Reportaje Especial (Octava parte)

STAFF SOL QUINTANA ROO /SOL YUCATÁN /LA OPINIÓN DE MÉXICO

#RicardoRavelo

Hacia finales de 1995 el país vive aún momentos de agitación por los crímenes impunes de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu. La crisis financiera sigue causando remolinos en empresas y hogares. Miles de obreros son despedidos de sus trabajos y escasean los empleos. México enfrenta la ruina económica y su clase política se hunde en la incredulidad.

 Se incrementan los secuestros, abundan los suicidios de personas angustiadas por el aumento de sus deudas y la violencia del narcotráfico sienta sus reales en el norte del país, donde el estruendo de las balas se escucha a todas horas.

Un año y 28 días antes de la caída de García Ábrego, el clan Salinas se vería sacudido: Raúl, el mayor de los hermanos Salinas de Gortari, es encarcelado bajo la acusación de haber planeado el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, su excuñado. Se le acusa de ser el autor intelectual, aunque no hay móvil del suceso, y entre enredos y confusiones salta un nombre: Manuel Muñoz Rocha, el fantasma de esta tragedia, quien a partir de ese momento desparece.

 Este personaje, eslabón para conocer la verdad sobre el crimen de Ruiz Massieu, se esfumó en medio de la neblina de confusiones que envolvió el caso. Se le buscó por varios países, a través de un sigiloso grupo de investigadores y mediante su código genético, huella imborrable. Se asegura que después fue visto en San Antonio, Texas, acompañado del misterioso abogado Enrique Fuentes León, de truculenta historia. El gobierno de Ernesto Zedillo recibió el informe, pero el caso fue sepultado en el silencio. Raúl Salinas podía respirar, pero no evadir la prisión ni el desprestigio.

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         Este golpe, el derrumbe de Raúl Salinas, tambalea aún más a García Ábrego. Ahora tiene varios frentes abiertos y su entorno es más turbulento al darse cuenta, por los informes que le entregaron policías amigos suyos, que otros capos hambrientos de poder, como Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, así como los hermanos Ramón y Benjamín Arellano Félix, jefes del cártel de Tijuana, como viejos animales carroñeros, anticipaban su caída,  “olfateaban” la muerte de su enemigo y, ello, los mantiene acecho de Matamoros, Reynosa y Nuevo Laredo, las codiciadas plazas que dominó.

Antes de finalizar el gobierno de Carlos Salinas, la DEA aceleró la búsqueda del capo por todo el mundo. El gobierno de Estados Unidos giró la nota diplomática 1599 y el 22 de noviembre de 1993 pidió a las autoridades del mundo su captura. Con este documento se formalizó la solicitud de extradición de García Ábrego “por delitos federales en materia de narcóticos”. Antes de ser aprehendido, el capo ya carga con una sentencia de 30 años de prisión.

El argumento que soporta la solicitud, además de que se le acusa de introducir drogas a Estados Unidos, es que García Ábrego no es mexicano, según registraron las autoridades del vecino país. Disponen de datos contundentes e irrefutables, que proporcionan un retrato nítido del narcotraficante. Hasta de las señas más particulares da cuenta el documento. Fecha de nacimiento: 13 de septiembre de 1944. Lugar: La Paloma, Texas. Estatura: un metro 85 centímetros. Complexión: mediana. Pelo: café. Ojos: café. Raza: blanca. Nacionalidad: americana (de origen hispano). Trabajos: granjero y líder de drogas. Ocupaciones: frecuentemente viaja a Costa Rica, Ciudad de México y Monterrey”.

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Con esta petición de extradición se emprende la búsqueda de García Ábrego por todo el mundo, se activan los radares en todos los rincones del planeta. Los archivos comienzan a ser hurgados en busca de datos, fotografías, huellas dactilares, firmas, informes, reportes y denuncias. Se enlistan sus nombres y sus múltiples alias, todas las máscaras utilizadas para delinquir y evadir a la justicia. La DEA necesita un informante y lo encuentra en la persona de Carlos Reséndez Bertolucci, operador financiero de García Ábrego.

 Este hombre aporta la información para localizar al capo del Golfo y para ello es incorporado al programa de testigos protegidos, le cambian la identidad y sirve a la justicia estadunidense confesando todos los secretos del cártel y de su jefe. Con todo ese arsenal informativo en sus manos, dentro y fuera de México el plan para capturar a García Ábrego es manejado políticamente con maestría: sirve como escudo para encubrir los duros cuestionamientos que enfrenta el régimen salinista, que no tiene más remedio que emprender su búsqueda, por las presuntas vinculaciones del capo con Raúl Salinas.

Fue en 1993, año trágico, cuando el entonces procurador Jorge Carpizo orquesta el plan para detener a García Ábrego, que vive refugiado en Nuevo León. El controvertido procurador crea un equipo especial para ir en su búsqueda. En apariencia, esa determinación encendió los focos rojos en toda la estructura del poder político, donde García Ábrego había amarrado amplias relaciones.

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Por todas partes, el perseguido narcotraficante tiene ojos y oídos que observan y escuchan en su ausencia. Conforme se extingue el sexenio de Salinas, García Ábrego va en caída libre, pero tan alta está la cúspide en la que ha parado que son pocos los que piensan que sea detenido; otra es la realidad. Aunque encumbrado, el capo siente que el oxígeno oficial se extingue y que comienza su agonía. Carlos Salinas está envuelto entre nubarrones de dudas y tiene que sacudirse las sospechas. Sin reparos ante la opinión pública, ordena su captura y un ataque frontal a su organización. Pero el establishment político, viejo en el arte del engaño, opera con simulaciones: al mismo tiempo que se le persigue, otros resortes enganchados al poder se mueven en sentido contrario.

El grupo de investigadores que va en pos de García Ábrego, conformado por medio centenar de hombres, lo encabeza Eduardo Valle, El Búho. Quien no es agente avezado sino un periodista conocido por sus antecedentes de activista social, famoso por su militancia en el extinto Partido Mexicano de los Trabajadores y su participación en el movimiento estudiantil de 1968 que concluyó con la matanza de estudiantes en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.

Como periodista, Eduardo Valle quizá disponía de información y creyó que la decisión del gobierno de Carlos Salinas de aprehender al capo mayor de México iba en serio; acaso pensó que para capturarlo bastaba con formar un sólido grupo policiaco y lanzarse en su búsqueda.

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Armado de recursos, información y, se supone, de apoyo logístico, Valle se aboca a seguir los pasos del capo; falla en su intento. Cuando cree tenerlo, cuando siente que su presa está a escasos metros solicita el apoyo del Ejército, fuerza indispensable para tal fin, pero algo falla. Y cuando todo parece estar listo para la captura de García Ábrego, éste desaparece. El narcotraficante siempre lleva la delantera. Valle lo intenta una y otra vez sin lograr su cometido, al final termina por reconocer su fracaso. García Ábrego se muestra más habilidoso que su perseguidor.

Años después, Valle reconocerá que el capo del cártel del Golfo siempre fue alertado desde el poder para evadir los cercos que se le tendieron; después se comprobó que todo el aparato creado para su aprehensión fue formara parte, como después se comprobó, era parte de la gran farsa del gobierno de Carlos Salinas. García Ábrego dispuso siempre de un cerco de protección poderoso: hombres armados, vehículos blindados y un sistema de comunicación dotado con tecnología de punta constituían una impenetrable muralla; además, recibía del mismo poder político información oportuna que le permitía escapar sin complicaciones.

Eduardo Valle no se equivoca cuando admite su fracaso. Así lo admite en una carta enviada al presidente Carlos Salinas y al procurador general de la República, Diego Valadés Ríos el 16 de mayo de 1994. En ella lanza una pregunta punzante: no se habrá convertido México en una narcodemocracia; también alude al poder imparable del que gozan los jefes del cártel de Tijuana, los hermanos Arellano Félix, así como el poderoso Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, cuyo liderazgo al frente del cártel de Juárez se afianzó precisamente después de la caída de García Ábrego. La carta de Valle es punzante, quita el telón que cubren los engranajes del poder y desnuda el juego perverso del gobierno frente al narco.

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Distinguido amigo:

Durante 16 meses serví a mi país en la Procuraduría General de la República. Hoy renuncio a esta institución de manera irrevocable. Salgo como entré; no tengo en que caerme muerto, aunque gané en conocimiento y experiencia. Nadie puede decir que lastimé intereses sin fundamento real. Así, puedo mirar a todos de frente y sin vergüenza alguna.

Reconozco no tener ahora la capacidad para aprehender al jefe público del cártel del Golfo. Hice, en verdad, todo lo que pude con los medios a mi alcance. Fracasé y lo admito con pena.

Luego de lo conocido en este lapso, pregunto ¿Cuándo tendremos la valentía y la madurez política de decirle al pueblo mexicano que padecemos una especie de narcodemocracia? ¿Tendremos la capacidad intelectual y la fortaleza ética de afirmar que Amado Carrillo, los Arellano Félix y Juan García Ábrego, son, en forma inconcebible y degradante, impulsores y hasta pilares de nuestro crecimiento económico y desarrollo social. Que nadie puede perfilar un proyecto político en el que no estén incluidas las cabezas del narcotráfico y sus financieros porque, si lo hace, se muere? Quizá pronto se llegue a esa conclusión en relación con los hechos del 23 de marzo en Tijuana; aunque, advierto, no poseo más información sobre esa infamia que la conocida por todos.

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Pregunto respetuosamente: ¿No es hora de elaborar una política contra el narcotráfico, aunque sea la más primaria y elemental? ¿No ofende a los sentimientos y a la inteligencia de la nación al carecer de esta política general y de largo plazo contra el narcotráfico y el crimen organizado, estado dentro del Estado?

Agradezco a usted, doctor Jorge Carpizo, y al presidente de la República la confianza depositada en quien esto escribe. Pueden tener la absoluta seguridad de que no se abusó de ella. Seguiré trabajando en otros ámbitos.

Ruego a usted designe a la persona a la que debo entregar mi oficina.

Reciba la seguridad de mi más atenta y distinguida consideración.

Eduardo Valle Espinoza

Asesor personal del procurador.

Seis meses después de enviada la misiva, otra realidad sacude al país con un trágico baño de sangre. Los capos se disputan todo el territorio y desafían al poder político, al mismo tiempo que se benefician con parte de su estructura, sobre todo con las policías, a las que no sólo infiltran sino que incorporan a su servicio. Termina el gobierno salinista arrastrando su crisis, sus crímenes, su riqueza, su poder, su desgracia, su desprestigio y su impunidad. Este sexenio, como muchos otros, no pudo evadir el poder del molino triturador de la historia, que aún no termina de juzgarlo. El destino de García Ábrego ahora se decide en una mesa de negociaciones en Estados Unidos.

Antes de elegirlo como “presa”, los estadunidenses barajan varios nombres: los hermanos Rodríguez Orejuela, Amado Carrillo Fuentes… pero sus agentes arguyen que tanto unos como otros no son aún tan poderosos como el capo del cártel del Golfo. Para el gobierno de Ernesto Zedillo, su captura significaba un golpe con doble efecto: lanzar una señal de rompimiento con su antecesor, y al mismo tiempo atribuirse un triunfo frente al intocable García Ábrego, lo que significaba una presea de oro en un momento en que la urgencia de aceptación social raya en la avidez debido a la desconfianza pública que carga su gobierno por los asesinatos políticos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu y los prolongados sufrimientos sociales –sobre todo de la clase obrera y campesina –derivados de los colapsos financieros que tambalearon al país en diciembre de 1994.

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Reunidos secretamente en Washington, altos funcionarios de la PGR, encabezados por el panista Antonio Lozano Gracia, acuerdan con sus contrapartes de la DEA dar un golpe espectacular. Las autoridades mexicanas deseaban afanosamente la certificación del país en la lucha antidrogas; a las de Estados Unidos les urgía un campanazo internacional para apuntalar la reelección del presidente William Clinton, por momentos tambaleante.

Tomada la decisión de aprehender al más poderoso capo, las estrategias se comienzan a afinarla dentro y fuera de México. A partir de ese momento García Ábrego ya tiene salvación. La decisión está tomada. Por fin llega el 14 enero de 1996. Aquel domingo parecía un día ordinario, apacible, incluso aburrido, en el poblado de Villa de Juárez, pequeña y pintoresca demarcación a la que sólo separan 25 kilómetros de la ciudad de Monterrey, la capital del estado de Nuevo León.

El reloj está próximo a marcar las seis de la mañana. El pueblo parece aún dormido. Quizá el frío prolonga el sueño de los pobladores en medio de un amanecer que tarda en romper. En completo sigilo se aproximan a la localidad unos 15 elementos del entonces Instituto Nacional para el Combate a las Drogas de la PGR. Están armados con poderosas metralletas. Es un grupo policíaco de élite que, respondiendo a un plan preconcebido y bien organizado, empiezan a ocupar sus posiciones.

Las decenas de ojos de los agentes observan con detenimiento una residencia ubicada en la calle Bosques de Acutzingo 190, esquina con Bosques de San Mateo, en el lujoso fraccionamiento Bosques de la Silla, cerca del kilómetro 11 de la carretera a San Mateo. La casa bordea los límites del municipio de Santiago. Es el refugio de García Ábrego.

CONTINUARÁ…

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