Reportaje Especial (Primera Parte)

STAFF SOL QUINTANA ROO /SOL YUCATÁN /LA OPINIÓN DE MÉXICO

#RicardoRavelo

INFANCIA: LOS PRIMEROS GOLPES

Infancia es destino suelen decir los biógrafos de los personajes cuyas vidas están cargadas de intensidad, de contrastes y claroscuros. Por eso buscan con la paciencia de orfebre para descubrir sus rasgos primigenios, de retrotraerlos al presente para delinearlos con la mayor nitidez posible; trazan imágenes para mostrarlos de cuerpo entero, con sus veleidades, sus grandezas, sus arrebatos, sus debilidades. Saben que en esos detalles están los orígenes, que los contrastes los definen; a veces se les revelan en una mirada, otras en un silencio prolongado.

Cuando el destino del personaje es trágico su vida está cargada de tensiones. Y es entonces que el destino pone a prueba a los más fuertes, los lleva a oponerse violentamente a lo establecido, hace que su vida se vea inmersa en contrasentidos, que alegorías misteriosas entretejan su devenir; ese destino, en fin, suele trabar su marcha para robustecerlos, juega con ellos; casi siempre con ironía.

Uno de estos casos es el de Osiel Cárdenas Guillén, personaje atrabiliario, difícil de domeñar, cuyos impulsos primigenios lo llevaron a desafiar a las fuerzas de su destino en un vano intento por labrarse un nombre, un estatus, una figura emblemática. Las cinco letras que conforman su nombre prevalecen tan sumergidas en el imaginario colectivo que el solo hecho de pronunciarlo basta para dibujar con trazos violentos a quien fuera la cabeza emblemática del cártel del Golfo durante el segundo tramo de la década de los noventa. Pero si lo despojamos de su entorno turbulento y de su agitada historia, Osiel no es más que un hombre ordinario cuyo interior, amordazado por las pasiones y los constantes golpes bajos recibidos en su atribulada historia, nunca emerge a la superficie.

En él sólo refulge su armadura de capo; no permite que se abra una sola rendija para entrever su alma, mucho menos aún nos deja atisbar en ese yo atormentado por innumerables tempestades. Sólo él sabe cómo hizo de la perfidia su más útil instrumento para alcanzar el poder que durante años lo atenazó y lo mantuvo en el pináculo de su empresa criminal –obra cimentada en lo demoniaco– al que trepó con astucia derramando sangre por doquier; nunca dudó en matar, ni en traicionar a quien se interpusiera en ruta, así fueran sus fieles comparsas.

         Polifacético como jefe del cártel del Golfo, su etapa de mayor esplendor, Osiel supo imponer respeto entre amigos y enemigos, pero pronto mostró su baja estofa. Apenas lo acicatea alguna agitación interior, sus circuitos emocionales se desarticulan y entonces se derrite, como fundido por un fuego crepitante; emerge entonces un vacío incurable: el abandono y la desprotección familiar que este farandulero arrastra desde su infancia como  una pena que lo lacera.

Su personalidad cambia con frecuencia, como muta el viento cuando sorprende al velero que navega en alta mar y lo desvía de su ruta. Así es Osiel. Explota repentinamente y ordena un asesinato o diez; lo hace sin remordimientos ni culpas. Su carácter, forjado con puntales endebles, puede dar un giro drástico, como el velero, y postrarlo durante horas. Puede llorar incluso por el abandono de una mujer con la que se malquistó o volver a los brazos de una amante que lo maltrató cuando siente en sus mejillas el seno palpitante de la truculenta dama; o comportarse como un niño que todo lo acepta.

Osiel no puede controlar el torbellino emocional que lo acomete con furia sin que sea consciente de ello. Así va construyendo su propia pesadilla. Tiende los puentes por donde ha de transitar para ir al encuentro de su tragedia –el poder– hacia donde es empujado con virulencia por su brújula que, ya dislocada, es impulsada por una enfermiza ansia, casi imperiosa, de tenerlo todo. Esa fuerza casi demoniaca lo lanza, como una propela desenfrenada, a quitar del camino los obstáculos que le estorban. Ese comportamiento de Osiel  recuerda el ejemplo paradigmático de la locura humana encarnado por Ricardo III, quien logró entronizarse como rey de Inglaterra asesinando a su propio hermano Clarence. Algo similar hizo Osiel para ascender a la cúspide de su emporio: cuando sentía atracción por la mujer de alguno de sus amigos no dudaba en traicionarlo o ejecutarlo para quedarse con ella y satisfacer sus deseos sexuales incontrolables.

Innumerables son los casos en que Osiel se deshizo de quienes él consideraba obstáculos en su desenfrenada carrera por tener poder, por ser alguien y ganarse el respeto. De vendedor de grapas de cocaína, ascendió fulgurante y vertiginosamente a la cúpula del cártel del Golfo al asesinar a su amigo y compadre Salvador Gómez Herrera, El Chava. Fraguado el homicidio, Osiel espera noticias de sus gatilleros en una de sus residencias de Tomatlán, Jalisco. Está sentado en un cómodo sofá cuando recibe por fax la foto donde se observa el cuerpo carcomido de El Chava. Sonríe irónicamente y suelta la frase: “¡Ay, compadrito, ahora sí ya te llevó tu chingada madre!”

Otro caso es el de Rolando, con quien Osiel solía divertirse y a quien estimaba por su jocosidad que le hacía reír a mandíbula batiente. Pero la amistad se acabó porque Osiel se encandiló con la Hilda Flores González, La Güera, esposa de su amigo. Enterado el marido de esa traición, Osiel decidió que ya no tenía caso verse a escondidas con su amante y ordenó matar a su rival. Acostumbrado a ver las fotos de las ejecuciones de sus enemigos, esta vez pide a uno de sus mozos que le envíen la fotografía del sitio donde cayó Rolando. La orden se cumple. Cuando la tiene en sus manos, Osiel le dice a Francisco Alberto Vázquez Guzmán, Paquito, su inseparable centinela: “Ahora sí, Paquito, La güera es sólo mía.”

Paradojas del destino. Cuando ya es amo y señor del cártel del Golfo, a la vida de Osiel llega un compañero que se vuelve inseparable, como su propia sombra: el miedo. El capo ya no puede dormir. De día y de noche lo aguijonean punzadas de la pavura lo llevan al borde de la demencia. Pasa largas horas inhalando cocaína, encerrado y atado a la noria del sexo con la mujer que, en sus arrebatos, él mismo elige. Se hace rodear de varias amantes que siempre están a su disposición, por eso se da el lujo de cambiar de compañía cada noche. También cambia de casas con frecuencia y cuando la droga lo perturba entra y sale de su aposento cada media hora. Macilento el rostro, se dirige a su famélico cuidador Paquito para preguntarle si todo está bien.

“No hay novedades”, responde solícito el vigía. Ardua es la labor que realiza Paquito, quien no puede cerrar los ojos ni dormir como él quisiera mientras su patrón permanezca despierto. Y así transcurre el tiempo, denso y cargado de tensiones. Al escuchar el quinto parte informativo de la noche, Osiel vuelve a internarse en su lecho, donde las caricias femeninas y los gemidos trascienden las paredes de su cuarto, sin que su confidente y custodio se queje. A veces las escenas se repiten durante varias noches y obligan a su lugarteniente a soportar estoico las fatigas, siempre alerta aunque su rostro palidezca y refleja las secuelas tras las prolongadas vigilias que lo convierten en un espantajo.

Para Osiel las noches son plenas, no sólo le permiten desfogarse, también le sirven de camuflaje a su insomnio y torna difícil su captura. Y sólo hasta que rompe el nuevo día y el sol sale refulgente, lo doblega la pesadez del sueño y se acuesta a reposar. Duerme inmerso en sobresaltos debido a las pesadillas son como oleadas provocadas que el miedo que lo aguijonea. Nunca se desnuda, permanece con el pantalón puesto para Salir huyendo si es necesario, para saltar bardas y trepar a los techos. Así lo hizo durante años, pues dormir en pleno día fue para él una protección. Pero ese mecanismo, ese sigilo, también se agotó. A la postre fue ese el flanco débil la puerta por la que entró, sin avisar, su desgracia.

Al igual que otros capos, Osiel fue incapaz de redireccionar la trayectoria de su sino por voluntad propia. Como a sus pares, que tuvieron sus días de gloria y esplendor y se ufanaban de ser diestros en sortear la desgracia; que se mostraban libres de perturbaciones, instalados en el goce más pleno de la impunidad –su paraíso y su infierno–; que amasaron fortunas e incluso llegaron a sentirse inmortales, a Osiel también lo envolvió la egolatría. Él también llegó a pensar que podía vencer las perversas jugarretas y los caprichos de la vida. Pero no pudo.

El destino es implacable con quienes se empecinan en entorpecer los hilos de la justicia. Aun con su pretendido virtuosismo esos capos, y Osiel de manera notable, se han mostrado impotentes en las horas decisivas, cuando la realidad les exigió enfrentar su propia realidad, sin fugas ni dramatizaciones; no pudieron corrompiendo a las implacables fuerzas del destino, que los desgarraron. Algunos incluso murieron; otros están postrados en la antesala de la muerte y claman con fuerza inaudita por traspasar la línea para dejar de sufrir. Larga ha sido la agonía de algunos de ellos, dolorosa, y ni siquiera son escuchados.

Miguel Ángel Félix Gallardo, el exjefe del cártel del Pacífico fue el capo más avezado de su tiempo; impune durante varias décadas, multimillonario, dueño de fincas y haciendas cuya vida social fue intensa, hoy, a sus 62 años, está sordo y casi ciego. Muere poco a poco dentro de su celda en el penal de El Altiplano, en el Estado de México. Vencido ya el orgullo que lo caracterizó, lleva años rogando a las autoridades que le otorguen un permiso para someterse a una cirugía ocular que le impida conservar por lo menos la mermada visibilidad de su ojo izquierdo.

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