Sol Quintana Roo
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ASÍ VIVÍ EL 2 DE OCTUBRE EN TLATELOLCO

Francisco Medina/Sol Quintana Roo

Miércoles 2 de octubre

Las once treinta de la mañana, en esos momentos los oaxacos seguramente estaban en la asamblea del CNH, Toño nos había comentado que en ella se hablaría de los resultados de la reunión de los comisionados y los representantes presidenciales, y, sobre todo, de la manifestación que culminaría esta tarde en Santo Tomás. Había coincidencias en los diversos informes sobre el inusual despliegue de fuerzas militares en los alrededores del Casco de Santo Tomás, por lo que se decidió cancelar la manifestación pues realizarla sería como lanzar una abierta provocación. Cuando concluya el mitin de Tlatelolco en donde se va a leer la respuesta al informe presidencial, se avisaría a la gente que no se haría y así terminarían las actividades del día.

En el trabajo se oían muchos rumores acerca de la manifestación, según ellos se iban a poner feas las cosas.

Cuando regrese del trabajo, mi madre aún no regresa del centro donde fue con mi tía Conchita. Ese día las clases se habían suspendido por el mitin y la manifestación. Baje al departamento de don Juan a comprar unos refrescos y cuando estaba pagando llegó Gaby. Le dije que me esperara un momento mientras dejaba los refrescos en la casa y bajaba enseguida. Que nos veríamos en unos minutos en el asta bandera.

Cuando baje estaba sentada con los brazos cruzados sobre su pecho y con la mirada clavada en el piso.

Platicamos solo un par de minutos pues su mamá le llamo para que fuera a comer, quedamos de vernos más tarde para ir a la plaza.

Al llegar a la entrada del edificio donde vivo volteé y la vi entrar al suyo. En esos momentos sentí algo extraño en el pecho, por un momento sentí que no la volvería a ver nunca más.

Pensando en esas cosas llegue a mi cuarto y me deje caer de espaldas sobre la cama. En el buró estaba uno de mis inseparables libros, lo tome y retome la lectura del Fausto, donde la había dejado.

No sentí pasar el tempo, no tenía ni hambre. A las cinco quince de la tarde subí a la azotea para ver desde allí la plaza de las Tres Culturas. El mitin estaba por empezar. El cielo estaba despejado. La ropa de casi diez mil personas vestía de todos los colores la plaza. Ropas de hombres, mujeres y adolescentes. Ropas de niños que ajenos a lo que allí sucedía, juegan a corretearse unos a otros. Se veía llegar contingentes numerosos, como el de los ferrocarrileros con sus gorras azules y sus silbatos de locomotora, los maestros, los padres de familia, los campesinos y los electricistas. Se oyen porras, goyas y huelums, son desenrrolladas algunas mantas que apuntan hacia el cielo.

Se empieza a oír la voz de los oradores. La multitud ruge en cada mensaje leído, en cada carta, cada telegrama, en cada saludo y, sobre todo, cuando son anunciadas las organizaciones que se adhieren al movimiento.

Son las seis de la tarde. Todo parece ir bien y decido bajar a la plaza. En la entrada del edificio están mis primos Miguel Ángel y Ramón. Al verme me preguntan a dónde voy y le digo que al mitin. Miguel Ángel me jala de la chamarra y me obliga de una patada en el trasero a subirme al departamento. Al llegar me asomo por la ventana de la recamar de mi madre. A pesar de que da a la parte posterior de la plaza y no se puede ver nada, si alcanzo a escuchar lo que dicen los oradores. Uno propone boicotear los programas de televisión que conducen Zabludowsky y Pedro Ferriz. Otra voz dice que se informa que la manifestación a Santo Tomás ha sido suspendida.

Una ligera llovizna oscurece la tarde. Veo pasar a algunas personas corriendo para taparse.

Son las seis diez, en el cielo en peligrosa maniobra dos helicópteros pasan sobre los edificios y se dirigen hacia la plaza. El ruido de los helicópteros dificulta poder escuchar las voces de los oradores. Se oyen rechiflas y abucheos. Luego gritos de angustia, de terror. Una voz pide calma: ¡Es una provocación, es una provocación!¡No se vayan, calma! Pero el pánico es ya una enfermedad colectiva. Veo grupos de personas correr por todos lados. Se escuchan disparos de balas. Salgo del cuarto y en la entrada del departamento me encuentro a mi madre, está asustada. ¡Hay vienen los soldados!¡Son muchos! ¡Métanse!

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Algunos estudiantes tratan de entrar al departamento, pero siguen su carrera hacia la azotea. Uno de ellos logra meterse antes de que mi madre cierre la puerta. Los disparos se escuchan más cerca, más fuertes. Corro a la recamara de mi madre y tomo a mi hermana Marcela en brazos y nos metemos todos a mi recamara.

Vemos las ráfagas de los disparos pasar por el cubo de las escaleras. Escuchamos como se impactan en las paredes, como rebotan en la estructura de las escaleras, como se rompen los vidrios de las ventanas. Todos asustados nos metemos bajo las camas. Aun así, podemos ver los destellos de las ráfagas de fuego de las balas. Se oye el tropel de pesadas botas rumbo a la azotea. Martha, Olga y Héctor lloran asustados. Mi madre reza pidiendo a Dios que esto termine pronto. Yo estoy paralizado, aterrado con mi hermana en brazos, siento unas ganas tremendas de llorar, pero no puedo. De gritar ¡pinches sardos asesinos! De mentarles la madre, pero las palabras se me atoran en la garganta.

El reloj del buró marca las siete de la tarde, ya ha oscurecido. La balacera sigue. Las tanquetas se adueñan de la explanada, hacen blanco en las instalaciones de gas del Chihuahua, se incendian tres pisos. Fuego. Humo. El aguacero es cada vez más intenso, como lo es también la lluvia de balas. Se oyen el ulular fantasmagórico de las sirenas de las ambulancias.

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Ha pasado una hora más, en el cuarto nadie se mueve, mis hermanos han dejado de llorar, mi madre no deja de rezar. No se encienden las luces y toda la Unidad queda sumida en una aterradora penumbra. Esporádicamente se oyen algunos gritos y disparos. En ese silencio, alcanzamos a escuchar a lo lejos algunas voces que cantan el Himno Nacional. Son las voces de los estudiantes que han sido detenidos y están parados frente a uno de los muros de la iglesia.

Han trascurrido cuatro horas y 50 minutos y seguimos paralizados en el cuarto, debajo de las camas. Repentinamente vuelve el fuego de artillería. Se inicia una nueva balacera, tal vez más intensa que la anterior. Vuelve a llover intensamente. Mis hermanos vuelven a llorar y mi madre a rezar, yo sigo mudo con mi pequeña hermana en brazos.

Han pasado cinco horas y 35 minutos. Deja de llover. Se empiezan a escuchar voces de gente que pasa a cada uno de los departamentos pidiendo medicamentos, vendas, algodón, alcohol, mantas, todo lo que pueda servir para ayudar a los heridos, pues el ejército no deja entrar a los paramédicos de las ambulancias y hay muchas personas heridas en la primaria y en el kínder. Dicen que se han montado bayas de personas alrededor de esos lugares para evitar que los soldados y los granaderos entren por ellos. Cuando tocan en nuestro departamento, mi madre y yo abrimos la puerta.

Uno de los voluntarios es Manuel el novio de la tía Yola de Jorge, tras él, esta Edward con un cinturón de militar en donde trae un botiquín. Ambos portan una manta blanca sobre el pecho con una gran cruz roja pintada sobre el frente y espalda. Hay también otras personas, hombres y mujeres. Les damos lo poco que tenemos y le pido a mi madre me deje ayudarles, pero se niega. Edward agradece mi intención, pero dice que mejor me quede, que no es grato ver a los heridos. Mi madre aprovecha para preparar una olla de té de hojas de naranjo y unas tortas de frijoles, la cuales nos saben amargas.

Es difícil pode dormir, sobre todo apretados bajo las camas. Bomberos lavan la plaza y en otros lugares es cubierta la sangre con aserrín. El olor de la sangre mojaba el aire.

Jueves 3 de octubre

Nos levantamos temprano. Mi madre ayuda al joven a salir de la unidad, le da la cédula cuarta de mi tío Jaime y lo acompaña hasta Nonoalco, en el trayecto son interrogados por algunos militares y agentes, mi madre les dice que es su hermano y que va a trabajar, se identifica con la cédula. Le pide que por favor vaya a la calle de Galena 9 a la casa de mi papá Jorge, donde seguramente también estará mi tío Jaime y que les diga que estamos bien, que saldremos para la casa de mi tía Jovita en Santa Cruz Meyehualco, que allí estaremos, que se vaya para allá.

Cuando regresa mi madre subimos al departamento de mi tía Concha. Mi tía Martha está completamente destrozada de los nervios, no puede dejar de llorar. Se la pasó casi todo el tiempo viendo desde la ventanilla de uno de los cuartos que dan a la plaza y vio como masacraban a los estudiantes, a mujeres, a hombres, a niños. Como los muertos eran echados como costales de papas en los camiones y tanquetas.

Mi tía Yola había hablado por teléfono para decir que en su departamento tenía a ¡veinte! estudiantes. Que habían roto toda la propaganda, carteles y mantas, que habían echado al cubo de la ventana del baño. Que los botes se habían abierto y que su contenido lo dividieron entre todos. Que los había podido sacar de dos en dos al ir por agua hasta la esquina de San Juan de Letrán y Manuel González, ya que se había cortado el suministro de agua a los departamentos.

Mi madre sacó dos maletas y en una de ellas metió ropa limpia y en otra, la ropa que estaba en la lavadora remojándose. Salimos como a las nueve de la mañana. A nuestro paso veíamos vidrios de ventas rotos, rejas tiradas, los cristales de los comercios rotos, saqueados; muros descarapelados, sangre seca en la tierra de los jardines, en las bancas. Flores aplastadas, zapatos, cuadernos, aretes, botones de hippie, anteojos quebrados. Soldados, sordos, altaneros, gritones. Nos detuvieron en la salida del estacionamiento de Nonoalco, al lado de la torre de Relaciones Exteriores.

Una mujer vestida con uniforme militar cateo a mi madre en busca de algo, lo mismo hizo con mis hermanas. Luego un soldado me tomó del brazo y me aventó contra uno de los autos estacionados, me pidió que pusiera las manos sobre el toldo y me registro. Después vaciaron el contenido de las maletas y los regaron por el suelo, con las bayonetas registraban las prendas regadas. Al no encontrar lo que supuestamente buscaban, me dijo que recogiera “mi tiradero”. “Hijo de su pinche madre”, pensé, si el que lo hizo fue él, no yo. Apresurándome logre guardar la ropa en las maletas y a medio cerrar las tome y salimos de Tlatelolco.

(Fragmento de la novela “La respuesta está en el viento” de Francisco Medina,  bajo el sello del Grupo Rodrigo Porrua, disponible en Amazon)

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2 de octubre no se olvida. La Matanza de Tlatelolco

El miércoles 2 de octubre por la mañana, una delegación del CNH se entrevista con los representantes del presidente de la República, Andrés Caso y Jorge de la Vega Domínguez. El mitin convocado por el CNH en Tlatelolco se inicia a las 15:30 horas, con la asistencia de más de 15 mil personas, entre las que se encuentran ferrocarrileros, electricistas, comerciantes, estudiantes y periodistas nacionales y extranjeros.

De acuerdo con el Archivo General de la nación, en una ficha con el sello de la Presidencia, el secretario Particular, del Secretario de la Presidencia citó a Echeverría para un acuerdo a las 12:00 pm con el presidente Díaz Ordaz. En el acuerdo que consta en otra ficha del AGN trataron primero el tema del mitin y manifestación del 2 de octubre. Hablaron de Notimex, para determinar la línea que se daría a la prensa sobre los acontecimientos, también hay una anotación que dice $19, 000.00. -Sócrates (Santa Cruz Davir:2004)

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Luis Echeverria y Gustavo Díaz Ordaz

Luego Gustavo Díaz Ordaz salió precipitadamente para Guadalajara, para aparentar lejanía de los sucesos que ya se había determinado, y Echeverría invitó a tomar café en la secretaría de Gobernación al recién liberado pintor David Alfaro Siqueiros y su esposa Angelica Arenal con quienes estaría en el momento en que telefónicamente le informarían de la matanza, delante de ellos fingiría gran asombro. Mientras tanto su brazo derecho, Fernando Gutiérrez Barrios, Director General de la Dirección General de Seguridad ya se había ubicado en Tlatelolco, en el edificio Chihuahua, donde había conseguido departamentos para que actuara el Estado mayor Presidencial al mando de Luis Gutiérrez Oropeza, Jefe del Estado mayor Presidencial. Al parecer Marcelino García Barragán no estaba enterado de los planes presidenciales.

El Ejército rodea la Plaza de las Tres Culturas con tanquetas. Los operadores de Díaz Ordaz y Echeverría organizados en el Batallón Olimpia, vestidos de civil y usando un guante blanco, desde el edificio Chihuahua inician la balacera, como a las 6:20 cuando el mitin había concluido y Sócrates Campos Lemus estaba en el micrófono, es entonces cuando el Batallón Olimpia comienza, a disparar contra estudiantes, manifestantes y soldados.

Se trato de una operación minuciosamente planeada, con todos los recursos de la ciencia militar. El viernes anterior se había celebrado allí mismo otro mitin de estudiantes que no fue agredido y transcurrió pacíficamente. Esto confió al pueblo, que cayó en la trampa.

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Movimiento estudiantil en Tlatelolco

Todo estaba calculado al detalle: los agentes de las diversas policías mezclados entre la multitud, que al comenzar la matanza se colocaron un guante blanco en la mano izquierda para identificarse entre si; el cierre de todas las vías de escape por el Ejército, que se apostó, con las armas listas, en los lugares estratégicos, por donde necesariamente tendrían que buscar la salvación las víctimas de la emboscada; los helicópteros que sobre volaban la Plaza de las Tres Culturas y que, al comprobar que la gigantesca ratonera a punto, soltaron primero unas bengalas verdes y luego otras rojas.

La consigna que tenían los soldados era disparar contra todo lo que se moviera. En esta operación eran auxiliados por agentes de la Judicial, de la Procuraduría General de la república, de la Dirección Federal de Seguridad, de todas las policías, que debidamente identificadas iban y venían, armados con pistolas y metralletas disparando a discreción.

El tiroteo prosigue hasta la una de la mañana del día siguiente, varios edificios son cateados y ocupados por el ejército. Se confirmó que muchos líderes del CNH han sido aprehendidos y transportados al Campo Militar No. 1. Se calcula que la operación fue ejecutada por unos 5000 soldados armados de metralletas y armas de alto poder.

¿CUÁNTAS PERSONAS MURIERON?

Haciendo gala de su increíble desprecio al pueblo de México, la prensa diaria minimizó la matanza y tomó por buenas las declaraciones del señor Francisco M. Garza, director de prensa y Relaciones Públicas de la Presidencia, quienes afirmaron en conferencia de prensa con los corresponsales extranjeros y los diarios locales, a la una de la mañana el jueves 3 de octubre, que habían en total “cerca de veinte muertos, 75 heridos y 400 detenidos”, y que el ataque del Ejército “socavó con el foco de agitación que creado el problema”.

Sólo en la Plaza de las Tres Culturas deben haber quedado tirados más de cien cadáveres. Aparte, otros muchos quedaron grotescamente encimados en las escaleras de casi todos los edificios que rodean el lugar donde se celebraba el mitin. También en las azoteas de esos edificios hubo muertos, pues en un esfuerzo porque nadie escapara con vida, la estrategia militar previó la utilización de los helicópteros, cuyos tripulantes luego de barrer las azoteas, dirigieron algunas ráfagas de ametralladora contra la gente que huía de la Plaza de las Tres Culturas.

En la madrugada los millares de detenidos estaban siendo embarcados en los transportes militares. Unos periódicos hablan de “mil detenidos” y otros aún redujeron este número, pero si en la Plaza de las Tres Culturas había cerca de 5 mil personas a la hora de iniciarse la llamada “Operación Tlatelolco” y murieron más de 200 y 500 resultaron heridos, los detenidos suman muchos miles, pues a los asistentes al mitin hay que agregar a los residentes de los edificios que rodean la plaza, muchos de ellos sacados de sus domicilios en paños menores y arreados por familia completa, hacia los transportes militares.

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La otra matanza de Tlatelolco, olvidada e ignorada por muchos

Aunque en la memoria colectiva de los mexicanos Tlatelolco, en la Ciudad de México, es recordado como el sitio en el que se perpetró la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968, otra masacre tuvo lugar muchos años atrás: la de 1521, perpetrada por los conquistadores españoles, liderados por Hernán Cortés.

“El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendida por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés, no fue triunfo ni derrota, sino el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

En 1968, un número todavía sin precisar de civiles, entre estudiantes, obreros y vecinos, cayó ante el fuego cruzado de las balas del Batallón Olimpia y el Ejército Mexicano.

No obstante, es preciso señalar que Tlatelolco fue el hogar del pueblo mexica llamado Tlatelolca, que contaba con el mercado prehispánico más importante de la región, en donde se vendían todo tipo de mercancías locales y de otros sitios de Mesoamérica.

De esa época son originarias las pirámides y ruinas que aún se encuentran en la Plaza de las Tres Culturas.

El mercado de Tlatelolco fue visitado por Hernán Cortés antes de la guerra de conquista, y unos días más tarde tuvo lugar la última batalla contra los mexicas, el 13 de agosto de 1521, cuando el emperador Cuauhtémoc fue obligado a rendirse ante los españoles.

Cuauhtémoc se había refugiado en Tlatelolco durante unos 80 días. Este fue el último bastión del pueblo mexica.

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Se calcula que durante aquella batalla se asesinó a 40,000 indígenas; el cronista Bernal Díaz del Castillo describió la escena: “…ese día fue tan sangriento que era imposible caminar por el lugar debido a la cantidad de cadáveres apilados”.

Hace 498 años, el 13 agosto de 1521 y después de 3 meses de asedio, Tenochtitlan se rinde ante los españoles comandados por Hernán Cortés. “Cuando se bajó el escudo…fue: Signo del año: 3-Casa. Día del calendario mágico: 1-Serpiente.”

La falta de alimentos, agua y las enfermedades como la viruela (hueyzáhuatl o hueycocoliztli) obligaron a los mexicas a buscar refugio en Tlatelolco, es ahí donde el tlatoani Cuauhtémoc es capturado. “¡Ya va el príncipe más joven, Cuauhtémoc, ya va entregarse a los españoles! ¡Ya va a entregarse a los “dioses”! “

“…Duró el cerco de México, según las historias, pinturas y relaciones, especialmente la de don Alonso Axayaca, ochenta días cabalmente. Murieron de la parte de Ixtlilxóchitl y reino de Tezcoco, más de treinta mil hombres, de más de doscientos mil que fueron de la parte de los españoles, como se ha visto; de los mexicanos murieron más de doscientos cuarenta mil, y entre ellos casi toda la nobleza mexicana, pues que apenas quedaron algunos señores y caballeros, y los más niños, y de poca edad. Este día, después de haber saqueado la ciudad, tomaron los españoles para sí el oro y plata, y los señores la pedrería y plumas y los soldados las mantas y demás cosas, y estuvieron después de estos otros cuatro en enterrar los muertos, haciendo grandes fiestas y alegrías…”, señala Fernando de Alva Ixtlilxóchitl.

Un largo peregrinar

Tras varios años de peregrinación, el 13 de marzo de 1325, los aztecas llegaron al Valle de México, donde fundaron la Gran Tenochtitlán; ahí, entre luchas de poder, vivieron casi 200 años, hasta la llegada de los españoles.

Hernán Cortés llegó a las costas de Veracruz en 1519 e inició su travesía hacía la Gran Tenochtitlán; en su camino enfrentó varias reacciones, pero también hizo alianza con indígenas de Tlaxcala, Cempoala y Texcoco; finalmente, el 8 de noviembre de 1519, se encontró frente a Moctezuma II, el tlatoani azteca que a partir de entonces sería hecho su prisionero.

Los españoles, en relativa calma, permanecieron en la ciudad durante meses, pero en una ausencia de Cortés, iniciaron los  feroces ataques contra los mexicas, y al regreso de éste, en una de esas batallas, murió Moctezuma II. Con un nuevo tlatoani, Cuitláhuac, se organizó un enfrentamiento para sacar a los españoles del lugar, y el 30 de junio de 1520, en la conocida “Noche triste”, los españoles tuvieron que salir derrotados. Al poco tiempo, Cuitláhuac murió atacado por la viruela.

Como nuevo gobernante de los mexicas -que además sería el último- Cuauhtémoc intentó ganar aliados entre los antiguos tributarios del imperio; para vencer al enemigo fortificó la ciudad, pero los españoles sitiaron, por agua y por tierra, la gran ciudad.

Durante algunos meses los indígenas lograron mantener la resistencia, pero, por falta de alimentos, el corte de agua y atacados por las enfermedades, se replegaron a Tlatelolco; así Tenochtitlan fue ocupada el 13 de agosto de 1521. Cuauhtémoc fue apresado y llevado ante Cortés. El Imperio Azteca había sido destruido.

13 de agosto de 1521, una noche en el Anáhuac

En el cielo está esa lluvia que invita a perder los ojos en el horizonte. Pero en la tierra… montones de piedras tezontle se amontonan y apenas dejan ver que alguna vez tuvieron trazos perfectos. Los cuerpos sin vida de jóvenes, casi niños se amontonan a la entrada del otrora ruidoso mercado de Tlatelolco, la mayoría tiene las horribles heridas como de mordida de cocodrilo que deja una macahutil tlaxcalteca, los menos tienen la casi perfecta marca de una espada española. Al fondo, por cientos se amontonan niños, mujeres y ancianos sin vida, en sus cuerpos tienen las marcas supurantes del cocolistle, la viruela. No hay un sólo ruido, sólo el silencio de la muerte. Ya no huele a copal, sólo el fétido olor a carne putrefacta. No hay luz en los templos, ya no hay templos.

Pocos mexicanos hacen del 13 de agosto una fecha especial. Es un día más en el calendario. Cuando probablemente sea el día más importante para esta nación. Es el día que marca la rendición final de Tenochtitlan, la ciudad más grande del mundo, capital y corazón del imperio Mexica, aquel que ahora nombra a la nación moderna de México. Día de muerte y nacimiento a la vez.

El 13 de agosto es una herida profunda en la identidad mexicana porque no nos hemos esforzado en entender este no-evento y a estar en paz con él. Nos sigue disturbando: ¿cómo mil españoles pudieron abatir a un ejército de miles de guerreros valientes?, ¿por qué Moctezuma fue un cobarde e invitó a Cortés a conocer y desacrar los templos sagrados de Tlaloc y Huitzilopochtli?, ¿por qué nuestros abuelos fueron tan cobardes?

Ya lo dice la canción, casi himno de izquierdas, La Maldición de La Malinche de Gabino Palomares:

“Del mar los vieron llegar mis hermanos emplumados. Eran los hombres barbados de la profecía esperada. Se oyó la voz del monarca que el Dios había llegado … Iban montados en bestias como demonios del mal. Con fuego en las manos y cubiertos de metal. Sólo el valor de unos cuantos les opuso resistencia. Y cuando nos dimos cuenta todo había acabado”.

Esta es la visión del mexicano de sí mismo.

¿Pero qué sucedió realmente? ¿Cuáles son los acontecimientos que llevaron a tan terrible paisaje? ¿Fue todo tan fácil para Cortés y sus mil españoles? ¿Estaban los indios paralizados por la superstición? ¿Habrá una versión de la historia que haga humanos a sus actores? ¿Ni bestias sangrientas, ni infantes inermes?

La visión de los vencidos.

El magnífico nahuatlista Miguel León-Portilla, gran formador de mexicanos orgullosos de sus raíces es quien nos trae la versión de los que perdieron la guerra. El maravilloso y conmovedor libro Visión de los Vencidos es una lectura obligada para todo aquel que ose llamarse mexicano.

Visión de los Vencidos contiene la descripción de la conquista de México y caída de Tenochtitlan desde el punto de vista de los supervivientes. Sin embargo, fuera de su contexto Visión de los Vencidos es el libro que ha alimentado los sentimientos anti-hispánicos y anti-indígenas que tenemos los mexicanos modernos.

En el libro “La visión de los vencidos”, Miguel León Portilla describe que había interés por saber si se avecinaba una guerra, por lo que hechiceros y sabios fueron interrogados, sin dar una respuesta real.

Sin embargo, “por ese tiempo apareció un pobre macehual (hombre del pueblo), venido de las costas del Golfo con las primeras noticias de la llegada de unas como “torres o cerros pequeños que venían flotando por encima del mar”.

“En ellos venían gentes extrañas “de carnes muy blancas, más que nuestras carnes, todos los más tienen barba larga y el cabello hasta la oreja les da…”, destaca el historiador mexicano.

Con esa descripción, el 8 de noviembre de 1519, el tlatoani Moctezuma Xocoyotzin conoció a Hernán Cortés y consideró que se trataba del dios Quetzalcóatl quien, de acuerdo con una leyenda, se internó en el mar prometiendo volver.

De acuerdo con los informantes de la máxima autoridad del imperio azteca, la llegada de los españoles sería catastrófica para la ciudad.

Llegado el momento, el miedo se apoderó de Moctezuma y en su afán por revertir la situación, envió magos y hechiceros para que con algún maleficio los enfermaran o se murieran.

Dichos intentos fracasaron, pues luego de varias batallas en las que consiguieron adeptos, algunos por temor y otros por venganza, como los tlaxcaltecas, así como una derrota conocida históricamente como la “Noche Triste”, las huestes de Cortés se apoderaron de la capital del imperio azteca el 13 de agosto de 1521.

“El Códice Ramírez, que conserva fragmentos de una de la más antigua relación indígena hoy desaparecida, refiere que gracias al príncipe Ixtlilxóchitl, la gente de Tetzcoco se unió con facilidad a los conquistadores desde ese momento”, enfatiza León Portilla.

Detalla que los conquistadores fueron encantados por el oro y que éstos fueron adorados como hijos del sol, y en muestra del agradecimiento del fervor, Cortés les declaró “el misterio de la creación del hombre”, con lo que fueron moldeando la ideología religiosa.

Ya en la ciudad de Tenochtitlan, describe el autor de “La visión de los vencidos”, los españoles fueron aniquilando a los opositores y adhiriendo a su ejército a otras civilizaciones.

Dos meses antes de la caída de Tenochtitlan, Cortés tomó el Recinto del Templo Mayor y el mando de la columna, pero no lograban que los mexicas aceptaran la derrota.

Pero un hecho de la naturaleza hizo que los mexicas lo tomaran como un mal presagio, porque se apreció un torbellino de fuego y chispas color sangre que indicaban lo peor para ellos.

“Y se vino a aparecer una como grande llama. Cuando anocheció; llovía, era cual rocío la lluvia. En este tiempo se mostró aquel fuego. Se dejó ver, apareció cual si viniera del cielo. Era como un remolino; se movía haciendo giros, andaba haciendo espirales”, describe “La Visión de los Vencidos”.

Fue así como el 13 de agosto de 1521, Cuauhtémoc, último tlatoani azteca, fue arrestado en su canoa por el español García-Holguín, quien lo llevó ante Cortés.

En el triunfo de los europeos influyó también una epidemia de viruela, enfermedad que llegó de Europa a bordo de los bergantines ibéricos y que aniquiló a gran parte de los mexicas, entre ellos a Cuitláhuac, uno de sus últimos gobernantes, por lo que el ejército azteca también se vio diezmado.

Así, la caída de una de las civilizaciones más importantes de América se concretó entre armas y profecías, pero el legado cultural permanece en pie como parte importante de lo que significa ser mexicano.

Visión de los vencidos en un mural de Siquieros en Bellas Artes. Cuahutémoc, último Tlatoani Mexica sufre el tormento para inducir la confesión de que planea una rebelión contra Cortés. El tormento es dado por españoles metálicos y desalamados sosteniendo a un terrible mastín. Cuahutémoc y su capitán son sólo acompañados por almas de indios muertos con miembros cercenados.

Estos textos no fueron escritos por Mexicas, fueron escritos por Tlatelolcas, los últimos que resistieron el avance de los vencedores. Cuando Tenochtitlan ya estaba arrasado, sólo Tlatelolco resistió y dio alojamiento a Cuahutémoc y sus capitanes. Sus vecinos y opresores.

Los Tlatelolcas culpan de todo a los Mexicas, con el estilo náhuatl de hablar -te digo feo sin que te des cuenta- y dejan claro que los Mexicas fueron supersticiosos, débiles. Todos sus terribles sufrimientos eran culpa de los Mexicas y de su cobarde emperador, y ahora ellos describen su valor y sufrimiento Tlatelolca. La Visión de los Vencidos está escrita con la intención de realzar el papel de Tlatelolco en la resistencia y que no son traidores a diferencia de otras naciones conquistadas que sí le dieron la espalda a Tenochtitlan:

Fue cuando Pedro de Alvarado se lanzó contra Iliacac que es el rumbo de Nonohualco, pero nada pudo hacer. Era como si se arrojaran contra una roca: porque los de Tlatelolco eran hombres muy valientes.

447 años después se perpetró el asesinato masivo de estudiantes…

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