REPORTAJE ESPECIAL (TERCERA PARTE)

STAFF SOL QUINTANA ROO /SOL YUCATÁN /LA OPINIÓN DE MÉXICO

#RicardoRavelo

Osiel: su entorno hostil

Antes de nacer, Osiel Cárdenas ya tiene una cita con su destino trágico. Lo esperan, amenazantes, las ataduras de un medio hostil que rechaza después. Tan pronto anuncia su nacimiento con un agitado grito, una enredadera de circunstancias salen a su encuentro para sujetarlo con sus poderosos grilletes.

         Es 1967 el año de nacimiento de Osiel Cárdenas, y Tamaulipas, la tierra en la que nace el 18 de mayo, ya es un territorio dominado por bandoleros de todas las raleas. La década se próxima a su fin y aquel terruño del norte de México proyecta al exterior su bien ganada fama como lugar de asesinatos y venganzas. Todo huele a sangre; los delitos y muertes se multiplican en esa tierra que es de nadie y de todos. La cercanía con Estados Unidos sólo le atrae males y desgracias. El dinero sucio, que circula a raudales, corrompe vidas y hace que el delito florezca en ese campo fértil. Narcotraficantes, delincuentes comunes y peligrosos de todo tipo se afincan en ciudades como Nuevo Laredo, Reynosa y Matamoros, territorios estratégicos para el trasiego de droga hacia la Unión Americana, el boyante mercado de consumo; tanto lo son, que ahora se los disputan los principales cárteles.

Traficar con droga es una actividad recurrente en esa época, y la oquedad de la frontera facilita su libre tránsito por el río bravo que en tiempos de sequía muestra el color oscuro de su fondo, y permite a los burros (pasadores de drogas) y narcotraficantes cruzar caminando la frontera con Estados Unidos.

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Del otro lado, la vigilancia es naturalmente escasa, pero las complicidades hacen que sea nula. Los traficantes preparan con meticulosidad pequeños o grandes cargamentos de cocaína, marihuana, drogas de moda, y eligen la hora en que la presencia de la policía fronteriza disminuye. Entonces comienza el trasiego y se vuelve habitual ganar dinero llevando droga al valle de Texas o más allá de esos límites territoriales. Allá esperan y desesperan, ansiosos, miles de consumidores cuyos cuerpos les exigen alimentar sus envenenados cuerpos con las sustancias que les surten las amplias redes de vendedores clandestinos en sitios exclusivos.

Este negocio, que crece como bola de nieve y los envuelve, comienza a atraer a más y más incautos. Y así, de manera sigilosa, casi imperceptible,  comienza a imponerse en la sociedad tamaulipeca una cultura del negocio fácil y rentable. Con una celeridad sorprendente, el narco suma cada día más adeptos, engancha clientes sin miramientos; ni siquiera lo sofrena la inocencia de los niños que terminan por suplir la leche que los nutre por la droga que los destruye poco a poco. Entre los infantes y adolescentes el narco impone también una suerte de sentencia que a veces se convierte en estigma: ya no es necesario estudiar una carrera profesional, ni pasar varios años en el aula para aprender un oficio; el tráfico de drogas es un camino corto que retribuye buenos dividendos con una rapidez impresionante.

Como plaga, emergen por todas partes caciques, bandoleros y capos del narcotráfico. No hay poder humano que los detenga porque el dinero que fluye y refluye termina por paralizar a las autoridades y adormecer a la sociedad que calla ante la injusticia. La droga y el dinero fácil son el anestésico más eficaz para destrabar problemas. En la fiebre del comercio ilegal de drogas, el negocio de moda, ya no existe dique legal que detenga su acelerada expansión. Los narcos se erigen en autoridad, y al poder que ejercen deben ceñirse quienes, delincuentes o no, quieran emprender su propio negocio. Sólo un arreglo con la mafia que domina el territorio puede garantizarles el éxito. Una vez enganchados, no hay retorno posible. En Tamaulipas, tierra natal de Osiel, y en otros estados del país brotan conflictos por el control territorial y se multiplican las matanzas por el dominio de la plaza. En esta guerra sólo se impone, como en la selva, la ley del más fuerte, del que está mejor relacionado con el poder político en turno.

En la época que nació Osiel, en Tamaulipas manda un hombre poderoso: Juan Nepomuceno Guerra Cárdenas. Viejo traficante de alcohol, lleva ya varias décadas sorteando todas las dificultades, lo que lo convierte en indiscutido capo de capos. Hombre bragado también tiene fama de matón; su proclividad por las escaramuzas lo llevó a sentar, a sangre y fuego, las bases de lo que más tarde va a ser el cártel del Golfo. Dispone de tanto poder que nadie cruza por su feudo sin su consentimiento. Quien desafía a este viejo cacique se muere, sólo impera su ley en la región. Como nunca vacila, cuando amenaza y tiene una bien ganada fama de que siempre cumple su palabra, se convierte en leyenda del crimen. A Nepomuceno Guerra le respetan y al mismo tiempo le temen.

En el año 1967 don Juan vive su etapa de mayor esplendor. Ya es dueño del territorio y tiene de su lado a las autoridades. Ha tejido una historia negra que trasciende los límites de Tamaulipas. Fuera del estado suena y resuena su historial delictivo. Lleva ya años inmerso en el negocio de matar, de traficar con personas y con todo lo ilegal. Ha sabido trabajar incansablemente en el tejido de redes y complicidades. Quizá sin saberlo, su intuición lo ha llevado a hacer valedera la máxima de que “el trabajo perseverante conquista todas las cosas”.

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Tan poderoso ya es en esos tiempos, tan gloriosos como impunes, que muy pocos le dicen “don Juan”. Él siente que ha subido de categoría, que está situado en el pináculo de la jerarquía mafiosa. Es entonces que se hace llamar El  padrino de Matamoros. Ha pasado de ser un delincuente habilidoso y huidizo que pagaba por su libertad a policías municipales; ahora se codea con altos mandos del Ejército y de la Policía Federal, quienes lo respetan porque saben que el viejo cacique ha vencido a sus rivales echándolos de su territorio o eliminándolos. Le gusta que lo consideren capo de capos: intocable, multimillonario, poderoso… Siente que eso le da dignidad. Por eso los nuevos narcotraficantes que medran en Tamaulipas prefieren pactar. Saben que no conviene echárselo de rival y se acercan a él para llevar a buen puerto sus oscuros negocios. Y es precisamente esta deferencia la que hace que no sólo ejerza un liderazgo, sino que se convierta en mecenas.

Así como asesina a quienes no se atan a su noria perniciosa, impulsa a pequeños y medianos delincuentes para que erijan sus negocios ilegales siempre bajo su sombra protectora, les autoriza a penetrar en el mundo que él controla, pero don Juan no les permite que brillen con luz propia; siempre deberán orbitar bajo su luminoso reflector.

Don Juan Nepomuceno nace el 8 de julio de 1915 –época en la que surgen grandes mafiosos en el mundo [nombres]– en el rancho El Tahuachal, en Matamoros, Tamaulipas, y comienza su carrera delictiva con sus hermanos Roberto y Arturo. A diferencia de Osiel Cárdenas, que se inició en el negocio de las drogas introduciendo cocaína a Estados Unidos, en los años cuarenta y cincuenta, don Juan comercia ilegalmente alcohol en ese país flagelado por las adicciones. Ese fue su primer negocio en el mundo del hampa. Pero don Juan no se siente satisfecho con esas actividades, sus ambiciones son ilimitadas. Esa inconformidad lo lleva a ampliar su campo delictivo e incursionar en el robo de automóviles, tráfico de indocumentados, compra y venta de armas, casas de juego, trata de blancas, venta de protección, secuestros, que culminan en la más redituable modalidad del crimen organizado: el narcotráfico.

En 1933, cuando el gobierno de Estados Unidos deroga la prohibición de alcohol, decretada la década anterior, el negocio de las bebidas comienza a repuntar. Liberada la venta del licor, su comercialización y consumo se elevan notablemente y convierten ese negocio otrora prohibido y clandestino en el más rentable del mundo. Y el imperio creado al amparo de ese mercado negro se derrumba. Pero aquellos cambios no perturban al joven don Juan, apenas forjado en esos menesteres pero dueño ya de una empresa criminal nada despreciable que controla con discreción. Por aquellos años es tuerto en tierra de ciegos. Matamoros, su feudo, tiene escasos 15 mil habitantes. El viejo cacique ha invertido el tiempo necesario para aceitar su maquinaria y tejer con paciencia de orfebre sus relaciones con los hombres del poder; acaso intuye que en el buen funcionamiento de esos engranajes radica precisamente su fuerza y le da impunidad. Tiene de su lado al poder político.

Por aquellas fechas Francisco Castellanos Tuexi es gobernador de Tamaulipas y desde la más alta esfera del poder sirve al mismo don Juan. Formado en la milicia, este general logra escalar con tesón los peldaños en la resbaladiza escalinata de la política. Llega incluso a ser administrador de aduanas, luego diputado, senador, incluso procurador general de Justicia del Distrito Federal en la década de los cuarenta. Con habilidad, sabe conciliar su capital político con el de la mafia. Eso lo lleva a ostentarse con orgullo como abogado de confianza del fundador del cártel del Golfo. Este hecho no resulta menor; estar bajo la sombra protectora de don Juan es vivir cobijado por el tótem del crimen organizado.

La figura de don Juan como cacique y delincuente se acrecienta. Mafiosos y políticos le rinden pleitesía. Con esa fama, y con ese poder ilimitado, Nepomuceno Guerra cruza, airoso e impune, la década de los cuarenta. La vida parece sonreírle, sin perturbaciones, sólo le acucia la idea de trascender como varón, y acicateado por el amor busca una pareja. Pero hay un problema: su fama no le ayuda, todos le temen. Pero ese obstáculo no lo arredra. Es 1943 y sin vacilar, elige como esposa a Gloria Landeros, con quien procrea tres hijos: Gloria, Juan Nepomuceno y Lázaro.

El fundador del cártel del Golfo no sabe ocultar sus relaciones políticas porque tiene claro que son las poleas que lo impulsan y lo sostienen firme en el agitado mundo criminal. Las exhibe como armas, como escudos; las oculta cuando se excede en sus alardes de poder. A menudo le agrada hacer vida social y mostrarle a la gente cuan poderoso es. Por eso el 15 de mayo de 1945 prepara una fiesta e inaugura su famoso restaurante Piedras Negras, en honor de la polca de ese nombre que está de moda y que le gusta mucho a su compadre Alejandro Garza, expresidente municipal de Reynosa.

Diez años antes de morir, el 21 de octubre de 1991, mermados ya sus ánimos, el viejo enfrenta una fuerte sacudida: por primera y única vez es apresado por evasión de impuestos. Pero sus relaciones y complicidades lo sacan a flote. La acusación en su contra se desmorona y las autoridades terminan por liberarlo y ofrecerle disculpas.

De lo que no se libra ya es de que sus atrocidades salgan a la superficie. Paralelamente al escándalo que provoca su detención,Óscar López Olivares, El Profe, hombre cercano al capo Juan García Ábrego, futuro jefe del cártel del Golfo, traza un retrato del cacique de Matamoros: “Don Juan mató a su esposa y nunca le hicieron nada. Mató al comandante Octavio Villa Coss, hijo de Pancho Villa, dentro de su restaurante, y tampoco le hicieron nada”.     

         Don Juan se sabe poderoso e impune; eso lo hace proclive al           exhibicionismo, no se contiene. Alardea de su poder y se siente intocable, de hecho lo es. Pero el viejo juega al poderoso a conveniencia, y cuando él lo siente necesario; sabe vestirse con la armadura del bajo perfil cuando la situación así lo exige, muestra entonces su rostro ladino, marrullero y se muestra humilde cuando el momento lo requiere.

Le dicen El Rey, y se muestra como tal. Jocoso, chispeante suele decir a sus interlocutores: “Por lo menos tráiganme la corona”; también acepta de buen grado que le llamen El padrino de Matamoros. Se sabe intocable, lo es, y bromea: “Ya les gusté para jefe de todo”. Pero la euforia pasa y entonces don Juan se desinfla. Así es su personalidad, polifacética y contradictoria.

         Situado en el más alto peldaño, ninguna autoridad se atreve a perturbar a don Juan, aun cuando todo mundo conoce su negro historial. Lo cierto es que las autoridades nunca pudieron –o no quisieron– comprobarle ningún delito. Así vivió hasta el 11 de julio de 2001, cuando la muerte lo sorprende sentado  plácidamente en una silla de su famoso restaurante Piedras Negras.

 Hasta 1996, el restaurante no es muy grande. Luce decorado con una veintena de cuadros y gallos. También exhibe variadas fotografías, donde el dueño aparece vestido de charro, rememorando tiempos idos. No faltan sus amigos y conocidos que lo visitan, como el expresidente Carlos Salinas de Gortari y el exgobernador Américo Villarreal. Pero el negocio no prospera ni con esos asiduos visitantes. Ni la decoración ni la buena comida que sirven en el restaurante le resultan atractivas a la gente. El lugar goza de mala fama y por eso escasea la clientela.

         Pero eso parece no importarle al añoso cacique. Él siempre se solaza de su negocio y dice con tono vanidoso: “Quien no conoce el Piedras Negras, no conoce Matamoros”. El restaurante es el sitio preferido de mafiosos y políticos –poder y mafia dan forma a un rostro andrógino–, lo que enorgullece al viejo, quien no se reprime y suelta la frase: “A mi restaurante ha acudido toda clase de políticos, gobernadores, senadores, diputados, presidentes municipales. De la amistad con alguno de ellos se valieron mis amigos cuando tenían algún problema y utilizaban mi nombre.”

A menudo le preguntan por el narcotráfico, el negocio de su pasión, pero no cae en la trampa: “Yo ni fumo. Soy hombre de trabajo y siembro mis tierras, pero para darles de comer a los burócratas, a los de traje y a uno que otro de smoking. No me bajan de padrino, hasta de rey, pero yo les digo: por lo menos tráiganme la corona”.

         El tiempo no transcurre sin dejar huella. Don Juan N. Guerra marca toda una época en Tamaulipas, enseña a sus socios, amigos, mafiosos y familiares las artes de su jugoso negocio que lo encumbra en la cima del poder criminal. El viejo cacique empieza a sentir cansancio y sabe que la hora final se acerca. La edad avanza y sus fuerzas comienzan a disminuir. Pasa la mayor parte de su tiempo sentado en su restaurante. Esto lo sume casi en la inmovilidad, pero le permite preparar con toda paciencia al que será su relevo, su principal heredero: Juan García Ábrego. Este joven robusto tiene 20 años en 1967 y ha sido elegido por su tío como nuevo jefe. Pero todavía tiene mucho que aprender, por eso el viejo cacique no le suelta las riendas de la empresa criminal, y lo mantiene vigilado, midiendo sus alcances, su temple y su valor.

Es en el Piedras Negras donde Juan García Ábrego traba sus primeras relaciones peligrosas con pistoleros y contrabandistas. En sus inicios, el futuro heredero del cártel del Golfo convierte el restaurante en uno de sus centros de operaciones. Acude ahí con frecuencia para cerrar negocios; pacta en ese sitio con policías, con autoridades locales y federales.

Mientras García Ábrego se forja, en otro lugar de Tamaulipas una familia de humildes campesinos espera el nacimiento de su hijo. Faltan pocas semanas para el alumbramiento, para que venga al mundo Osiel Cárdenas Guillén, el hombre que 30 años después relevará a García Ábrego al caer éste en desgracia.

En 1987, un hecho trágico termina por ahuyentar a los pocos comensales que visitan el Piedras Negras: se suscita una balacera en la que caen acribillados el policía judicial federal Tomás Morlet y Saúl Hernández, de la banda de García Ábrego, a quien se le adjudica legalmente la muerte del agente federal.

Este episodio deriva en pleito. Se afirma que Juan García Ábrego y su tío rompieron relaciones. Pero la versión, tantas veces difundida, no parece tener una fuerte carga de verdad. Don Juan Nepomuceno Guerra se expresa en buenos términos de sus sobrinos Juan y Humberto, aún después del encarcelamiento de ambos, en 1996: “Eran muchachos muy trabajadores, ¿cómo negarlo?, sería un delito… Lo único cierto es que a mí me han hecho mucho daño, social y comercialmente. No sé por qué me escogieron a mí, ni por qué les gusté para ser jefe de todo”.

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