REPORTAJE ESPECIAL (CUARTA PARTE)

STAFF SOL QUINTANA ROO /SOL YUCATÁN /LA OPINIÓN DE MÉXICO

#RicardoRavelo

El niño Osiel

El mundo que esperaba a Osiel no era prometedor. En la zona donde nació había muchas familias cuyas fortunas eran cuantiosas, En contraste, los padres de Osiel vivían inmersos en la pobreza y la desesperación por falta de recursos. La miseria envolvió a Osiel desde el principio. Situado a 72 kilómetros de Matamoros, Tamaulipas, el rancho El Caracol donde vio la luz por primera vez pasó en pocos años de la prosperidad a la pobreza opresora. Cerca del rancho se encuentra el puerto El Mezquital, que en realidad es un simple tramo de laguna carente de muelles; no llega siquiera a un embarcadero debido al accidentado terreno, lleno de barrancos que miran al afluente. Los lugareños nunca han visto un barco atracado en sus orillas.

Alrededor del rancho donde nace Osiel los cultivos básicos como maíz, frijol y los árboles de la extensa finca, antaño frondosos, comienzan a desaparecer; el dinero escasea y el poco ingreso familiar se esfuma con una rapidez sorprendente que sumerge a la familia Cárdenas, propietaria del predio, en una precariedad cargada de trágicos presagios. Caprichosa, la suerte, antes fiel compañera de los moradores del lugar, cambia de dirección y ahora se niega a seguirlos. Imploran a Dios, con toda vehemencia para que los cubra con su manto protector y los ayude a superar la mala racha que oscurece su porvenir, pero sus plegarias no tienen respuesta. Trágico sino el que envuelve a la familia que, a pesar de su fervor es arrastrada por un adverso vendaval. Si alguna vez hubo armonía, ahora todo se agita en su entorno; la estabilidad es sacudida peligrosamente por la mano invisible de la desgracia poblada de noches insomnes y de llanto. Los parientes y amigos cercanos se alejan; los vecinos les cierran sus puertas pues no quieren ser molestados; sus viejos conocidos comienzan a desconocerlos. Los Cárdenas intentan cobrar deudas atrasadas pero nadie les responde. La comida, en otro tiempo abundante, empieza a escasear.

La ayuda no llega ni de la tierra ni del cielo. Todo va de mal en peor para ellos, presas del trote fatigoso del destino. En esas condiciones cruzan el año de 1966. En mayo de 1967, entre esta trabazón de sucesos escalonados, los Cárdenas parecen seguir invocando sus propios males aunque no sean conscientes de ello. Pero la naturaleza da muestras de su bondad. Prensados por sus apuros económicos, los Cárdenas se salvan de ser ahorcados por la asfixia económica. Su precaria situación, semejante a nubarrones que arrastra el viento, pronto se transforma en alegría. La familia recibe un regalo que alivia –así sea por poco tiempo– sus atribulados días: el 18 de mayo de 1967, a las 0:30 horas, un grito –no se sabe si de dolor o de alegría– seguido de un prolongado llanto anuncia el nacimiento del sexto hijo que Manuela Guillén y Enrique Cárdenas traen al mundo.

Aquel bebé de piel blanca y rostro inocente ya tiene nombre. Sus padres han decidido llamarle Osiel y, como tal, es registrado ante el Registro Civil de Matamoros, Tamaulipas. El acta 2786 da cuenta de este hecho.

“En la ciudad de Matamoros, Estado de Tamaulipas, a las 9:50 horas del día 22 de junio de 1967, ante mi Eduardo M. González, Oficial Mayor del Registro Civil, comparece Enrique Cárdenas y presenta al niño Osiel Cárdenas Guillén, que nació a las 0:30 horas del día 18 de mayo de mil novecientos sesenta y siete en esta ciudad.”

Si bien aquel bebé se suma a la pesada carga que llevan a cuesta los Cárdenas, su presencia distrae las penas y con frecuencia arranca gestos de amor y ternura entre aquellos rostros que parecían haber perdido su brillo y la capacidad de sonreír. El pequeño Osiel se convierte de pronto en su objeto de atracción y curiosidad. Sus hermanos mayores Mario, Ezequiel y Homero están atentos a su nacimiento y, tan pronto como concluye el parto, quieren verlo y tocarlo. No se lo permiten sino hasta más tarde, cuando el recién nacido duerme. Entonces se acercan a la cama, donde reposa la madre, y lo miran dormido, perciben las palpitaciones de su corazón, su respiración rítmica y no pueden ocultar su alegría cuando, días después, finalmente lo ven despierto.

Los padres sienten un nuevo brío, un nuevo impulso a pesar de su precariedad. Ambos se disputan el privilegio de tener al niño en brazos. Debe cuidársele, y no desean que otros ojos curiosos lo miren; cuidan que ningún intruso lo perturbe en su tibio lecho. Por eso lo mantienen celosamente encerrado en su cuna, apartado del mundanal ruido, donde es arrullado con esmero. De pronto los gritos y vocerío cesan porque el niño está dormido. No permiten que el bebé no se altere y rompa en llanto; nada los distrae de ese comedimiento y cuando el bebé está despierto la familia se desvive por él, pues sabe atrapar toda la atención de padres y hermanos. Todos están atentos a sus movimientos. Se turnan para atenderlo mientras la madre reposa largas horas y cumple la cuarentena de rigor a la que se ve sometida después del parto.

Osiel comienza a desplegar y su poderosa fuerza desde los primeros meses; mantiene a sus cinco personas atentos a sus actos, provocándoles risas que se prolongan durante horas. Tal es la atracción que ejerce, que la familia permanece hipnotizada y lo observa con embeleso para descubrir paulatinamente los detalles de su rostro y a partir de su fisiognomía adivinar a quién de los padres se parece más. Observan de cerca sus ojos entreabiertos, le tocan las mejillas, le estiran las orejas, juegan con sus manos, le acarician la cabeza, lo cargan; y el indefenso bebé danza de brazo en brazo; luego, sin temor, lo ponen de pie, lo sostienen de las manos y lo hacen caminar en el piso de tierra para, según la creencia familiar, endurecer sus débiles piernitas.

Así pasan las horas hasta que el niño Osiel no puede más y estalla en llanto. Llora de cansancio, de hambre, de sueño. Entonces su madre lo amamanta hasta que se duerme plácidamente, tras lo cual lo deposita en su cuna, arropado con cobijas y se calentado por la luz de una lámpara. La escena se repite durante semanas, meses, que se convierten en los más felices para la familia Cárdenas Guillén, a pesar de sus necesidades, latentes aún. Se sienten fuertes al contar con Osiel y eso les renueva los ánimos para salir adelante todos juntos. Poco les preocupa el futuro del bebé, nebuloso aún; lo acuciante para ellos es la pobreza que los atenaza.

Osiel muestra un carácter rebelde en sus primeros veinte años de vida y enfrenta algunas fases en que nubarrones de tristeza apagan su alargado rostro, tornando inexpresivos los rasgos de su otrora cara infantil. El medio que lo rodea es agresivo. Lo golpea con sus duros nudillos, aunque en aquellos años de oscuridad interior aún no es muy consciente de su realidad. Su conciencia está dormida y seguirá paralizada por mucho; ningún estímulo exterior parece perturbarla, ninguna voz logra penetrar esa coraza carácterológica compuesta de innumerables yoes que se transmutan a cada instante.

Osiel gira en un entorno hostil y queda atrapado en su torbellino de personalidades, sin hallar la adecuada. La ausencia del amor paternal (cuando se perdió ese amor paternal) abre hondos huecos en su alma, vacíos que no llena ningún afecto temporal o fortuito. Su voluntad, que más tarde será férrea, apenas en proceso de crecimiento, pero en forma desordenada. Su veleidosa mente se dispara en todas direcciones y no acierta en ninguna; con frecuencia se siente extraviado ante su imposibilidad de revertir las adversidades, zozobra prisionero de impulsos y deseos sin dirección. No sabe lo que quiere, ni a dónde ir, y esa incertidumbre lo acompañará durante mucho tiempo. En su agitado interior se aceleran las pulsaciones, los temores se multiplican y le anuncian una erupción. Es un estruendo decisivo en su vida. Ese estallido lo proyectará por caminos accidentados que marcarán de manera indeleble su desordenada vida adulta.

Rebelde por naturaleza, el adolescente Osiel logra terminar la primaria y continúa sus estudios de secundaria en una escuela nocturna del centro de Matamoros, ciclo que concluye a marchas forzadas. Estudiar no es su fuerte, y así lo comentan sus padres y hermanos, quienes conocen sus limitaciones en ese aspecto; incluso conjeturan que Osiel está destinado a ser un holgazán sin oficio ni beneficio. El comportamiento del adolescente es desordenado. Su mente atribulada es como una hoja en blanco pues no registra las lecciones de sus maestros. En el salón de clases sobresale por ser el más distraído de los alumnos. Sus maestros le llaman la atención a menudo. Pero el persiste en  mantener su mirada permanentemente fija en el techo o en la ventana, como buscando una respuesta en la lejanía. Tan pronto es perturbado de su letargo, comienza a jugar con su compañero de pupitre, al que distrae con tirones de cabello. Nunca está quieto. Cuando no es observado por el maestro, punza la espalda de su compañero de enfrente con la puntilla del lápiz o pellizca al que está a un lado. Deshoja los cuadernos para lanzar bolitas de papel y, según recuerdan sus compañeros, muchas veces opta por salirse del aula sin pronunciar una sola palabra. Su vida es un juego interminable.

En su inquieta adolescencia, Osiel desconoce lo que hay más allá de su pueblo. Su actuar es rutinario: todos los días camina de su casa a la escuela, y viceversa y esa monotonía comienza a cansarlo. A la pobreza que le rodea se suma un ambiente alterado por la ruidosa música que invade la casa familiar en la que poco se sabe de libros y de notas musicales que armonicen el espíritu. Así crece Osiel, entre baladas inspiradas en dolores sentimentales y amorosos, canciones de cantina y composiciones norteñas que a menudo incitan a la embriaguez y aletargan aún más su apagada conciencia.

En su pueblo polvoriento galopa la ignorancia. Las aspiraciones personales terminan por extinguirse porque el medio social, con sus tentáculos costumbristas y culturales, absorbe todo destello de superación si la voluntad del individuo flaquea. Osiel queda atado a estos grilletes porque siempre observa los mismos rostros, se niega a sí mismo toda posibilidad de crecimiento y termina aceptando que su futuro no está en otra parte más que en aquel estrecho pueblo donde todo parece suspendido y nada se mueve hacia la prosperidad.

Cuando emprende su primer viaje (qué edad tenía, cuál es la fecha), el rostro se le ilumina con una sonrisa pícara. Acompañado de sus padres, sale del rancho El Caracol hacia Matamoros. Es una ruta demasiado corta que, para el adolescente, significa un nuevo aire. Esos escasos kilómetros en autobús le renuevan el ánimo y apaciguan, momentáneamente, su alterado temperamento.

Pero aquel recreo y brío le dura muy poco. Tan pronto están de regreso en casa vuelve a sumirse en su triste realidad, entre el ruido y el vacío. La rutina lo envuelve de nuevo y se siente otra vez incómodo en su prisión. Se deprime y se enoja. Pero Osiel da muestras de tener capacidad para superar las depresiones por fuertes que éstas se le presenten. Siente un impulso que le sacude el hastío y quiere superarse aún dentro de un medio que nada le promete por su estrechez.

En la casa familiar a menudo escucha que el estudio labra el camino al éxito. “Debes estudiar y superarte”, le dicen. Aquella frase, que ha escuchado de sus padres reiteradamente, le martillea el cerebro, al igual que la música perturbadora que inunda su espacio interior. La sugerencia paterna le resulta enfática, pues ya de adulto la ha de repetir a los niños cuando se ve reflejado en ellos.

La sugerencia de estudiar, y éste es un signo de sus múltiples yoes, resulta incongruente en la vida de Osiel, pues nunca enfoca sus fuerzas al estudio ni le interesa cursar una carrera universitaria. Él mismo cancela esa posibilidad y por ello le es retirado el apoyo familiar. Tan pronto abandona los estudios, Osiel siente el primer tirón de la vida laboral. Ahora tendrá que sobrevivir por sí sólo, sortear sin sostén las dificultades y sinsabores del agitado mundo que le rodea.

Con sus limitados estudios, pero dotado de una habilidad innata, Osiel decide trabajar poco antes de cumplir 15 años. Se inicia lavando platos, luego trabaja como mesero en el restaurante El Mexicano, más tarde aprende el oficio de mecánico. Rechaza los cursos para armar y desarmar motores de automóviles y aprende observando, engrasándose las manos, quitando tuercas y cables. Mira a los maestros del oficio y pide que le enseñen. “Quiero aprender a trabajar”, confiesa con honestidad. Ese contacto con la realidad le activa el resorte de su vocación, aunque con frecuencia desoye una voz interior que le llama. Pronto adquiere las habilidades para desarrollar su trabajo y ganar dinero en un taller de Matamoros, donde su disponibilidad y destreza le allegan la confianza de sus patrones. Pero el salario no le basta para independizarse, y tiene que vivir largos periodos en casa de Lilia, su hermana mayor, a cuyo seno se acoge cuando tiene aún 14 años. Trabaja todo el día, y así, entre metales y grasa, Osiel ve pasar los meses. Precaria su economía, gran parte de sus entradas sólo le alcanzan para la comida y esa situación le irrita; lo invade la tristeza y se constriñe a racionar sus gastos, sólo invierte lo necesario en esporádicas diversiones.

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