certificados de defunción. Hasta donde Alzheimer me lo permite, recuerdo haber expedido uno que otro certificado de defunción por cáncer de próstata con metástasis graves y mortales a pulmón.


Hice una llamada telefónica a un urólogo de mi “camada” (generación), ejerce la urología desde hace 40 años, ubicado en lejanas tierras, no recuerda el último certificado de defunción por cáncer prostático y cuestioné su experiencia durante el tiempo que trabajó en un institución, pues lo despidieron igual que a mí, y me informa que ocasionalmente expedía uno o dos certificados de defunción, por año, por esa causa.


En otras palabras, el terror al cáncer de próstata que sufren hoy día los “chavos” de 45 años en adelante que a cada rato se andan midiendo el antígeno prostático, o solicitando que les introduzcan el dedo índice, o dos dedos para palparles la próstata ese terror, es por demás exagerado.


Los que saben mucho más que yo de esto, dicen que aunque el cáncer prostático se detecta en muchos hombres, muy rara vez es lo suficiente agresivo como para causar la muerte. Es decir, coinciden con el punto de vista que estoy describiendo.


No se trata de menospreciar el problema, sino de justipreciarlo en su verdadera dimensión. Y aquí otro dato tranquilizador para los que viven aterrorizados por este mal: si bien es cierto que tres cuartas partes de los hombres de 80 años o más y un tercio de los que tienen entre 40 y 60 años presentan células cancerosas en la próstata, también es cierto que el riesgo acumulado de morir de cáncer es mínimo e insignificante, de un 2.8% a lo largo de toda su vida. En otras palabras, no es para aterrorizarse. Este dato explica, el porque en la consulta de medicina interna de Kiskesabe, pocas veces expide certificados de defunción por esa causa, a pesar de que la edad de la mayoría de sus pacientes es mayor de 60 años y de que observa pacientes hasta de 104 o 114 años de edad, no ha expedido, en los últimos cinco años, certificado alguno cuya causa de la defunción haya sido el cáncer de próstata.


Obviamente es posible que en los servicios de urología, la causa más frecuente de muerte sea precisamente este cáncer. Pero esto sería como aquellos anuncios jocosos: En esta escuela nocturna, las clases son de noche. O: aquí se vende hielo bien frío.


Cualquier hombre al que se le determine el antígeno prostático especifico para detectar el cáncer de próstata, tiene derecho a saber que el beneficio potencial es muy pequeño y que los daños potenciales son significativos al causar grandes gastos en pruebas, biopsias o cirugías innecesarias, dolor físico, riesgo de hemorragias o infecciones, disfunción eréctil, incontinencia urinaria y hasta la muerte. Así dicen los investigadores. Y en la práctica clínica cotidiana, me consta este fenómeno.


Lo anterior sucede porque la mayoría de los hombres sanos a quienes se les detecta elevación del antígeno prostático, no van a presentar síntomas ni complicaciones relacionadas con el cáncer de próstata. Pero esto no se les informa a las personas con elevación del citado antígeno. Al contrario, se les inculca terror, que el antígeno elevado es igual a cáncer, con el fin de lograr que acepten una productiva cirugía, la mayoría de ellas innecesarias. Por supuesto, la recomendación puede ser diferente si hay antecedentes familiares de cáncer de próstata o si la persona tiene síntomas urinarios sugestivos de crecimiento de próstata. Por esto, siempre es recomendable un minucioso diálogo entre médico y el paciente.


Y una recomendación esencial, si le proponen cirugía de próstata o alguna otra maniobra invasiva es buscar una segunda opinión, de dos médicos diferentes, no de dos dedos, ya que la única indicación obligada y necesaria de una cirugía de próstata, puede ser la obstrucción al flujo urinario, sin respuesta a un tratamiento médico bien elaborado, bien planeado y bien cumplido por el paciente.

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