Reportaje Especial (Decima parte)

STAFF SOL QUINTANA ROO /SOL YUCATÁN /LA OPINIÓN DE MÉXICO

#RicardoRavelo

Lucha con el destino

Su taller mecánico, un retrete cubierto de lona, era para Osiel todo su mundo; ahí vivía envuelto en sus tareas rutinarias que a la postre se transformaron en una pesadilla. Ahí, en ese pequeño espacio ubicado en las calles 14 y González, en Matamoros, Tamaulipas, el joven Osiel pone en práctica los conocimientos de mecánica adquiridos en otros empleos. Intenta dirigir su brújula hacia una independencia laboral, no lo logra. La ansiada prosperidad se le niega, pero él continúa con denuedo en pos de esa quimera. Un mensaje escondido en lo más recóndito de su inconsciente brota de repente y le reafirma sus ímpetus: su sino no consiste en reparar motores y arreglar cajas automáticas. Está hecho para empresas de mayor envergadura. Por eso se subleva a menudo frente a su oficio, no se siente a gusto con lo que hace, sueña en lo que puede hacer. Eso lo sumerge en la fantasía, que más tarde lo sorprenderá con su rostro realista.

         Por el momento el adolescente de carácter indómito no tiene más alternativas, tiene que resignarse a llenarse las manos de grasa para sobrevivir. Y se aplica al trabajo. Entre talacha y talacha encuentra la distracción en el cotilleo; se mantiene al tanto de lo que hacen sus amigos y enemigos, atento siempre  al chismerío callejero que zumba y rezumba alrededor de su taller. Por momentos cree gozar de libertad, pero ésta es efímera. Su rebeldía le impide dejarse llevar por los vientos, soltar sus fuerzas y entregarse a las órdenes del destino. No puede permitirse eso. Osiel es demasiado inseguro para arrojarse al abismo y quedar a merced de las bondades de la naturaleza, por eso se aferra a una sola idea: persistir en  su afán de prosperidad que por el momento se le niega.

En su cuchitril, Osiel va construyendo su propia tragedia. Lo hace sin darse cuenta. Traba relaciones con policías federales, protectores y cómplices, y se perfecciona en las artes más bajunas del crimen. Para ganar dinero o al menos cobijo policiaco y no ser detenido por la venta de drogas, se convierte en soplón de otra red mafiosa: la policía. Esa relación la lubrica con droga y con delaciones de pequeños distribuidores de cocaína que le estorban en su ruta.

Los trabajos en el taller mecánico empiezan a pasar a segundo o tercer plano; las herramientas quedan arrumbadas. En aquel espacio cubierto de lona se divisan, a distancia, las piezas regadas de automóviles desarmados. De manera paulatina, imperceptible, el negocio pasa a ser una fachada que encubre la venta de drogas, el negocio que fascina al propietario del predio y en el que comienza a despuntar, en buena medida gracias a la protección policiaca de la que dispone y por las enseñanzas de su hermano Mario, un hábil traficante, quien le enseña el arte de cortar la coca.

Osiel apenas contiene su voracidad. Atento siempre a las explicaciones del hermano mayor –atrás quedó aquel alumno que solía ser reprendido con asiduidad por sus maestros de primaria y secundaria por su actitud distraída–; ahora Osiel absorbe como esponja los conocimientos básicos para preparar la droga y dejarla al punto, como un suculento postre, para los enfermos consumidores.

Así aprende a separar la calidad del polvo blanco. Ahora tiene un corto pero sólido camino andado, incluso cuenta ya con una gama de clientes, los tiene pudientes y de capacidad financiera mediana. Se trata de dos mundos atados por un mismo mal: son adictos pertenecientes a dos clases sociales que, además de padecer la misma enfermedad, son compradores potenciales a los que Osiel abastece de varios gramos de cocaína al día.

Si el taller mecánico no atrapó su gusto y placer por el trabajo, sí se muestra entusiasmado por todo lo que huele a ilegal y a prohibición. Con los detalles finos de un relojero, cuida la pureza y calidad de su producto; lleva este esmero al extremo pues lo desarrolla él mismo, se convierte en el catador de su propia mercancía. Esas pruebas consisten en inhalar polvo blanco y sentir su efecto en el cerebro: si acelera violentamente o no el pulso cardiaco, si el rostro del consumidor se descompone con un raro enrojecimiento o si brota sudoración excesiva, es señal de que el polvo envenenado no tiene la calidad deseada y eso lo altera. No admite que eso suceda puesto que él busca la excelencia, la pureza casi alquímica.

Acucioso como es, Osiel va ganando clientes, pero sobre todo dinero, lo que más le fascina. Pero ahí están agazapadas esas rémoras existenciales que comienzan a golpearle con virulencia, que insisten en encadenarlo a un sino trágico. Silenciosamente, como una humedad que se enquista en una casa sin que sus propietarios se den cuenta, Osiel termina por engancharse a la cocaína, se vuelve adicto. La inhala en fiestas y cuando está en la cama con una mujer. La droga muestra su poder y activa las debilidades de Osiel, irrumpen en tropel a la superficie, incluso en los momentos de soledad, que son frecuentes, la cocaína se convierte en su fiel compañera de habitación, en una amante inseparable que le provoca placer y angustia. Osiel está enganchado. Como un pez cuando muerde el anzuelo.

A partir de entonces esa imperiosa necesidad de inhalar esa coca quintaesenciada ya no abandonará a Osiel. Su cuerpo y su mente están contaminados. Sufre dependencia física y mental. Son escasos los días en que deja de consumir el nocivo polvo y se dedica a hacer actividades que se le ocurren, siempre hiperactivo. Pero el demonio que lleva dentro conduce a Osiel a su propio infierno sin que su voluntad pueda impedirlo. Con frecuencia la cocaína y el alcohol serán para él refugio seguro o puerta de escape frente a las decepciones amorosas, traiciones o cuando la soledad lo conduce a ensimismarse. La realidad –que desde la infancia se le impone como si fuera una pesadilla– es demasiado dura para este novicio del narcotráfico. Por eso siente la necesidad de anestesiarse, de adormecer a sus propios demonios.

El mundo del narcotráfico, aún en su pequeña escala, no deja de tener su propia turbulencia. Es como una vorágine que devora toda la vida de Osiel, como una serpiente a su presa. La prosperidad, el dinero obtenido de la droga, pronto hacen olvidar a Osiel sus años de adolescente, la más bella de las edades en la que la existencia se puebla de sueños de grandeza, en la que fluyen incesantes las quimeras. Cuando cumple 21 años esos recuerdos, esas experiencias perturbadoras se van cubriendo de nubosidades y permanecen ocultos en los recovecos atrofiados de la mente de Osiel. Pero él no percibe, no conscientemente, como ese tejido emocional enfermo lo sacude y lo arrastra. Esa atrofia le impide verse a sí mismo. Atrás, muy atrás, queda ese pasaje en que fue mesero en el restaurante El Mexicano. Sus emociones son encontradas, las etapas de su desarrollo se tornan confusas. Su paso fragoroso como obrero de una maquiladora es lo único que se registra con nitidez en su dislocado cerebro. Más de una razón lo explica: en esa etapa fue víctima de la explotación, que soportó con estoicismo pero le dejó huellas indelebles de frustración; en contraste, fue ahí en una maquiladora donde conoció a Celia Salinas, una compañera de trabajo de la que se enamoró y con quien mantuvo un prolongado noviazgo que terminó en matrimonio. Con ella procreó a Celia Marlén Cárdenas Salinas.

Tan pronto sabe que será papá, Osiel abandona la casa de su hermana Lilia, con quien vive una temporada. Con la responsabilidad de mantener a una esposa y una hija en camino sólo le queda refugiarse en su retrete: el taller mecánico. Vive allí por largos meses. Paciente, aguarda la oportunidad de cruzar un cargamento de droga hacia Estados Unidos que le reditúe el dinero suficiente para empezar a construir los cimientos de algo más grande.

Mientras esa oportunidad no salte a su encuentro, Osiel sortea las necesidades del día reparando algunos vehículos. Se deja ver de manera eventual mientras hace trabajos de mecánica, pero de manera callada continúa afinando los engranajes de la distribución de droga. Pero de pronto irrumpe esa voz interior –reprimida y sorda–. Lo conmina a mirar a su alrededor y lo que percibe no le gusta; tampoco le agrada lo que hace, se inconforma también con los escasos bienes que posee. De su atribulado interior brota aquel mensaje que altera los varias noches y días, lo hace oscilar entre el enojo, la tristeza, lo mantiene girando.

Y esos devaneos lo hacen descubrir que ya no quiere mancharse más las manos de grasa ni de aceite y opta por dedicarse de tiempo completo a la venta de droga, una actividad más práctica, aunque peligrosa pues su vida pende de un hilo. Osiel no ignora que la competencia en ese agitado mercado ilegal es dura y que los rivales se eliminan a balazos, por pequeños que éstos sean. Por todas las colonias de Matamoros surgen bandas dedicadas a ese negocio, se reproducen como plagas y no están dispuestas a ceder un palmo de terreno al competidor.

Pero Osiel no mete reversa en su decisión. Está resuelto a jugarse la vida con el fin de alcanzar la cúspide. Obtiene algo de dinero, suficiente para sentirse seguro, y como una muestra de su arrojo se quita el overol de mecánico y en su nuevo guardarropa parece estar su reino. Cambia su ropa sucia y raída por indumentaria casual, de las mejores marcas, no sin asumir una actitud frugal. También se muda a un departamento modesto, pero más amplio, donde sus sueños empiezan a encontrarse con la realidad.

El cambio de atuendo modifica su personalidad y él así lo comprueba al mirarse al espejo. Luce formal, se embelesa observa y comienza a brotar su narcisismo. Frente al espejo se observa de perfil, de frente y frunce el ceño sólo cuando mira fíjamente el acelerado avance de su calvicie prematura. “Ya habrá tiempo de resolverlo”, piensa. Aún con ese drástico cambio de indumentaria, que para Osiel es abismal, el muchacho no deja de ser un famélico distribuidor de drogas ansioso de poder y dinero, siente que  sólo así puede apuntalar su endeble seguridad. El farandulero Osiel empieza a sentirse importante a partir de lo que hace. Por eso busca ansiosamente las prótesis, pues no se ha encontrado a sí mismo; nunca lo logrará mientras se encuentre inmerso en un juego de sombras y persista en su afán por parecer en lugar de ser.

En el arranque de su carrera como narcotraficante no obtiene grandes fortunas, pero el dinero se atraviesa en su camino con mayor frecuencia. La plata toca a su puerta no sin anunciarse tragedias y preocupaciones que a menudo lo sacuden. La vorágine financiera crece y lo envuelve. Comienza a gastar a manos llenas, y lo hace sin problemas pues el dinero le llega sin problemas. En Tamaulipas construye redes humanas para emplearlas en el tráfico hormiga de drogas. Por ahora estos grupos, casi invisibles, no compiten ni mucho menos se hacen presentes en el amplio horizonte criminal de Juan García Ábrego, entonces jefe del cártel del Golfo. Osiel no se relaciona con el poderoso capo ni le interesa, aunque conoce y traba amistad con José de la Rosa, llamado El Amable, lugarteniente de García Ábrego por varios años.

Osiel es, hasta ahora [precisar fecha], un grano de arena dentro del mundo mafioso de García Ábrego. Por eso puede evadir con facilidad el pago del llamado “derecho de piso” a los dueños de la plaza en la que opera. Le basta con la relación que mantiene con los policías –sus amigos y cómplices– a quienes les suministra de información sobre rivales suyos afinando su dedo índice que señala a quienes anteponen obstáculos en su camino. Esta tarea no le consume demasiado tiempo ni le exige mayores esfuerzos, pues ya se ha estrenado como “madrina” de la Policía Judicial Federal –su escuela del crimen– y junto a ellos se siente protegido. Como un biólogo del organismo temporal, Osiel desarrolla la capacidad de contemplar su propia época no exenta de tropiezos y caídas. Estos son los cimientos de su aprendizaje, pero él lo ignora, por eso con frecuencia culpa a los demás de sus constantes caídas.

Una de sus más duras experiencias la enfrenta cuando se da cuenta de que la protección policiaca que él cree tener es ficticia. Es aún narcomenudista, rango inferior en la elevada escalinata del crimen organizado. La policía sirve al mejor postor y, por ahora, Osiel está lejos de serlo. Aquella protección que lo hacía sentirse impune no era tan segura, como él mismo lo comprobará tiempo después. Osiel entiende –o así lo parece– que no hay policías confiables; se da cuenta de la fragilidad de su protección debido a que sólo por un breve periodo pudo evadir a las autoridades que ya tienen en su poder amplias referencias de sus andanzas. Aquella seguridad fantástica en la que Osiel vive se rompe el 16 de febrero de 1989. Ese día es capturado [dar detalles de esa detención].

Es el primer golpe que recibe. Tiene sólo 21 años de edad. Intenta sobornar a la policía con dinero; promete droga a los agentes, les insiste en que él puede darles información sobre el modus operandi de los mafiosos. Todo en vano. Así, por primera vez en su vida Osiel enfrenta su primer juicio por homicidio, abuso de autoridad y daños en propiedad ajena. La acusación se integra en Matamoros, ciudad donde se cometieron los delitos que se le imputan; ciudad donde están enterradas las raíces de su origen. Así es fichado con la causa penal 350/900.

         Quizá por ser primerizo ante la justicia o bien porque su buena estrella comenzaba a refulgir, Osiel permaneció en prisión menos de 24 horas. Su red protectora comenzó a funcionar. Mediante el pago de una fianza, y una cantidad adicional acordada en secreto con las autoridades, él recobra su libertad, aunque no por mucho tiempo. Once meses después la historia se repite y otra sacudida le acomete el 7 de marzo de 1990. El joven distribuidor de drogas vuelve a pisar la prisión, esta vez también en forma fugaz. Fue acusado de lesiones y amenazas. Más tardaron las autoridades en integrar las acusaciones que él en abandonar la cárcel, y así vuelve a mostrarse hábil en el arte de las añagazas legales.

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