Sol Quintana Roo
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LA CÁRCEL DE LA MUERTE

Ricardo Ravelo /Sol Quintana Roo

Nido de criminales, escuela de maleantes, el penal de Topo Chico cerró sus puertas luego de varias décadas de operación, donde se suscitaron asesinatos y balaceras hasta el final de sus días.

Fue una prisión modelo como escuela de la delincuencia organizada porque hasta sus propios directores formaron parte del hampa: permitían todo a los amos y señores que ahí vivían: sicarios, narcotraficantes, violadores, lavadores de dinero, criminales, parricidas, por decir lo menos.

Topo Chico se pervirtió porque en esa prisión lo que siempre imperó fue el autogobierno: era la ley de los presos la que se imponía, por encima de las autoridades penitenciarias, rebasadas por los criminales que ahí vivían.

Esta cárcel, prototipo de la corrupción más atroz, recuerda otra prisión tan perniciosa como ésta –El Pueblito –en Tijuana, Baja California, donde también se escribieron grandes historias relacionadas con la criminalidad.

En El Pueblito había carracas donde vivían los presos y sus familiares, incluso niños recién nacidos respiraban todos los días el olor pestilente de una prisión donde todo olía a podrido, a delito y a muerte.

Cuentan las historias que cuando los grupos criminales se enfrentaban dentro de la cárcel las peleas duraban meses, incluso años o nunca terminaban. Los sicarios de un bando asesinaban a miembros del grupo contrario y viceversa.

En una ocasión, un grupo de presos que estaban contagiados con el virus del VIH se pusieron de acuerdo para sentenciar a muerte a varios miembros de una banda que ya los tenía hartos.

Desde el día anterior planearon lo que harían: compraron jeringas y hacia la madrugada se dispusieron a extraerse sangre de las venas. Cuando las jeringas estaban llenas salieron a perseguir a sus rivales. No llevaban armas. Portaban las jeringas con sangre infectada de SIDA. Cuando alcanzaban a sus enemigos les inyectaban el líquido sanguíneo y de esa forma contagiaban y sentenciaban a muerte a sus acérrimos rivales, quienes en pocos años terminaban muriendo debido a la enfermedad.

Las mismas historias se cuentan en las prisiones de Tamaulipas, gobernadas por el crimen organizado, donde los miembros de los cárteles de la droga ajustaban sus cuentas inyectándose sangre infectada con VIH.

En Topo Chico ocurrió de todo, desde asesinatos hasta descuartizamiento de personas. Se cuenta que la prisión operó como refugio de criminales: ahí se escondían los sicarios de los cárteles que por las noches salían a las calles a ajustar sus cuentas con sus enemigos. De día, se guardaban en la prisión y formaban parte de la comunidad de presidiarios.

La cárcel era bodega de droga y de armamento de alto poder, pues los diversos cárteles –particularmente Los Zetas y el cártel del Golfo –utilizaban la prisión para ocultar cargamentos de cocaína o un arsenal conformado por rifles cuernos de chivo, granadas, Barret 50, entre otras, que utilizaban en sus diversos enfrentamientos con cárteles rivales.

Topo Chico era sinónimo de violencia: motines, hacinamiento y violaciones a los derechos humanos era parte de la vida cotidiana. A lo largo de su historia la cárcel fue escenario de diversos hechos sangrientos, entre otros, el asesinato de Alfonso Domené Flormillán, uno de sus directores, el 27 de marzo de 1980.

El funcionario penitenciario fue secuestrado por internos que se amotinaron en busca de mejores condiciones de vida y por exigir su libertad. Pero el hecho más terrible que se vivió en esa cárcel ocurrió en febrero de 2016 cuando un motín dejó un saldo de 49 muertos y varias decenas resultaron heridos. Esto se generó por un enfrentamiento entre grupos del crimen organizado que la autoridad penitenciaria no pudo controlar.

En ese tiempo, el gobernador Jaime Rodríguez Calderón –El Bronco – explicó que el motín se debió a que integrantes del cártel del Golfo se enfrentaron con Los Zetas. Aparentemente, el enfrentamiento derivó de la muerte de Jorge Hernández Cantú, “El Comandante Credo”.

La madrugada del lunes 30, más de 600 reos de esa prisión fueron trasladados a los penales de Apodaca y Cadereyta, Nuevo León, con lo que se puso fin a la historia de corrupción y muerte en el trágico penal de Topo Chico que hoy quedó sumido en el silencio.

Cualquier director que pasara por Topo Chico tenía que sumarse a la corrupción. De no hacerlo, tenía sus días contados. Debía obedecer órdenes del crimen organizado porque ellos tenían el control absoluto de la prisión.

Nadie podía ir en contra del autogobierno impuesto en Topo Chico.

En los últimos veinte años, por decir lo menos, a lo largo y ancho del país las prisiones estatales pasaron a ser controladas por los cárteles de la droga.

Casos ejemplificativos de esto fueron las fugas que se presentaron en penales de Tamaulipas y Veracruz –estados controlados por Los Zetas y el cártel del Golfo –donde los propios grupos criminales llegaban armados hasta los dientes y exigían a los directores que abrieran las puertas de la cárcel para liberar a sus cómplices.

Los hombres encapuchados que portaban armas largas decidían a quienes liberar y luego nada se volvía a saber de ellos. De acuerdo con informes de aquella época, en Tamaulipas tales fugas fueron pactadas con los gobernadores Tomás Yarrington y Eugenio Hernández, señalados a la postre como miembros de ambos grupos delictivos. Lo mismo ocurrió en Veracruz, Tabasco y Zacatecas.

En Tamaulipas la venta de droga, alcohol, así como la prostitución al interior de las prisiones era un negocio de los cárteles. De igual forma se ofrecían servicios de sicariato, de asesinos a sueldo, quienes eran contratados en el penal: los matones salían para ejecutar a las personas que les indicaban y luego regresaban a la cárcel a seguir compurgando su sentencia.

Otros prisioneros de altos vuelos, como Joaquín El Chapo Guzmán, se daban el lujo de salir de la cárcel a cenar o a convivir con sus familiares. Eran presos de día y libres de noche.

En el caso de “El Chapo” este hecho se descubrió en una carta que le escribió a una de sus hijas en la que le dice que la extraña y que quisiera tenerla junto a él en esa noche estrellada.

¿Cómo era posible que El Chapo viera el cielo estrellado si no salía de su celda?

La respuesta –según se supo después –es que el exjefe del cártel de Sinaloa sí salía del penal de máxima seguridad durante las noches. Era parte del trato especial que recibía quien por años fue el capo más buscado del mundo.

Antes, en el penal de Puente Grande, donde estuvo recluido hasta el año 2000, cuando se fugó, Guzmán Loera organizaba fiestas en grande dentro de la cárcel: tenía permiso de introducir prostitutas, grupos musicales y cocaína.

Se asegura que las fiestas duraban hasta tres días y, si quería, podía seguir la parranda fuera de la prisión. Tenía permiso del entonces director porque para ello le pagaba fuertes sumas de dinero.

Es más, “El Chapo” cubría una nómina paralela a la oficial cada quince días, había buenas propinas para los celadores y funcionarios menores, de tal suerte que cuando quiso fugarse –en realidad aquello fue un trámite –lo hizo sin mayores complicaciones. Simplemente lo dejaron ir. Así se simple.

Esta situación imperaba en Topo Chico, donde los presos de mayor poder podían salir si ellos querían, aunque muchas veces se dijo que se sentían más seguros adentro que afuera.

Por ello, salían a ejecutar a personas y luego se guardaban de nuevo en la prisión donde tenían alimento seguro, seguridad, impunidad y un gran negocio con la venta de armas, droga y los servicios de matones a sueldo, uno de los más rentables dentro de las cárceles del país.

Los mismos privilegios que tuvo Guzmán Loera los gozó, en su momento, Raúl Salinas de Gortari, hermano del expresidente Carlos Salinas, quien estuvo más de quince años recluido en La Palma acusado del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, lavado de dinero, enriquecimiento ilícito y delincuencia organizada.

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