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ASESINATO DE JOHN F. KENNEDY

PARTE 3.3

STAFF SOL QUINTANA ROO

De 1963 a la fecha se han escrito decenas de libros y artículos sobre el homicidio del Presidente Kennedy, en loable esfuerzo por encontrar “la verdad”, pero hasta hoy, nadie ha presentado pruebas de una conspiración interna o externa que parece buscarse con ahínco.

La conocida película “JFK” del mentiroso Oliver Stone (severamente criticado por historiadores, políticos y periodistas, quienes lo acusaron de inventar hechos para la cinta), por ejemplo, contiene gran número de las injusticias que mencionara John Edgar Hoover, titular del FBI, en 1950.

Había dicho el famoso funcionario que “si se diesen a la publicidad las constancias de un expediente, se crearía un problema que excedería con mucho al del caso en investigación, pues saldrían a relucir nombres de personas que bien podrían ser inocentes y que sólo por imperio de las circunstancias figurasen en las diligencias realizadas”.

Dar a la publicidad esos nombres “sin explicar en qué forma están conectados en el caso, sería una gran injusticia. Y aun cuando posteriormente se les otorgara la oportunidad de justificarse, el hecho es que toda implicación deja tras de sí un residuo que la verdad no alcanza a disolver. No querría hacerme cómplice de acto alguno que manchara a personas inocentes por el resto de su vida. Y no podemos olvidar los principios básicos de una elemental decencia, ni la tradición americana del juego limpio”, comentó John Edgar Hoover.

Los informes internos del FBI—explicaba Hoover—contienen en detalle las declaraciones de los testigos. Si esos detalles “fuesen revelados, quedarían expuestos a malas interpretaciones, podrían ser citados fuera de su contexto o utilizados para torcer la verdad, deformar medias verdades y tergiversar los hechos en general”.

Enfatizaba que un expediente no contiene sólo información probada, un expediente, (en México se les llama ahora “carpetas de investigación”), debe considerarse como un conjunto. “Un informe puede denunciar los crímenes más atroces, pero a veces, la veracidad o falsedad de la denuncia surge únicamente cuando se han compulsado varios informes, cuando se ha investigado a fondo y se ha separado el trigo de la paja”, concluyó en 1950.

Así, amigo(a) lector(a), la película de Oliver Stone, “JFK”, para espectadores de habla inglesa, tiene cierta coherencia, pero no para miles de personas que entienden otro idioma, aficionados al cine que son envueltos a propósito por Stone, por un manejo de imágenes de distinto color y diferentes velocidades de proyección.

De hecho, si los concurrentes a los cinematógrafos tenían que leer las respectivas traducciones e interpretar el “mensaje” de la distorsionada película, se perdían en un laberinto que va desde ambientes controlados por cubanos de la época, (cuando Kennedy prácticamente ordenó el desmantelamiento de cohetería nuclear en Cuba, peligroso armamento autorizado por Fidel Castro Ruz), el paso por impactantes escenarios de homosexualismo y llegada hasta las esferas militares de alto nivel, sin olvidar los vericuetos de oficinas de seguridad nacional en Estados Unidos.

Obviamente, la juventud que no había nacido cuando Lee Harvey Oswald disparó en tres ocasiones, desde lo alto y por detrás del convoy presidencial de Kennedy, comenzó a creer en una gran conjura, en la que habrían participado la CIA, FBI, Inteligencia Naval y hasta Lyndon Baines Johnson.

Sin embargo, en 55 años, nadie ha podido demostrar tal conspiración, a pesar de que, en promedio, se lanza nueva especulación por cada aniversario del magnicidio.

En la película no se explica que Oswald, en la vida real, consultó al abogado Dean Andrews para que averiguase si existía alguna solución legal en torno a su deshonrosa expulsión de la infantería de Marina, situación que le había llevado muchos problemas al exmarine.

El abogado declaró posteriormente que a Lee lo había enviado “un joven y rubio homosexual llamado Clay Bertrand”. Pero el obsesivo fiscal Jim Garrison—quien pareció enloquecer al intentar demostrar una conjura, un complot, una gran conspiración en el magnicidio—confundió a Clay Bertrand con Clay Shaw, quien no era joven ni rubio y lo encausó por conspirar, pero las autoridades lo liberaron al considerarlo inocente. Pero la película de Stone lo marcó de por vida…como advirtió John Edgar Hoover.

En otros avances de la película, se muestra la plaza donde fue tiroteado el convoy presidencial y se relacionan las escenas con el desplome de un enfermo y la película del espectador Abraham Zapruder, para dar a entender que aquel individuo distrajo a la policía y Lee Harvey Oswald aprovechó el momento.

La mayoría de los testigos interrogados no mencionaron distracción alguna a causa de los movimientos para atender al enfermo y sí, en cambio, que sonó un disparo y luego otros dos, mientras el automóvil presidencial era acelerado para salir de la zona de peligro.

La especulación mayor de Stone se da al mencionar la “probable” participación de varios “comandos”, en un fuego cruzado, triangulado y mortal (¿?), coordinado con aparatos de intercomunicación.

Sería interesante saber cómo interpretaría Stone y a qué clase de “conjura” interna se referiría, de haber estallado los 7 cartuchos de dinamita, con que el demente Richard P. Pavlick, cargó su automóvil, el 11 de diciembre de 1960.

Ese día, Richard P. Pavlick estacionó su vehículo frente al domicilio del padre de los Kennedy. Cuando salió John F. Kennedy, Presidente electo, hacia una iglesia y fue despedido por Jacqueline e hijos, Pavlick no se atrevió a dinamitarlos porque le dieron pena ella y los niños. De manera gratuita, Pavlicki estaba dispuesto a morir con Kennedy en la explosión de dinamita.

Faltaban más de treinta días para la toma de posesión. John F. Kennedy no había afectado intereses todavía, de los que menciona tontamente Stone en su película, y sin embargo, había surgido el primer fanático peligroso. Por otros rumbos, Lee Harvey Oswald, entonces de 21 años, recordaba sonriente que de niño se negaba a saludar a su bandera nacional.

Pero también, a principios de los 60s, George De Mohrenschildt, (quien en los 40s fue simpatizante nazi y en México estaba considerado como subversivo y parecía tener ligas con agentes de contraespionaje inglés y francés), protegía a Marina Nikolaevna Prusakova, esposa de Oswald, de las agresiones físicas de que era víctima a manos de su compañero.

A la hermosa rusa le llamaba la atención que en Rusia, a Oswald le agradaba ser llamado “Aleksy”, (obtuvo un permiso de cacería con ese nombre falso), y sus conocidos le decían “Alec”.

Como por casualidad en Estados Unidos obtuvo un empleo en una empresa de composición tipográfica en Dallas, Texas, donde falsificó documentos para sí mismo bajo el alias “Alec J. Hidell”.

En enero de 1963, Lee Harvey Oswald pidió a la casa Seaport Traders, de Los Angeles, California, una Smith & Wesson, calibre .38, que debía remitir a nombre de “A. J. Hidell”.

El 10 de marzo de 1963, Oswald fotografió la residencia del general Walker en Turtle Creek, acaudalado barrio de Dallas, y el día 12, pidió a una tienda de deportes en Chicago, un Mannlicher Carcano, con mira telescópica, que le costó 21.45 dólares y debía llegar al apartado postal de “A. J. Hidell”.

Un amigo de los Oswald, Gary Taylor, visitó el hogar en ausencia del exmarine, vio el fusil y preguntó para que se necesitaba y Marina no quiso responder. Oswald se retrató luego con sus armas y repartió varias fotos, en una de las cuales escribió: “preparado para todo”.

CONTINUARA…


POR SI TE PERDISTE LAS PRIMERAS 9 PARTES:

EL ASESINATO DE KENNEDY

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