Sol Quintana Roo
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COLUMNA POLÍTICA DEL SOL

POR LOS PASILLOS DEL CONGRESO

El presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Porfirio Muñoz Ledo, expresó su molestia ante sus compañeros legisladores con un «chinguen a su madre, qué manera de legislar». El diputado soltó esta frase sin darse cuenta de que su micrófono seguía abierto mientras ocurría la votación en lo general del dictamen para reformar la Ley Orgánica del Congreso con la añadidura de última hora, por parte de Morena, para ampliar a 18 meses la permanencia de la bancada con mayoría absoluta al frente de la Mesa Directiva, misma a la que tuvo que renunciar por presiones de la oposición y a una inminente parálisis legislativa.

El que si se voló la barda fue el diputado Luis Javier Alegre, presidente de la Comisión de Turismo de la Cámara de Diputados, quien confundió a la cultura huichol con la “cultura huachicol” durante la presentación del Cinturón Maya II en San Lázaro. “Con este cinturón maya II, suman ya seis donde se reconocen cultural como la ‘huachicol’, la chiapaneca y ahora la maya, además del reconocimiento a nuestros artesanos que con su trabajo hacen verdaderas obras de arte”, indicó el legislador morenista, ante el asombro y la burla de quienes lo acompañaban en ese momento.

Lo que es que ignoraba que México había legalizado ya la marihuana y el cannabis, en caso contrario ¿la senadora Jesusa del partido Morena está cometiendo un delito, y puede legislar estando sin sus cinco sentidos, o sea completamente mariguana? Y es que la misma senadora aseguro que era “senadora mariguana de tiempo completo”.

Así las cosas en nuestro Congreso de la Unión.

COLUMNA SOL QUINTANA ROO

El presidente López pasará a la historia como el principal promotor de la impunidad, el crecimiento incontenible de la violencia y la denigración de las fuerzas de seguridad, trátese de corporaciones municipales, estatales o federales, incluida su Guardia Nacional.

Para AMLO los criminales también son pueblo; para él, un obrero que a diario se gana el pan con el sudor de su frente, un estudiante que hace de la cultura del esfuerzo su herramienta para alcanzar sus metas y el campesino que a pleno sol y soportando toda inclemencia del tiempo ara sus tierras para poder subsistir, valen lo mismo que el secuestrador que asesina a sus víctimas, que el violador que abusa de una niña o de una anciana, o el narcotraficante que mutila, descuartiza y decapita a sus competidores. Para él son iguales, no ve diferencia alguna.

¿Es correcta esa visión sobre el ser humano, sobre todo cuando se pregonan el amor al prójimo y la paz como una forma de gobernar?

Pero no solo esa apreciación -y aplicación en lo cotidiano del presidente de México- resulta tan perniciosa como aquella que se ha empeñado en sembrar en el sentido de que las fuerzas encargadas de preservar el orden público no deben atentar contra el pueblo.

Se ha vuelto común ver convoyes militares tratando de ingresar a poblados controlados por el crimen organizado que son agredidos, insultados, vejados y obligados a retirarse del lugar, sin poder siquiera oponer resistencia, mucho menos repeler las agresiones e imponer su autoridad. Ya no la tienen, y eso es culpa de AMLO.

Los elementos del Ejército, de las Fuerzas Armadas y lo mismo sucede con la Guardia Nacional, son retenidos, secuestrados y canjeados lo mismo por armas decomisadas, que por criminales capturados.

¿Es ese el Estado de derecho que tanto pregona en sus conferencias mañaneras?

En las afueras del Palacio Nacional un grupo de policías militares fueron golpeados con palos el pasado 4 de septiembre por integrantes del Frente Nacional de Liberación Social. Los elementos fueron trasladados al Hospital Militar.

¿Si eso sucede en la entrada principal de Palacio Nacional, qué se puede esperar en los rincones más apartados del país?

Estas vejaciones de que son objeto a diario los cuerpos de seguridad alientan la impunidad y los hechos de violencia, pues de antemano los agresores y criminales saben que no habrá ninguna acción en su contra.

Pero lo más grave es que esta pasividad del gobierno, esta ausencia de autoridad, de ley, ante el clima de violencia e inseguridad que prevalecen en el país, alentará la formación de grupos ciudadanos de autodefensa, es decir, la justicia por propia mano.

Otro efecto colateral es la deshonra del Ejército mexicano -antaño respetable y hasta temido ante ciertas circunstancias-, y la denigración de todas las fuerzas de seguridad. Pobre México.

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