Reportaje Especial (Segunda parte)

STAFF SOL QUINTANA ROO /SOL YUCATÁN /LA OPINIÓN DE MÉXICO

#RicardoRavelo

Miguel Ángel Félix Gallardo, el exjefe del cártel del Pacífico fue el capo más avezado de su tiempo; impune durante varias décadas, multimillonario, dueño de fincas y haciendas cuya vida social fue intensa, hoy, a sus 62 años, está sordo y casi ciego. Muere poco a poco dentro de su celda en el penal de El Altiplano, en el Estado de México. Vencido ya el orgullo que lo caracterizó, lleva años rogando a las autoridades que le otorguen un permiso para someterse a una cirugía ocular que le impida conservar por lo menos la mermada visibilidad de su ojo izquierdo.

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Félix Gallardo

De aquel esbelto narcoempresario que solía vestir con elegancia y pasearse a menudo en motocicletas lujosas por las calles de Culiacán, Sinaloa, queda muy poco. Sus cuitas y la humedad de la prisión lo han destruido. Hoy Félix Gallardo es sólo un cuerpo enfermizo, atormentado por sus males físicos y mentales. Vive con la esperanza debilitada y sus lagunas mentales son casi abismos: la atrofiada circulación bloquea el flujo sanguíneo a su cerebro. Eso le provoca olvidos prolongados; la migraña, incurable hasta hoy, lo ataca sin anunciarse con martilleantes dolores de cabeza que ya no calman las altas dosis de paracetamol que ingiere.

Aislado desde hace dos décadas y confinado en una celda, Félix Gallardo está alejado del mundo. Su mente gira como una noria entre recuerdos gratos y tortuosos; al dejar de percibir los sonidos que armonizan la vida, la dulce voz humana que acaricia el alma, su espíritu se reseca como una esponja expuesta largo tiempo a los ardorosos vientos del trópico. Si algún abogado o familiar se acerca y le habla, Félix Gallardo pide que le griten colocándose una de sus manos detrás de la oreja. Sólo así puede escuchar los mensajes, sólo de esa manera su oído registra los sonidos como débiles y lejanos ecos. Los agudos males auditivos le dañaron irremediablemente un oído; el otro lo va perdiendo paulatinamente a pesar del aparato recomendado por un otorrinolaringólogo que tardó años en ingresar a la prisión para atenderlo de los males que aquejan al antaño poderoso capo.

Pedro Avilés, mentor de varias generaciones de capos en el arte del crimen, escaló alto en la resbaladiza escalinata del delito. Él fue el iniciador de Félix Gallardo y de Rafael Caro Quintero, figuras del cártel del Pacífico. Agitada fue su vida criminal, pero el destino se la cortó de tajo. Pedro tenía menos de 35 años cuando fue ejecutado en un tiroteo con la policía federal. Hoy es sólo un vago recuerdo que la historia registró en uno de sus trágicos renglones.

Asimismo, el preso más viejo de La Palma, Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto, está condenado a morir entre las frías paredes de la prisión de alta seguridad en el Estado de México. Él sabe que morirá pronto sin recuperar su libertad; su cualidad de visionario en los negocios la aplica a su vida y, antes que la muerte lo sorprenda en la opresión de su celda, se adelanta a ella: mandó construir su tumba. Es un fastuoso mausoleo en Santiago de los Caballeros, Sinaloa, su tierra natal, a la cual, dice, regresará cuando fallezca.

Don Neto muere a cada minuto. El alma se le enfría como el cuerpo y se retuerce de dolor. La artritis lo consume hora tras hora hasta inmovilizarlo de piernas y brazos. Nada lo alivia; la luz del sol, que sólo puede ver por escasos minutos, entibia su esqueleto apenas recubierto por su arrugada piel. Fonseca Carrillo aguarda con desesperación el último suspiro; lucha, como Iván Illich, entre las manos del verdugo, pero la muerte tarda en llegar, prolongando la agonía, igual que ocurre con el personaje de León Tolstoi. Y mientras la hora final se acerca, lentamente, Don Neto danza en la espesa tiniebla de su atribulado espíritu y clama por la muerte. Pero su plegaria no es escuchada.

Quizá por eso deja de dar gracias a las alturas por cada día que transcurre. Quiere el fin, lo grita, lo desea, pero las manecillas del reloj de su vida le anuncian que aún no es tiempo de partir. Sólo su amigo Félix Gallardo lo alivia, fugazmente, con sus manos. Le aplica digitopuntura que por  momentos mitiga las tensiones y los dolores en aquel trozo de vida que se apaga lentamente, como una trituradora cuando hunde en las piezas metálicas sus acerados molares.

Otra es la historia de Rafael Aguilar Guajardo, a quien la gloria vistió con sus mejores atuendos. Fue poderoso entre los mafiosos y alcanzó la cúspide más alta en la cima del narcotráfico. Surgió de los sótanos de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), la policía política del régimen priista. Su cargo: jefe del cártel de Juárez. Su final: murió asesinado a balazos en abril de 1993 en Cancún, Quintana Roo, cuando abordaba un lujoso yate que lo llevaría de paseo por las aguas del Caribe mexicano. Dos versiones explican su final. Una: que fue asesinado por el cártel del Golfo; otra, que fue traicionado por su socio, Amado Carrillo. El crimen sigue envuelto en las sombras del misterio.

Quizá el capo más aventajado de su tiempo fue Amado Carrillo Fuentes, el misterioso Señor de los Cielos. Llegó a la cúspide del poder como jefe del cártel de Juárez; le ganó todas las batallas a sus rivales, pero le fue imposible  ganarle la partida a la muerte: perdió la vida a principios de julio de 1997 en un quirófano tras someterse a una cirugía plástica y a una liposucción. Sólo dos días separaban una intervención de la otra.

 El capo tenía prisa por cambiar su fisonomía y adelgazar su vientre, cuyas paredes envolvían peligrosamente una gruesa capa de grasa. De ambas cirugías –a cargo de diestras manos de galenos que más tarde fueron asesinados, metidos en tambos y arrojados en la transitada carretera México-Cuernavaca–salió con vida Carrillo Fuentes: incluso su estado de salud se reportó estable. Pero al parecer tal estabilidad se debió a que aún no salía del sueño profundo en que lo sumió la anestesia y que derivó en complicaciones trágicas. Y en plena convalecencia saltó la crisis.

Amado sintió fuertes dolores, señal de que el efecto de la anestesia terminaba. Un médico de guardia que lo vigilaba, al verlo retorcerse y quejarse de dolor, decidió echar mano de un somnífero de alta potencia –Dormicum – que al chocar con los flujos todavía circulantes de los anestésicos, le provocó un paro respiratorio y en pocos minutos su corazón dejó de latir. Se le tornó rígido el mentón, de por sí restirado por la cirugía plástica, señal inequívoca de la muerte. De ser un hombre poderoso, Carrillo Fuentes hoy es sólo un tenue recuerdo en el poblado y violento mundo del narcotráfico.

La vida de Osiel Cárdenas Guillén, del reconstructor del cártel del Golfo, la pieza criminal más sanguinaria del México contemporáneo no ha sido distinta a las de sus predecesores en el negocio de la droga. Calamitosa desde la infancia, una existencia como la suya deviene rebeldía y puede sumir a cualquier individuo en la más profunda ruindad.

A lo largo de su niñez y parte de su juventud, en sus momentos más apremiantes, bordeó el abismo de lo trágico y fue un azaroso golpe del destino el que lo arrojó a las redes de la delincuencia. Él, caprichoso, aún no era consciente de su situación y se dejó llevar por sus ímpetus, por ese afán egocéntrico de querer protagonizarlo todo. Presa de una sed de poder, fue víctima de su propio entorno social, de la miseria padecida durante su atribulada infancia que estuvo envuelta en una espesa neblina, extraviada por falta de dirección; fue esa adversidad la que apagó su alegría y, al correr de los años, abrió paso al odio y a la crueldad, que se anidaron en su alma desprotegida y lo transformaron en un adolescente veleidoso.

La infancia y la adolescencia, que para cualquier ser ordinario son formativas, en Osiel se convirtieron en tétricos túneles de espesa oscuridad. En su juventud y hasta su captura en 2003, sólo lo jalona la voracidad por el dinero y los placeres. Ausente la madre y con un padre adoptivo, a Osiel le fascinan las mujeres, bellas y bien formadas, son su debilidad. Con ellas sacia sus ancestrales carencias que lo contristaron; rudo por naturaleza, ante ellas se doblega, incluso se muestra tierno mientras el gozo lo envuelve. Desea tenerlas a todas, una diferente cada noche.

Crecido en la miseria, el adolescente Osiel la rechaza tanto como la sufre. Sin recursos y abandonado a su suerte, sólo puede estudiar la secundaria en una escuela nocturna ubicada en la calle Cuarta y González, en Matamoros, Tamaulipas. Alterna sus estudios con un trabajo de mesero en el restaurante El Mexicano. Allí lava platos y sirve como mandadero. Sólo tiene 18 años y vive rumiando por la vida que lleva, pero también tiene sueños y ambiciones que lo llevan a proyectarse, fantasea desde entonces que tiene las capacidades necesarias para conducir una alta empresa, para vivir como príncipe, para vestir prendas elegantes y frotar su piel con perfumes finos. Pero esas proyecciones se esfuman apenas la mente del adolescente se enfrenta con la  cruda realidad cuyas garras lo atenazan. Y esos contrastes oprobiosos lo hacen vivir al acecho, inmerso en desgracias y sinsabores, oscilando con frecuencia entre el poder y el sufrimiento, calamidades que se prolongan con los años y le impiden, aun hoy, tener un solo instante de sosiego y serenidad interior.

Ya como delincuente, se cambia su nombre por el de Alberto Salazar González en ese juego perverso por ocultar su identidad; le disgusta también su aspecto físico, lo acompleja su estatura de un metro con 67 centímetros y su cuerpo muestra partes amorfas, como sus pies. Calza del número nueve y medio y siente que esa medida no es compatible con su estatura. Recurre a las prótesis. Cuando comienza a escalar el pináculo del crimen, Osiel exige que le digan “ingeniero”. Luego se coloca otra máscara: le pide a un cirujano plástico que le modifique su fisonomía, que le implante pelo para evitar que la calvicie avance y termine por devorarle su cabello. Vanidoso, pide al galeno que le cumpla un capricho, que con sus finas manos le parta el mentón, con lo que más tarde da rienda suelta a su galantería.

Con esos lujos y caprichos Osiel responde con furia a su origen, quiere ser otro a como dé lugar.       Cerca de los 20 años, su entorno social está cubierto de espinas que le clavan sus agudas puntillas. Esta tortura constante le produce dolor y rabia. Él se defiende de las garras de la vida. Su rencor gorgoritea como agua caliente en su mente atribulada. Enorme es su rebeldía ante el entorno hostil que lo rodea, enorme también la furia del destino que lo azota. Pero él, indómito, no cede, rompe las cadenas que lo atan. Tan pronto como se siente dueño de su vida y del mundo, irrumpe en el mapa criminal, y lo hace por medio de asesinatos y traiciones. Ya tiene 25 años y aspira a ser amo y señor del narcotráfico, pero aún debe esperar su tiempo.

Cuando cumple 31 años, Osiel grita, furibundo, que quiere ser poderoso y que está dispuesto a pagar cualquier costo. Para él es la hora decisiva pues todo comienza a acomodarse a la medida de sus ambiciones. Vertiginoso y fulgurante fue su ascenso en el mundo del narcotráfico; estrepitosa, dolorosa su caída, más grave aún su desgracia. A sus 40 de edad, en plenitud de sus facultades, Osiel purga una condena en un penal de Estados Unidos en el que  ve como languidece su vida. Sabe, debe saberlo, que el ocaso va a llegar mientras esté recluido; sabe que no hay forma de romper ningún eslabón siquiera de las varias cadenas perpetuas que ya lo esperan. Ha perdido todo el sentido de la vida. Por eso cuando se ve a sí mismo y reconoce que está condenado a vivir los años que le restan en una cárcel, se le constriñe el alma y se sume en prolongados silencios. Lo perturban pensamientos trágicos como la muerte.

Confunde el encierro con libertad y ese desfase lo hace pensar que todo es una fantasía. De pronto su mente se conecta con la realidad lacerante, pasa entonces del enojo a la tristeza. Mira su momento de encierro, proyecta su imaginación y percibe que para él no hay futuro; vuelve a pensar en la muerte y no vacila en creer que ésta puede anunciarle su visita entre las frías paredes de su celda, donde ya no vislumbra ninguna esperanza; en ese oscuro espacio no se asoma ni un solo destello de posibilidad que le anuncie su libertad.

El encierro lo fastidia. Se altera y se sumerge en la tristeza. Pero Osiel no sabe que está confundido, que quizá este momento aciago sea el de mayor libertad y que es incomparable con los agitados días que vivió a salto de mata, huyendo de rivales, socios e incluso de él mismo. Ignora también que sumergirse en su mundo, en sus pensamientos y pensar en la muerte, como a menudo lo hace, es el momento de mayor libertad que puede experimentar un ser humano como él. Pero ese contacto consigo mismo lo lastima. Le duele su desgracia, no le gusta verla. Osiel es para él mismo un extraño, un desconocido que cuando se asoma ligeramente a su interior le desagrada lo que ve. Evade el mensaje que llevan oculto esas sensaciones desconocidas e intermitentes que lo aguijonean y, lejos de clarificarle su pensamiento y su sentir, terminan por confundirlo porque Osiel, debe decirse, nunca experimentó la verdadera libertad. No fue libre ni en los momentos de mayor gloria como capo del narcotráfico...

CONTINUARÁ…

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