REPORTAJE ESPECIAL (SEPTIMA PARTE)

STAFF SOL QUINTANA ROO /SOL YUCATÁN /LA OPINIÓN DE MÉXICO

#RicardoRavelo

En el mundo de la mafia, García Ábrego alcanza alturas insospechadas, sólo comparables a las de Amado Carrillo Fuentes y Miguel Ángel Félix Gallardo, legendario jefe del cártel del Pacífico. En su empresa criminal, el cártel del Golfo, García Abrego dispone de más de 300 personas que vigilan la buena marcha de la organización. En su pujante momento –esa organización no volverá a tener una etapa de mayor esplendor– introduce unas 50 toneladas de cocaína por mes al voraz mercado de Estados Unidos.

Aquella máquina introductora de droga no se detiene, pero sí baja su acelerada marcha cuando grupos policíacos de la DEA, empieza a rastrear sus pasos en el territorio nacional.

El capo se entera que el gobierno de Estados Unidos quiere su cabeza, y comienza a tomar medidas para protegerse, aunque de antemano sabe que dispone de un cerco protector casi blindado, a prueba de investigaciones y persecuciones. Tal protección lo mantiene seguro por más agitadas que estén las aguas, por fuerte que sea la turbulencia que golpea su entorno.

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Mientras Carlos Salinas de Gortari está firme en el poder presidencial, y su hermano Raúl mueve los engranajes de multimillonarios negocios, Juan García Ábrego no es perturbado en su cómoda nube rosa. Cree que el poder económico y político no se derrumbará, que no hay inteligencia humana que pueda destruir su imperio, que otro grupo político lo protegerá, cuando llegue al poder, y que él seguirá siendo amo y señor del narcotráfico mexicano.

García Ábrego está en un momento de éxtasis, casi de locura, ante el poderío que lo rodea y lo embriaga. Pero todo tiene su fin, y el boyante narcotraficante cae en desgracia. Ha escalado muy alto en la pirámide mafiosa y por eso mismo su caída resulta estrepitosa, y su pena es aún más dolorosa, pues la persecución lo acorrala hasta emprender la búsqueda de un refugio.

De pronto los temores lo atenazan y empieza a ver enemigos por todas partes, hasta dentro de su séquito. Desconfía de los hombres que le rodean, vigila a sus socios porque sospecha que pueden entregarlo a la justicia. Juan García Ábrego ya no puede vivir tranquilo, como en los apacibles días que vivió en el campo, el intocable jefe del cártel del Golfo ve agonizar su largo periodo de esplendor cuando los grilletes que lo sostienen del poder político empiezan a debilitarse, cuando su andamiaje protector cruje y se hunden los cimientos que lo mantienen de pie.

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Su organización criminal entra en crisis, decenas de operadores han sido detenidos y confiesan a la justicia las intimidades del capo y refieren los múltiples refugios donde se esconde.

Por más que busca apoyo, García Ábrego no puede evitar su declive y nada detiene su caída. Los diques de contención se debilitan, sus cómplices lo traicionan, como él mismo lo sospechaba, y el poder político, su sostén, termina por darle la espalda, y no puede evitar sentirse traicionado.

Todo lo que marchaba sobre ruedas en los días críticos toma otra dirección. La precipitada caída no se detiene y, al ver como su poder se va mermando, otros capos de la droga lo acechan para matarlo. Quieren ocupar el territorio que por años ha explotado el llamado capo del Golfo.

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El fin de un sexenio –el de Carlos Salinas– marca su sino y, tan desesperado está en su refugio, tan perseguido se siente que en sus agitados días de fugitivo salta por su mente afiebrada la idea de entregarse a la justicia. Pero a su alrededor todo está en crisis. La suerte lo abandona, nadie lo escucha, ninguna petición llega a buen puerto y toda negociación fracasa en su oscura vida de tránsfuga.

La sombra de su ruina lo empieza a envolver a mediados de septiembre de 1993. Por esas fechas, un hombre que se identifica como Juan García Ábrego llama por teléfono, desde su escondite, a la Procuraduría General de la República. Del otro lado del auricular, un empleado de la dependencia escucha una voz que se queja porque su nombre aparece en carteles; confesó ser sólo un intermediario en el comercio de las drogas y que uno de los grandes capos intocables era Juan Arévalo Gardoqui, secretario de la Defensa durante el sexenio de Miguel de la Madrid. En las oficinas de la PGR un secretario tomó nota del mensaje y reportó el hecho sin mayores reacciones.

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Juan García Ábrego hace una segunda llamada, sin éxito. En un tercer intento, y enterado de que presuntamente es el capo quien telefonea, el subprocurador Mario Ruiz Massieu –quien poco después también se ve implicado por sus presuntos vínculos con el narcotráfico y, en pleno cumplimiento de un arraigo en Estados Unidos, es declarado muerto por una sobredosis de antidepresivos, con lo que pasa a formar parte de los misterios del régimen– decide tomar el teléfono. No se sabe qué trata con García Ábrego.

La PGR registra las llamadas, y en un parte informativo da cuenta de los telefonemas: El sábado pasado 11 de septiembre, el Sistema de Denuncias Anónimas de la Procuraduría General de la República recibió la llamada de un sujeto que se presentó como Juan García Abrego, quien manifestó su deseo de entregarse a las autoridades federales, de México, ya que no confía en las autoridades locales, por lo cual pidió seguridad de que sus garantías individuales serán respetadas.

Por otra parte, señaló que por ser él uno de los principales capos de Tamaulipas, al caer, puede afectar los intereses de mucha gente, lo cual le hace pensar que su vida correrá peligro. Por lo anterior, pidió que una persona de alto nivel dialogue con él, en un terreno neutral, para establecer las condiciones de la entrega, y conseguir un acuerdo que lo beneficie.

En el transcurso de la conversación, reclamó el que fueran colocados para su búsqueda carteles con su nombre y retrato, argumentando que sólo a los intermediarios como él son a los que se persigue, dejando sin castigo a los “meros grandes”, refiriéndose específicamente a Juan (Arévalo Gardoqui).

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El supuesto García Ábrego declaró que, si bien ha cometido delitos, no son tantos como los que se le imputan. También señaló que, a raíz de su persecución, ha tenido que dar grandes cantidades de dinero para no ser entregado a las autoridades.

El supuesto García Ábrego quedó en comunicarse posteriormente, a fin de dar tiempo a que las autoridades de la Procuraduría tengan una respuesta a su petición. El 13 de septiembre, quien dijo ser García Ábrego volvió a tomar el teléfono y marcó el número de la PGR para conocer la respuesta a sus proposiciones.

Se le manifestó que en la PGR están en la mejor disposición de atender su solicitud y se le pidió que definiera el lugar y la persona con quien quería la cita. Después de mostrarse indeciso, y por momentos titubeante, solicitó que el diálogo se efectuara entre él, un agente de la DEA, y un Ministerio Público, en el hotel Gran Premier de Reynosa, Tamaulipas.

Es evidente que García Ábrego está desesperado y sus decisiones atropelladas lo hacen tropezar. Le informa a las autoridades que está hospedado en el lujoso hotel Gran Premier y aporta un número equivocado. Tiene que volver a llamar y corrige. “Estoy en el hotel que les dije, en la habitación 24, registrado con un nombre falso, pero el número es el 901-728-12-45”, precisa con la voz entrecortada, según escribe el operador que toma la llamada.

El capo está nervioso. Él, que nunca ha tenido miedo de matar, que ha logrado mirar a la muerte de frente, confiesa ahora a sus perseguidores, las autoridades federales, que teme por su vida si se entrega. La PGR ordena un análisis de su voz, los agentes tienen sobre la identidad de García Ábrego, intuyen que el timbre no corresponde a su personalidad, tampoco su edad, menos aún su estatura; sospechan que alguien está hablando por él, pero le dan crédito al contenido de la desesperada petición.

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Dudan que un narcotraficante de tal altos vuelos esté hospedado en un lugar tan vulnerable, que revele el número de la habitación donde está instalado y hasta el número telefónico en el que se le puede localizar. Saltan más dudas: que tal circunstancia no puede ser real, pues por otras vías las autoridades confirman que la familia del capo no se ha visto amenazada, ni en su persona, ni en sus bienes, lo que permite que desplazarse sin sobresaltos por México y en Estados Unidos. Concluyen que el escenario crítico por el que, según García Ábrego, atraviesa, no tiene lógica, que su entrega voluntaria no es real. El plan fracasa en medio de sospechas.

 Con el apoyo  de sus relaciones, que hacia 1995 todavía son amplias, García Ábrego sobrevive un año en la cima del cártel del Golfo, pero debe andar a salto de mata, huyendo entre una ciudad y otra. Se cuida hasta de su sombra, teme ser traicionado. El cártel ya no tiene la capacidad de antes para mover cuantiosos cargamentos de droga hacia Estados Unidos, ha dejado de pagar a sus proveedores, quienes ya muestran signos de molestia, muchos embarques son detenidos por la justicia porque ya no disponen de la protección que antaño lo hizo poderoso ante sus socios colombianos, quienes al verlo en picada resuelven alejarse de él. Atrás quedan los abrazos, los brindis y las felicitaciones por los exitosos negocios concretados. García Ábrego pasa de ser uno de los capos más seguros a ser visto como de los menos confiables.

En Colombia nadie quiere arriesgar, si él está al frente, ninguna operación de drogas. En el país sudamericano los operadores de los grandes consorcios de la cocaína a menudo se llevan la mano a la quijada y se frotan las sienes cuando escuchan su nombre.

El capo está muy vigilado y puede ser peligroso para los empresarios del abastecimiento. Un error de cálculo, un milímetro de confianza o un segundo de titubeo y puede quedar al descubierto toda la red criminal tejida desde México hasta Sudamérica. Frente a tantos signos inquietantes, es el momento de ignorarlo. “Ya no le tenemos confianza”, dicen en Barranquilla los varones del narcotráfico.

El ruido de alerta llega a Medellín y frena la polea del negocio en Cali, donde se multiplican las órdenes de no hacer tratos con el capo caído en desgracia. Acosado por su persecución, decide abandonar la ciudad de Matamoros, su centro de operaciones. Entre diciembre de 1994 y el mismo mes de 1995 busca reposo y se instala en Monterrey, donde vive refugiado en una finca de su propiedad.

Allí pasa la navidad de 1995 y ve finalizar el año en medio de agitaciones y tempestades. Su entorno es una arena movediza que se lo puede tragar en cualquier momento. El narcotraficante más iluminado con los reflectores del poder, ahora camina a tientas y vive frecuentemente asechado por el riesgo de tropezar en la sinuosa ruta del negocio de las drogas.

         El reflector de la impunidad queda desconectado. El año de 1996 no pinta nada bien para los planes del capo. Percibe los malos presagios desde que brinda por el año nuevo entre familiares y algunos amigos. Los buenos deseos se traducen en agitados y tortuosos momentos. En esas horas finales de 1995 es observado nervioso, distante y apagado como quien siente cerca la muerte, como quien presagia una tempestad que lo arrastrará a un abismo. Una trabazón de sucesos escalonados golpean hasta abrir fisuras en las paredes de su narcoimperio y no evita que sus días de gloria empiecen a formar parte del recuerdo.

CONTINUARÁ…

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