Reportaje Especial (Sexta parte)

STAFF SOL QUINTANA ROO /SOL YUCATÁN /LA OPINIÓN DE MÉXICO

#RicardoRavelo

La caída de García Ábrego

Cuando Osiel Cárdenas da sus novicios pasos en el mundo del narcotráfico, apenas ocupa un trocito del inmenso territorio dominado entonces por una figura emblemática de la mafia: Juan García Ábrego.

El poderoso capo, heredero del imperio de Juan Nepomuceno Guerra, ignora que un distribuidor de droga menor se mueve entre callejones de mala muerte, vive bajo la sombra de las estrechas paredes de un taller mecánico que es también su hogar y sólo cuenta con lo mínimo indispensable, incluido un pequeño retrete; además, es 20 años más joven que él. Tampoco sabe que, en pocos años, ese diestro malandrín en robo de automóviles de lujo será poderoso en la plaza más peleada por los grupos criminales dedicados al tráfico de drogas. Pero ninguno de los dos sabe cuál será su futuro. Ni siquiera desde la lejanía le es enviada a Juan García Ábrego la señal de que el futuro sucesor de su narcoimperio comienza está en gestación, nutriéndose en ese medio social tan portentoso como enfermizo y tóxico.

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Pero faltan años para que se dé el relevo. Por ahora, García Ábrego vive su más brillante etapa de esplendor. Goza de poder, de amigos y, como todos los capos que han escalado la cúspide, dispone de muchas amantes, una de sus debilidades más conocidas en su círculo más cercano.

Mujeres de todos los niveles sociales, sedientas de poder y de lujos, quieren estar a su lado, desean recibir en sus seductoras manos los regalos caros que el narcotraficante reparte sin reparo porque, en su embriaguez de abundancia, éste hombre que rebasa los ciento diez kilos de peso no sabe escatimar dinero cuando se trata de halagar a una dama.

Todo lo que rodea a García Ábrego es exceso. Come con desesperación, con una ansiedad compulsiva; bebe vinos en abundancia y no hay añejamiento ni cosecha que satisfaga sus deseos etílicos, siempre pide los mejores y los más caros, pero nada sacia a aquel trozo de vida deseoso de placeres.

Con su abundante dinero compra collares, anillos, piedras preciosas, entre las que no faltan los diamantes. Dadivoso, las reparte entre las mujeres que forman parte de su harem: reparte también dinero a manos llenas, como si le lloviera del cielo. No hay mujer que rechace y se resista tanto a sus halagos como a sus seducciones. Cuando habla, antepone la chequera, ablanda voluntades y dobla todas las resistencias interiores de hombres y mujeres que terminan domeñados ante sus encantos.

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Es irresistiblemente espléndido con sus amigos; tirano y sanguinario con sus enemigos. Rechaza las traiciones y rueda por la vida traicionando y siendo traicionado, recibiendo lo que da y esperando lo que no ha dado, la rueda de la vida que no para de girar.

De la mano del poder político en turno, complicidad que le permite crear toda una infraestructura criminal, redes de socios y protectores, el cártel del Golfo marcha sin sobresaltos. No se conforma con Tamaulipas, su feudo más importante, y extiende sus dominios hacia el Pacífico, declarándole la abierta competencia por el territorio a Miguel Félix Gallardo, quien impone su dominio y, desde la cúpula empresarial donde se mueve, siente que nada lo perturba y que ninguna mano aviesa puede derrocarlo.

García Ábrego muestra sus más desmedidas ambiciones y quiere tenerlo todo, ser el amo y señor del narcotráfico en México, como lo fue su tío, el viejo cacique que impuso su ley a sangre y fuego, quien supo enseñarle con su ejemplo cómo debía comportarse en el mundo criminal.

De joven, García Ábrego pensaba estar destinado a la vida del campo. El futuro para él era muy opaco, demasiado nebuloso como para pensar en el éxito. El robusto muchacho sentía que su vida estaba destinada a terminar entre vacas y pastizales. Como es común en la mayoría de los narcotraficantes, su preparación académica es limitada porque fugaz fue su paso por los colegios. Sólo pudo terminar la secundaria. Entre sus contemporáneos Juan García Ábrego aún es recordado por su mala fama de estudiante faltista. Sus padres pronto se convencieron de que no tenía futuro profesional y tuvieron que resignarse a que el muchacho abandonara la escuela cuando tenía 15 años para dedicarse a las labores del campo.

En esa etapa Juan dedicaba los días hábiles a sus tareas campiranas. Como es habitual en los pueblos, los fines se semana semejan días de fiesta y todo el mundo se alegra. Y Juan no es la excepción; echa mano de sus mejores camisas, dispone de los pantalones más vistosos y decide pasear por las calles de Matamoros en compañía de sus primos mafiosos, los hermanos Guerra, hijos de su tío Juan Nepomuceno Guerra Cárdenas.

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El corpulento adolescente sabe que sus primos son conocidos como delincuentes, pero no se inmuta. Aquella aureola de poder y de impunidad le atrae y quiere estar cerca de ellos porque observa que, pese a su mala reputación, ninguna autoridad les frena el paso y hasta parecen intocables.

García Ábrego pronto se siente seducido por la imagen que proyectan sus parientes. Como invocada por la realidad, salta su intuición criminal, afina su visión y se da cuenta que a sus primos no sólo les va bien en sus negocios ilícitos, sino que son respetados y temidos por propios y extraños.

Quizá sin proponérselo, el joven Juan compara la humilde vida de sus padres con la fortuna e impunidad de que disfrutan sus familiares, ataviados siempre con ropa elegante, finos relojes y se dan el lujo de pasear en coches de lujo por los alrededores. El comportamiento pomposo de los primos desata la ambición de García Ábrego, quien proyectado por su ambición de poder irrumpe en el mundo del contrabando cuando cumple 18 años. Con sus habilidades, aprovecha la porosidad de la frontera con Estados Unidos y comienza a escribir su historia en el mundo criminal: primero como fayuquero; después como traficante de drogas a gran escala.

Con las lecciones que su mentor Juan N. Guerra le imparte en el restaurante Piedras Negras, García Ábrego logra lubricar con dólares y afinadas mañas sus vínculos con el poder. Alcanza triunfos en el negocio del tráfico de drogas que aceitan, de igual forma, sus relaciones comerciales con los dueños del cártel de Cali, los hermanos Rodríguez Orejuela, de Colombia, proveedores de su narcoempresa.

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Hacia mediados de los setenta, cuando el mundo criminal aún tiene pocos pobladores, García Ábrego empieza a ser conocido como un delincuente importante en México. Es una etapa boyante para el comercio de drogas, pues los territorios son bastos y fructíferos. Emergen en el Pacífico mexicano figuras como Rafael Caro Quintero; Pedro Avilés vive su etapa de bonanza; Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto, domina la pirámide del campo y del comercio de drogas; Alberto Cecilia Falcón, disputa rutas y territorios; Pablo Acosta impone su voluntad en Chihuahua, y García Ábrego, en el Golfo de México, anuncia su presencia en la palestra del crimen organizado con la venia de su tío Juan Nepomuceno Guerra.

Con los años, crece en el mundo mafioso. Su nombre es referido en la prensa, más tarde amplios informes policiacos de las agencias norteamericanas se ocupan de él. La agencia antidrogas de Estados Unidos (Drug Enforcements Administration, DEA) lo considera ya como delincuente poderoso y así lo anuncia a los medios y a las agencias policíacas internacionales; incluso publicita su historia criminal en carteles:

“Se busca. Carrera criminal continua. Juan García Abrego, conocido líder de un grupo internacional de narcotraficantes, es responsable de la importación de gran cantidad de toneladas de cocaína colombiana a los Estados Unidos desde México. Podría estar armado de fusiles automáticos y metralletas y debe considerársele peligroso”. Y pide a la sociedad que informe donde está escondido García Ábrego.

Su fama como hombre peligroso se afianza, expande sus rizomas; y el estruendo de sus crímenes y venganzas proyectan una imagen temeraria al exterior. Por eso logra encender los focos rojos en Estados Unidos y todas las alarmas se activan apenas resuena la sospecha de que el capo está involucrado en algún crimen o en operaciones criminales dentro del territorio americano, que no le es ajeno, pues entra y sale cuando quiere o en el momento en que la necesidad se lo exige.

García Ábrego es toda una pesadilla dentro y fuera de México. Las autoridades estadunidenses quieren ponerle fin a tan avezado delincuente y emprenden su búsqueda, exigen al mundo su captura, vivo o muerto. Tan desesperados están de frenar al tótem del narcotráfico, que incluso ofrecen una millonaria recompensa para quien aporte información sobre su paradero. Los cazarrecompensas afinan los sentidos, activan sus radares y comienzan a indagar sobre el paradero del personaje reclamado.

Dentro y fuera de su pléyade trasciende que el robusto capo está bien protegido, que la palanca que lo impulsa es maniobrada desde la Presidencia de la República, donde se despliega un mecanismo de protección que lo mueve y lo cuida. Desde esas alturas del poder, a donde ha llegado a base de paciencia y carisma, se le guía para que no tropiece en el negocio que beneficia a buena parte de la clase política en turno.

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De corta inteligencia, nadie da crédito al éxito criminal de este hombre de mirada apacible. Y es que sólo desde esa poderosa altitud García Ábrego puede no sólo evadir a la justicia cuantas veces se le antoja, cuantas veces sus caprichos se lo ordenan, sino que también se allega un arsenal de documentos falsos y de identidades apócrifas para salir de México sin la más opaca sombra de peligro.

 Con el soporte del poder, García Ábrego derrocha impunidad, le grita al mundo criminal y a sus enemigos que nadie es más poderoso que él, que sólo un hombre de su estatura puede disponer de la protección de altos jefes del Ejército, pagar millones de dólares en regalos y salarios para los policías que lo protegen en todos los sitios donde transita y, de igual forma, eliminar a sus enemigos sin que ninguna autoridad lo investigue.

 García Ábrego deslumbra con su poderío y también con su saña, pues defiende su territorio a sangre y fuego porque sabe que es el más codiciado por los cárteles de Juárez y de Tijuana, cuyos jefes, Amado Carrillo y los hermanos Arellano Félix, son sus más acérrimos rivales en el jugoso negocio en el trasiego de drogas.

Sólo un hombre como él pueden sobrevivir en este mundo de farsa. Su entorno es tan agitado, que durante el día como en la noche dispone de pocas horas de reposo. Duerme tres o cuatro horas, no puede más. Su cuerpo, tensionado por el ajetreo cotidiano no soporta la comodidad de la cama, y gira sobre ella sin descanso.

Se sumerge en constantes crisis nerviosas. Ningún te relajante, ningún medicamento depresivo lo aquieta. Apenas intenta dormir, su cuerpo salta como una liebre. La presión arterial está constantemente fuera de la normalidad y ningún medicamento la regula. La obesidad y las tensiones amenazan con hacerle estallar el cerebro. Su respiración está en permanente agitación, como un río caudaloso a punto de desbordarse, como quien se siente perseguido y no puede descansar ni refugiarse en ningún sitio. Tan acelerado está su pulso cardiaco, que su corazón palpita arrítmicamente y amenaza con romper su pecho.

No hay refugio que le dé seguridad. Pasa unos cuantos días en una residencia, en un hotel o en el rancho de algún amigo, y tiene que cambiarse de lugar porque piensa que va a ser aprehendido o asesinado.

 Para sortear los peligros que enfrenta en su mundo de tránsfuga, García Ábrego se escuda en seudónimos que cambia como si fueran máscaras; lo mismo se hace llamar Juan Chapa Garza Jr., que Juan Garza Chapa, John Chapa, Juan José López, Juan López López o José Luis García Treviño.

Recurre a otros maquillajes, los sobrenombres, para cubrir su rostro criminal. Sus allegados suelen llamarlo La Muñeca, pero él también quiere que le digan El Mayor o El Perro Grande, por su enorme cuerpo y sus gruesos brazos de oso. Su esfera delictiva es tan amplia que acumula media docena de apodos. Cuando lo invade el sentimiento y quiere  que sus interlocutores lo respeten, quiere que le digan El Señor. De pronto lo asalta la necesidad de ser considerado profesionista, faceta que su vida ordinaria le impidió ser, y exige ser llamado El Ingeniero. No faltan los amigos cercanos y excompañeros de escuela y de parrandas que se toman la libertad y la confianza de bromear llamándole Pie Raudo o El Paciente, este último apodo se debe a que ha logrado desarrollar un caparazón que soporta cualquier latigazo sin derribarlo.

Como la mayoría de los capos, García Ábrego también muestra su rostro supersticioso. Igual que Amado Carrillo, Miguel Félix Gallardo o Los Zetas; cree también en la brujería y en chamanes que le adivinen la suerte y le protejan en su agitada ruta criminal.

 Esa inclinación hacia lo sobrenatural se ve aún más marcada cuando José, su hermano mayor, es asesinado el 17 de julio de 1982 y ordena a su grupo de sicarios que todas las muertes, para vengar a la de su hermano, sean ejecutadas los días 17 de cada mes, ni un día antes ni un día después. Quiere el sanguinario capo que esa fecha retumbe con las balas y las metralletas, que las familias de sus víctimas sufran, como él, ese día con dolor y llanto.

Y así ocurre. El 17 de julio de 1984 ordena la muerte de Casimiro Espinoza Campos, su rival; ese mismo día, pero de 1986, es ejecutado Ernesto Flores Torrijos, directivo del periódico El Popular. Sólo el 17 de mayo de 1991 falla en su intento de asesinar a Oliverio Chávez Araujo, Zar de la cocaína, en el penal de Matamoros.

CONTINUARÁ…

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