Ricardo Ravelo/Sol Quintana Roo

A pesar de su compromiso de atacar al crimen “con toda la fuerza del Estado”, la guerra contra el narcotráfico, implementada de 2006 a 2012 durante el gobierno de Felipe Calderón, resultó un verdadero fracaso. Ahora que Genaro García Luna está preso en Estados Unidos se sabe que la cruzada criminal fue, en realidad, un jugoso negocio para los hombres del poder.

            Al iniciar el sexenio de Felipe Calderón, en México ya había catorce cárteles. Los más poderosos eran Sinaloa, Juárez, Golfo, Caballeros Templarios, Cártel de Jalisco y el cártel de Tijuana.

            Diseminadas por todas partes, una enorme cantidad de redes y células criminales comenzaron pactar con las autoridades estatales y municipales y, así, se convirtieron en más poderosas y no menos impunes: controlaron territorios completos y tenían de su lado a las policías, su brazo armado.

            El combate al crimen, implementado por el Ejército, La Marina y la Secretaría de Seguridad Pública, a cargo de Genaro García Luna, no logró desmantelar a ningún cártel de la droga, por el contario, éstos terminaron más fortalecidos: algunos terminaron aliados, otros se internacionalizaron ubicándose en países de centro y Sudamérica –incluso en Europa, como fue el caso de Los Zetas –de tal suerte que, en estricto sentido, habría que preguntarle a Felipe Calderón qué fue lo que realmente combatió.

            El Ejército se movilizó en todo el país con cerca de 35 mil efectivos, la Policía Federal hizo lo propio con un buen número de elementos y la Marina también.

            De acuerdo con Javier Herrera Valles –exagente de la Policía Federal .narcotráfico de Felipe Calderón y García Luna –dice que la guerra contra el narco fue un teatro: los policías –explicó –salíamos a las calles sin información de inteligencia, sin un proyecto logístico y sin una estrategia definida.

            “Hacíamos el ridículo”, dijo, pues colocábamos retenes en varios estados pero no contábamos con la información sobre los objetivos a perseguir, de tal suerte que si los capos pasaban por los retenes ni siquiera los podíamos identificar.

            “Si solicitábamos un helicóptero de apoyo tardaba horas en llegar, y arribaba al lugar cuando ya no se necesitaba. Todos los elementos que tenían conocimiento del crimen organizado y de cómo hacer las cosas, fueron eliminados, Sus lugares los ocuparon policías novatos, recién salidos de la academia, que no tenían ni experiencia pero que sabían obedecer a los jefes que los colocaron en puestos estratégicos y con elevados sueldos”.

            La estrategia de combate –según Herrera Valles –fue no combatir o simular muy bien un combate. Toda la logística de la Secretaría de Seguridad Pública estaba diseñada para no operar, para no hacer bien las cosas y para no detener a nadie.

            Joaquín “El Chapo” Guzmán, el poderoso jefe del cártel de Sinaloa, nunca fue perseguido. Todos los operativos que se implementaron dizque para detenerlo fueron fallidos y teatro vil porque nunca se trazó como un objetivo detenerlo.

            Muchos de los narcotraficantes más violentos en realidad murieron en enfrentamientos. Fue el caso de Heriberto Lazcano Lazcano, fundador y jefe de Los Zetas, quien falleció en un enfrentamiento con La Marina en Sabinas, Coahuila. El cuerpo, sin embargo, presentaba dudas de si realmente se trataba del militar que había desertado en 1997 para pasarse al cártel del Golfo en los tiempos hegemónicos de Osiel Cárdenas Guillén, quien por aquellos años había tomado el control de ese cártel tras la detención y deportación a Estados Unidos de Juan García Ábrego.

            García Luna no combatió al cártel de Sinaloa y tampoco se metió con los hermanos Beltrán Leyva cuando éstos formaban parte de ese cártel: los persiguió después, cuando los llamados “Tres Caballeros” rompieron relaciones con Guzmán Loera.

            La violencia se disparó como en ningún otro periodo de gobierno. Más de cien mil muertos dejó la cruzada contra el crimen. Hasta ahora se desconoce cuánto invirtió el gobierno en esa guerra, pero fueron miles y miles de millones de armas y municiones, estudios y operativos que costaban millones de pesos para atender las necesidades tanto de militares como de policías: gastos de hoteles, viáticos, alimentos…

            La guerra de Felipe Calderón dejó cien mil muertos en seis años, pero ningún cártel fue desmantelado. Hasta la fecha, todos siguen intactos y están en operación en todo el país.

            Es por eso que ahora que Genaro García Luna está preso en Estados Unidos se vuelve un hombre peligroso. Sabe mucho de las complicidades que se tejieron en el sexenio de Felipe Calderón. Él sabe quien negoció con Sinaloa.

            Calderón tenía un negociador: Arturo Acosta Chaparro, el mismo que operó la guerra sucia en los años setenta, el mismo que testificó contra Adrián Carrera Fuentes –el policía de Carlos Salinas –durante el consejo de guerra a que fue sometido por haber brindado protección a Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos”.

            Acosta Chaparro fue asesinado. Sabía demasiado.

            Ahora García Luna buscó una negociación con el gobierno de Estados Unidos, pues sabe que es responsable. Así trata de evitar el juicio o al menos negociar una sentencia ejemplar y evitar una cadena perpetua que lo suma en una prisión toda su vida.

            ¿Denunciará García Luna a Felipe Calderón? ¿Qué personajes pasarán por su mente? Debe aportar mucha información relevante para tener acceso a ser considerado un testigo colaborador de calidad. Eso es lo que las autoridades estadunidenses miden para que puedan ser tomados en cuenta a la hora de la sentencia.

            Esa fue la estrategia de Osiel Cárdenas Guillén y de Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, éste último, detenido en México y extraditado a Estados Unidos.

            Es el mismo camino que han seguido los capos colombianos: los hermanos Rodríguez Orehuela, jefes del cártel de Cali, presos en Estados Unidos. Y ese habría sido el camino de Pablo Escobar, el capo más sanguinario de Colombia, se no haberse suicidado. Él sabía del rigor que le esperaba en una prisión estadunidense, por eso la evitó y optó por el suicidio antes de ser juzgado en Estados Unidos.

            Con todo y su aportación de información como testigo colaborador, García Luna pasará el resto de su vida en la cárcel.

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