Reportaje Especial (Quinta parte)

STAFF SOL QUINTANA ROO /SOL YUCATÁN /LA OPINIÓN DE MÉXICO

#RicardoRavelo

Dura y hostil, así percibe Osiel la lucha cotidiana por la vida. Cuando todo parece caminar en ruta ascendente, el destino lo pone a prueba. Cuando el jovenzuelo empieza a tomar confianza en sus habilidades como mecánico, se entera que Manuela Guillén, su madre, ha muerto. Se muestra apesadumbrado; llora la muerte de su progenitora, y cuando recobra el ánimo y sus fuerzas, otro fuerte oleaje vuelve a calar su dureza interior con una arremetida que sacude su identidad: una voz indiscreta le informa que el señor Enrique Cárdenas no es su padre, sino su tío.

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“¿Y mi padre?, ¿Quién es mi padre?«, se pregunta en silencio. No tiene que lanzar la interrogante en voz alta. Un familiar le cuenta que su progenitor murió antes de su nacimiento y que su tío acogió a su madre cuando él ya estaba en trayecto al mundo. La ausencia de sus padres ha de gravitar ininterrumpidamente toda su vida. Osiel no puede ver al padre en ninguna otra figura masculina; en contraste, encuentra en su hermana mayor el reflejo maternal, el refugio amoroso que le hace sentirse protegido. Y lo disfruta.

La ausencia de su madre, gran vacío, lo marca de por vida. Huérfano, Osiel se sabe solitario en un mundo movedizo. La vida le empieza a pesar, en los hombros y en el alma. No puede aún resolver su independencia personal y económica y, junto con el abandono que lo envuelve, se convierten en una doble carga que le debilitan el ánimo hasta doblarlo. Poco a poco va recobrando su seguridad y restaña, en parte, las heridas que le causa su omnipresente sentimiento de abandono acomodándose en diversos refugios afectivos. Le resulta difícil superar el dolor y eso lo lleva a esa irreprimible soledad que llega para quedarse con él. La ausencia del padre, y lo que conlleva la duplicidad paterna, lo atan, cual rehén de sí mismo, en una paradoja sin salida. Esa situación lo sumerge en una sufrida cuita que le abate hasta lo más recóndito del alma. Osiel siente respeto y cariño por el señor Enrique, su padre adoptivo, pero en su fuero interno añora y sufre la ausencia de su padre biológico, a quien evoca con frecuencia, sobre todo en sus momentos de soledad o cuando está con sus amigos y familiares más entrañables.

Pero ningún pesar es eterno. Así lo siente Osiel cuando se alejan sus dolores y su mermado ánimo recobra su chispa natural y se aligera la pesada carga que lo agobia. Suelto por la vida, como potrillo sin dueño, Osiel cruza la tempestad. Pero cuando piensa que ha sido liberado de las ataduras del destino, otros conflictos se anidan en su interior, y de nuevo se ve inmerso en un interminable juego que atenaza a las voluntades rebeldes como la suya. Osiel distanciarse de sus parientes y hermanos, y lo hace sin titubeos al dejar a Mario, Ezequiel y Homero Cárdenas Guillén. Obedece ya al creciente llamado de esa voz interior que le dicta qué hacer y lo lleva a trompicones a buscar la soledad. Quiere levantar el vuelo solo y se aleja de sus tres hermanos mayores. Hasta sus oídos llegan rumores de que sus hermanos no andan en buenos pasos y se desentiende de ellos, sólo mantiene el vínculo con Lilia y Rafael, quien a partir de entonces influye en su vida, para bien y para mal.

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A su corta edad y embarcado en esa aventura vital, Osiel siente la dureza de su existencia, a menudo lo sacuden temores y miedos. Los titubeos saltan como luces intermitentes. Lo perturba incesantemente el temor al fracaso, siente que se paraliza su acelerada carrera en la intrincada ruta de la vida, tropieza con obstáculos por falta de dirección y de un trayecto definido. Todo lo que le rodea deviene laberinto. Y en sus devaneos surgen imágenes, nombres de amigos a los que ha dejado de ver, pero se desvanecen y desiste de buscarlos. Todo oscila entre el fantaseo y la realidad; la realidad y el fantaseo, juego de espejos multicolores que lo aturden.

Y el destino continúa, sarcástico, tendiéndole innumerables trapas para hacerle  caer, como títere. La vida le permite ver por esporádicos y fugaces instantes sus veredas, luminosos caminos que puede seguir, pero aquello desaparece súbitamente y de pronto todo se vuelve a cubrir con una espesa neblina. Son momentos de confusión y de indecisiones. Osiel tiene que saltar esta etapa, sacar fuerzas y coraje de su interior hasta encontrar, como lo hará  después, el resorte que lo impulse a salir de ese caos existencial. Resbala una y otra vez porque no sabe escuchar recomendaciones de nadie; ávido de independencia reta al destino, cual energúmeno, y se lanza a la mar embravecida sin timón, obedeciendo sólo a los desordenados latigazos que lo aguijonean.

Fuera del seno familiar, empeñado en ser un eficaz mecánico, el adolescente Osiel deambula por las calles de Matamoros; toca todas las puertas posibles para ofrecer sus servicios de mecánico. La vida se le asemeja a un océano caudaloso que lo conmina probar sus fuerzas, a templarse.

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Cuando alcanza los 22 años Osiel ha tenido ya varios empleos. Ha trabajado en restaurantes como mesero, mandadero y ha recorrido varios talleres mecánicos.  Sus manos han perdido la suavidad. Machucones, rasguños y golpes muestran son las huellas de sus batallas con fierros de todas las formas y pesos.

Pero aquel trozo de metal que es Osiel tiene que ser sometido todavía a más altas temperaturas para forjarse. Va de un lado a otro, entre victorias y tropiezos, obedeciendo a los impulsos que le dictan, una y otra vez, que su voluntad es más fuerte que la adversidad que lo sacude. Él cree ser un hombre superior, se siente más fuerte que su desgracia. Ahorra el poco dinero que dispone y lo arriesga en una inversión. Adquiere un terrenito en la calle 14 esquina con Morelos, en Matamoros, para edificar ahí un modesto taller mecánico.

Por primera vez Osiel ve la posibilidad cierta de poner en orden su existencia siempre insegura, de continuo amenazada por catástrofes y borrascas. Recibe apoyo de su hermano Rafael, cuya influencia es determinante, pues ya está enganchado en el tráfico de drogas a menor escala. En medio de su precariedad, Osiel conoce a Celia Salinas Aguilar, empleada de una maquiladora donde tiempo atrás él prestó sus servicios.

Pronto surge el romance y, tan resuelto está en unir su vida con aquella mujer, que decide vivir en unión libre. Más tarde, cuando está en posición de casarse, no titubea en legalizar su unión. No tiene donde vivir, pero no le incomoda ocupar el pequeño taller que sean al mismo tiempo su hogar y el negocio que le da de comer a él y a su compañera.

Los ingresos del taller no son suficientes y entra en desesperación por la falta de dinero. De nueva cuenta Osiel se ve atrapado en un círculo sin salida, en un torbellino que lo azota. Al verlo tan atribulado, su hermano Rafael le ofrece formar parte de su rentable negocio, la venta de drogas, aunque Osiel sabe que esa actividad no es del todo segura. El mayor de sus hermanos lleva algún tiempo conectado con la actividad y tiene bien aceitadas sus relaciones con policías y distribuidores. Osiel decide probar suerte y arriesga su libertad. En poco tiempo obtiene buenos ingresos. El discreto taller mecánico pronto pasa a ser sólo una pantalla de sus actividades; vuelve a sortear de nuevo el caudaloso oleaje de adversidades y comienza descollar en su nuevo oficio de “grapero”.

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Ahora recorre las calles cargado con dosis de cocaína y mariguana. De día y de noche el taller es visitado por consumidores desesperados por adquirir las sustancias que mitiguen sus ansias. Carros de todas las marcas, y personas de posición económica acomodada, se estacionan afuera del negocio. Simulan una reparación para hacer tiempo y así concretar el trueque de dinero por drogas que pasa velozmente de unas manos a otras. Es el taller, a pequeña escala, una suerte de centro de operaciones. Desde ahí Osiel traba sus primeras relaciones con agentes locales y policías federales, quienes arriban al negocio para que les arregle sus patrullas y vehículos particulares. Los policías ya saben que Osiel vende drogas y deciden, en abierta complicidad, brindarle protección.

         Pronto Osiel gana terreno en su actividad de narcomenudista. Aumenta la clientela y comienza a ser conocido en el submundo de los drogadictos de toda índole. Sus ingresos aumentan, pero Osiel, siempre voraz, se muestra aún inconforme: quiere más. El negocio del narcotráfico representa para él un campo fértil: lo ha visualizado, y se apresta a cruzar la frontera para llevar pequeños encargos.

         Evade la vigilancia policíaca, y sigue afinando sus estrategias y habilidades. Aprende a negociar impunidad del otro lado de la frontera, a zafarse de líos y a perderlo todo a cambio de su libertad. Entre más gana, más dinero desea. La avidez lo lleva a concretar pedidos mayores de droga, los cuales cruza por el río Bravo. No tiene que navegar ni rentar una lancha rápida. Hay temporadas en que puede cruzar hacia Estados Unidos caminando, con el agua a la cintura o bordeando sus rodillas. Así viaja a Texas y regresa a Matamoros cargado de dólares. En sus ratos libres bebe licor, come como sibarita y se da el gusto sentarse cómodamente a contar el dinero de sus ganancias ilícitas.

         Osiel está ya encaminado en una ruta sin salida. Incipiente veinteañero, eso es lo que menos le importa. Por ahora lo que gana le permite aflojar la cuerda de sus aprietos económicos. Entre fines de los ochenta y principios de los noventa, con un poco de dinero en los bolsillos se instala en un departamento sencillo. Ha decidido vivir plácidamente al amparo del veneno que reparte en ambos lados de la frontera y estrecha aún más sus lazos con la policía, a la que más tarde ha de servir como informante.

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