STAFF SOL QUINTANA ROO

Ciudad de México.- Terremotos de alto poder destructivo provocaron la tragedia del siglo XX en la ciudad de México, y en diciembre de ese año inolvidable 1985, se perpetró un robo en el Museo Nacional de Antropología e Historia, con la intención de obtener mil millones de dólares por las piezas prehispánicas sustraídas.

Se consideró que la tierra se había movido como nunca antes, edificios nuevos se desplomaron, cuevas habitadas resistieron perfectamente, modernas construcciones se derrumbaron y los inmuebles coloniales resintieron sólo agrietamientos reparables.

Se creyó que muchos influyentes llenaron sus arcas con lo que el mundo regaló a los damnificados, se construyeron miles de casas de interés social, se traficó con muchas entregándolas a falsos afectados, decenas de individuos aprovecharon la confusión para enlistar a parientes cercanos cuyas viviendas no habían sufrido daño alguno.

Como siempre las autoridades “jugaron” con cifras dramáticas, algunos citaron 50,000 muertos, otros “no menos de 20,000” difuntos y la clásica estupidez en catástrofes: “hay miles de desaparecidos”…

Mientras tanto, una banda de vivales comenzó a planear un atraco que les reportaría según ellos, “no menos de mil millones de dólares”…

Y decidieron llevarlo a cabo en circunstancias que se prestaran para el robo: la llamada Nochebuena y el amanecer de Navidad…

En septiembre y octubre, la Secretaría de la Defensa Nacional y la entonces Procuraduría de Justicia del Distrito Federal, establecieron cifras definitivas: 4,541 familias enlutadas por la tragedia del siglo: un terremoto el día 19 de septiembre y otro poco más de 24 horas después…

¿Cómo se llegó a tal conclusión, que apenas varió con el fallecimiento posterior de algunos lesionados?

A medida que se iban rescatando cadáveres, se les fotografiaba y computarizaba mediante el aporte oficial de actas de nacimiento, cartillas militares, documentos escolares, testimonios personales. Un ejército civil apoyó el recuento y reconoció que unas 400 personas se fueron a las fosas comunes, al no llegar la pronta identificación.

Y el plan del considerado increíble robo del siglo seguía adelante: era necesario un vehículo pequeño, digamos “insignificante”, que no despertara la curiosidad entre los vigilantes del Museo Nacional de Antropología e Historia.

Se sabía perfectamente que de los cien guardianes del MNHI sólo quedaban 10, los demás fueron dados de baja por cuestiones económicas. Y que las enormes instalaciones, obviamente no eran bien vigiladas.

Dos de los integrantes de la banda, como a veces sucede, eran dos empleados que conocían el movimiento nocturno.

Mientras tanto, ante el deseo de mucha gente de “salir en la televisión”, muchos exhibicionistas se permitían dar órdenes concluyentes para impedir que los peones rescataran personas, porque supuestamente se provocarían movimientos en las ruinas y los derrumbes resultarían mortales.

Esto fue mentira porque nunca hubo tragedias por derrumbes provocados por rescatistas y tal vez no llegó auxilio oportuno para decenas de atrapados, por culpa de quienes daban órdenes absurdas a diestra y siniestra, mientras las cámaras de televisión los enfocaban.

En los edificios colapsados hubo un denominador común: la pésima construcción, la utilización de varilla delgada, los “colados” mal hechos en columnas y losas. Eso fue criminal. Incluso había instalaciones de gas con tubería para agua dulce. En algunos edificios las trabes estaban al revés, de manera que la carga se soportaba en la parte más débil. En otros inmuebles había un enjambre de varillas gruesas en parte de las columnas y unas cuantas varillas entre otras áreas.

Extrañamente, gran número de objetos donados por diferentes países, incluídas cientos de tiendas de campaña, aparecieron a la venta en grandes almacenes. Unas ambulancias con equipo especializado para cirugía en sitio fueron arrebatadas en pleno Aeropuerto de la ciudad de México, por las fuerzas armadas, cuando que estaban destinadas a la Cruz Roja Mexicana.

La rapiña de alto nivel era tan notable que el gran cantante Plácido Domingo, condecorado por su notable actuación durante la tragedia de 1985 dijo: “Jamás entregaré dinero a las autoridades mexicanas para los damnificados, porque la ayuda jamás les llegaría, prefiero hacer la entrega personalmente”.

ROBO AL MUSEO

Los más altos niveles políticos e intelectuales de la nación fueron sacudidos por la noticia del saqueo extraordinario al Museo Nacional de Antropología e Historia, (en el bosque de Chapultepec), donde varios ladrones se “enjaularon” entre Nochebuena y Navidad del año 1985, trágico por los impresionantes y mortales sismos de Septiembre 19 y 20…

Los delincuentes se llevaron parte de lo más valioso en joyas de origen prehispánico que estaban a la vista directa de todos los mexicanos.

(Como una especie de aviso de lo que sucedería en diciembre de 1985 en el Museo, se tomó el hecho de que en el Palacio Cantón, Paseo de Montejo, en la ciudad de Mérida, Yucatán, fue robado un valioso collar maya, cuyo hurto no había sido aclarado aún).

En la inauguración del MNAH en 1963, se había dicho que era 50 años más moderno que los mejores de Estados Unidos y 100 que los de Europa, pero nadie podía saber que en 1982, por la crisis económica, sería suspendido el sistema de alarma y reajustado el personal que durante muchos años cuidó fielmente el tesoro cultural que la sociedad le había encomendado.

En 1985 pues, la época navideña resultó un tanto amarga y la decena de distraídos custodios del tesoro arqueológico, cuyo valor en subasta, se decía, “podía cubrir la deuda externa de México”, cerraron a las 6 de la tarde el Museo Nacional de Antropología e Historia, lamentando aquella guardia que los alejaba de su familia en pleno día 24 de diciembre.

Obviamente, varios policías llevaron su “botellita” y no hicieron cada dos horas los rondines que establecía el reglamento respectivo.

Así, con toda calma, en pleno inicio de la Navidad, siete vitrinas de las salas Maya, Mexica y Monte Albán, fueron desmanteladas y cayeron en poder de los intrusos las piezas más importantes en exhibición.

Obras únicas del arte universal, 140 reliquias quedaron a disposición de quienes no tuvieron que violentar cerraduras, no rompieron cristales ni se preocuparon por borrar las huellas dactilares que imprimieron en los limpísimos y enormes cristales.

El hurto fue descubierto, como se ha informado, a las 8 de la mañana del día 25 de diciembre de 1985, pero se denunció 8 horas después en la Procuraduría General de la República.

El mito de 22 años de seguridad había terminado. Los diez policías bancarios, quienes tuvieron 8 horas para que se les “bajara” la huella de alcoholismo, fueron detenidos para investigación y posteriormente cesados.

Inmediatamente surgieron como hongos en la humedad las hipótesis de periodistas y columnistas de diferentes medios de comunicación. Todavía no se les denominaba “líneas de investigación” ni a los expedientes se les calificaba como “carpetas”, pero se decía que por lo menos ”había actuado un equipo de 9 individuos, 6 para abrir las vitrinas, 1 para seleccionar las piezas, 2 para vigilar y empacar”…y que obviamente “se trabajó por pedido especial” y eran personas estrechamente vinculadas al medio arqueológico”.

Gran número de agentes federales fue designado para aclarar el robo y para cubrirse un poco, inmediatamente dijo que “había diez horas de desventaja, porque el asunto fue denunciado tarde”, nunca comentó que el 25 de diciembre es día de asueto en México y nada hubiera ganado el MNAH en denunciar temprano el cuantioso hurto, excepto que trató de que no se mencionara el alcoholismo irresponsable de los diez supuestos guardianes que posteriormente fueron despedidos.

Un grupo de amigos del Museo de Antropología ofreció 50 millones de pesos viejos como recompensa a quien proporcionara datos sobre el paradero del Mono de Obsidiana, la máscara zapoteca del Dios Murciélago, la máscara de Pacal, y gran número de anillos, collares, bezotes, pendientes, orejeras, cuentas, escudos, narigueras, cascabeles, sartales, discos, tubos y figurillas de oro puro, así como mosaicos de turquesas y piezas de jade, robados limpia y tranquilamente del MNAH.

Se dijo como siempre para abultar la información, que las líneas aéreas, las ferroviarias y todas las carreteras fueron “vigiladas día y noche” para intentar la intercepción del valioso botín, y en medio de supuesta indignación, se llegó a decir que “el general Arturo Durazo Moreno era el autor intelectual del robo”.

Luego se pasó a la resignación, porque después de todo se indicaba, “las piezas no podían venderse a ningún museo, dada su celebridad mundial”.

Poco antes de ser despedidos los diez únicos guardianes del Museo, confesaron que aquella Nochebuena comenzaron a platicar sobre las 33 personas que se suicidaron en 1985 durante los nueve días de “Posadas”, que mucha gente se deprimía en la temporada navideña y que la alegría reinante, la situación económica, sentimental y principalmente la problemática estudiantil, eran factores determinantes que orillaban a las personas a tomar la fatal decisión. También comentaron los policías sobre la falta de comunicación entre padres e hijos, la autoridad y prepotencia de muchos progenitores y el temor de descendientes de enfrentarse con ellos. Y como si el tema no fuera triste, los custodios fallidos se refirieron, ya al calor de los

brindis, a las entonces recientes tragedias por los sismos de Septiembre 19 y 20 de 1985.

Se dice que casualmente uno de los policías de mayor edad, comenzó a relatar que su padre le había dicho que en 1938, el joven desempleado Manuel Castillo Ramírez se desesperó por sus carencias y al acudir al Museo Nacional, ubicado en las cercanías de Palacio Nacional, calle de Moneda, concibió un plan para “salir de problemas”.

En artísticas vitrinas de cristal y maderas finas, estaban las joyas que acostumbraba lucir la Emperatriz Carlota Amalia, pero los guardianes parecían expertos y vigilaban muy bien el área.

Manuel Castillo Ramírez volvió al sitio durante varios días y en diferentes horarios, hasta comprobar que de día, resultaba imposible el robo, todo intento suponía altas probabilidades de fracaso.

De manera que se ocultó en un compartimiento de madera, donde casi se ahogó por falta de oxígeno y durante la noche salió para abrir la vitrina y apoderarse de las alhajas imperiales.

Como en 1938 —año de la expropiación petrolera— no se dominaba el registro de huellas dactilares, Manuel dejó muchas pero su error no resultó perjudicial para él. Obviamente, al descubrirse el robo estalló un escándalo con varias horas de retraso, (las autoridades siempre titubean para hacer la denuncia, en especial de asaltos bancarios, donde finalmente resulta que los hampones se llevaron más dinero…que nunca se recupera), y en junio de 1942 fue detenido Manuel Castillo y recuperadas las joyas de la esposa de Maximiliano de Habsburgo. En las semanas siguientes hubo críticas contra la vigilancia y, en 1943, los ladrones volvieron a “visitar” el Museo Nacional y esa vez se llevaron documentos históricos que iba a comprar una bibliotecaria norteamericana.

Los papeles no fueron maltratados y se recuperaron pronto.

El siguiente robo sonado en el Museo Nacional, se dió aquella Nochebuena en las lujosas instalaciones de Chapultepec, fue realizado con una sencillez sorprendente: dos empleados de cine esperaron que una sala estuviera sola, y a la hora del cambio de guardias, uno de los malhechores se quedó cerca para advertir si había riesgo, mientras el otro se llevaba el Coyote Emplumado, oculto en una bolsa de yute.

El robo fue en febrero y en noviembre fue recuperado el Coyote Emplumado en San Antonio, Texas. La pieza valía doscientos millones de pesos viejos. Un doctor chino, William Lam Chu, había pagado once mil pesos por el hurto. Y dijo que la escultura, que data del año 1450, aproximadamente, “tiene el cuerpo cubierto de pelo en forma de mechones, los que erróneamente se interpretaron como plumas, cuando que en realidad representan lenguas de fuego”.

(A principios de la década de los 70´s, fue hurtada la escultura conocida como El Señor de las Limas, encontrada por niños en una ranchería veracruzana. El robo fue perpetrado en el Museo de Jalapa. Era ofrecida en dos millones de dólares. Los ladrones se asustaron y abandonaron la pieza en un hotel norteamericano, pronto fue devuelta a México).

El 9 de Junio de 1989, 42 meses después del “robo del siglo”, la PGR rescató la mayoría de las piezas arqueológicas sustraídas durante la Nochebuena y parte del día de Navidad en 1985.

El supuesto equipo de “nueve profesionales como mínimo”, del que hablaron los periodistas sabihondos que nunca faltan, no existió nunca, fueron dos jóvenes los que entraron al Museo, abrieron vitrinas, seleccionaron los lotes de joyas y salieron como al principio, sin hacer ruido y no se llevaron el botín

en helicóptero, jet particular o avión de pasajeros…sino en un auto compacto y viejo.

Las autoridades se apresuraron a declarar que ninguno de los arrestados alcanzaba libertad bajo fianza, porque entre las acusaciones que afrontaban se contaban los delitos de daño a monumentos artísticos y arqueológicos, así como ilícitos contra la salud.

Uno de los dos jóvenes que penetraron al Museo Nacional de Antropología e Historia, se encontraba prófugo aún y llevaba consigo algunas piezas precortesianas.

La Policía Judicial Federal acusó por encubrimiento y delitos contra la salud, a la vedette conocida como “La Princesa Yamal”, Isabel Camila Maceiro.

Carlos Perches Treviño fue señalado como el principal ejecutor del gran robo de Navidad de 1985 y se le acusó también por posesión, suministro, venta y compra de cocaína. Su hermano, Luis, tendría que responder por delitos contra la salud y encubrimiento.

Gari Nathan Shafee Clevenger por lo mismo que Luis Perches Treviño; Juan Castillo Carriles y Hugo Ricardo Pérez Radilla—exempleados del Museo—por encubrimiento y la argentina Cristina Gloria González sería deportada por estancia ilegal en México.

La PGR enfatizó que las 140 piezas arqueológicas iban a ser vendidas, en mil millones de dólares, a traficantes de drogas en Guerrero y Michoacán.

Según las declaraciones de Carlos Perches Treviño, él y Ramón Sardina García (24 y 26 años de edad, respectivamente) visitaron el MNAH no menos de 50 ocasiones y obtuvieron información precisa sobre piezas auténticas y sus copias sin gran valor.

En la Nochebuena saltaron la barda sur del Museo y pudieron comprobar que los guardianes celebraban, sin realizar los acostumbrados rondines, así que la pareja comenzó a “trabajar” sin descanso, apoderándose del Mono de Obsidiana, valuado en diez mil millones de pesos viejos, un pectoral de oro y turquesas, que valía 500 millones de pesos viejos, la máscara de Pacal, etcétera.

Los vigilantes tomaban alcohol y se deseaban Feliz Navidad, cuando los dos muchachos abandonaron el MNAH. Las 140 piezas fueron trasladadas a Colorines 60, Colonia Jardines de San Mateo…mientras estallaba un escándalo mediático en el que se mencionaba la posibilidad de que el tesoro “estuviera ya en las vitrinas de potentados extranjeros, ante quienes habría sido llevado en avión particular, dada la ventaja en tiempo que tenían los autores del robo del siglo”.

El costal con las joyas estuvo oculto muchos meses en Colorines 60, en un closet casi abandonado, luego Carlos viajó al Estado de Guerrero e hizo amistad con José Serrano, amigo de la vedette La Princesa Yamal. En un restaurante, propiedad de la artista, acordaron los individuos “dar tiempo al tiempo” para que amainara el alboroto por el gran hurto al Museo de Antropología.

Otro narco, Salvador Gutiérrez, “El Cabo”, fue propuesto como intermediario para obtener mil millones de dólares por algo que “valía una o dos veces la deuda externa de México”.

“El Cabo” recibió dos piezas prehispánicas como prueba y a su vez entregó cocaína para revenderla, mientras se formalizaba el negocio de los mil millones de dólares.

Las autoridades federales poco a poco iban reuniendo indicios y Carlos Perches se puso nervioso, alquiló una casa en Cerrada Manuel Pastrana 6, Circuito Diplomáticos, Ciudad Satélite) y durante algunas madrugadas movilizó las piezas arqueológicas para ocultarlas allá, mientras los vecinos se inquietaban por las acciones nocturnas.

Diecinueve joyas prehispánicas fueron recuperadas en el domicilio de la señorita María Antonieta Ponce Mercado, donde las depositó Ramón Sardina García, quien declaró que las dio a guardar como si se tratase de “herramientas”.

Sorprendió a todo mundo el saber que sólo dos jóvenes saltaron la barda sur del Museo y se escondieron en los sótanos del edificio y esperaron el momento oportuno para trasladarse, por los ductos del aire acondicionado, a las salas donde permanecieron más de tres horas, seleccionando las piezas de mayor valor monetario, histórico, arqueológico y cultural.

Entre las piezas recuperadas destacaba el Mono de Obsidiana (encontrado en Texcoco), considerado Dios del Baile, el Juego, las Flores y el Amor. Fue pacientemente tallado en una sola pieza. También es muy valiosa la máscara original de Pacal, localizada en la tumba de Palenque, el pectoral de Yahuitlán, un mosaico de turquesa, pizarra y pirita sobre disco de madera tratada con jugo de nopal, para que resistiera el embate del tiempo.

José Serrano, amigo personal de la Princesa Yamal (argentina, nacionalizada mexicana, había llegado 14 años antes del robo) fue victimado a tiros en Michoacán.

Era socio de “El Cabo” en una compañía constructora denominada “Construmac”, la cual poseía un tráiler con plataforma que transportaba motoconformadoras con compartimentos especiales, en la que se hacían viajes a Tamaulipas con 500 kilogramos de mariguana en cada máquina.

“El Cabo” fue arrestado a principios de 1989 y el proyecto de los mil millones de dólares se vino abajo, la Policía Judicial indicó que fue tan cuantioso el robo cometido por dos muchachos, que tal vez ellos nunca se dieron cuenta que los narcotraficantes no cumplirían ningún trato, una vez que se entregaran los millones de dólares que se pedían por el botín.

Cabe mencionar que los diez policías arrestados por su negligencia no tenían la menor idea de lo que custodiaban, pues al referirse al Mono de Obsidiana (posiblemente la pieza de mayor valor comercial por su increíble manufactura) lo calificaban despectivamente como “el changuito ese”…

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