Reportaje Especial (Onceava parte) 

STAFF SOL QUINTANA ROO /SOL YUCATÁN /LA OPINIÓN DE MÉXICO

 

#RicardoRavelo

 

Como ocurre con todo lo que le rodea –amigos, dinero, mujeres, vino, placeres– Osiel abusa de su buena suerte. Como un elástico, estira la cuerda de su vida hasta la máxima tensión. Pero el destino no le concede otra oportunidad. Por el contrario, le golpea con un giro drástico porque el rebelde muchacho quiere ir a contracorriente y detener la marcha inexorable del reloj del universo. Tiene ya 25 años cuando, el 27 de agosto de 1992, las circunstancias tejen una trampa a su alrededor y él mismo contribuye a fincar su propia desgracia.

 

El esperado cargamento de cocaína que tanto anhela y busca para introducirlo a Estados Unidos se lo brinda un amigo traficante. Osiel se frota las manos por el pingüe negocio que tiene en puerta. Su mente acelera la propela de la imaginación y siente que por fin se ha realizado el sueño de . Esta es la oportunidad de su vida, al menos así lo cree. Con el pago que reciba piensa comenzar una nueva vida.

 

Sin concretar aún el negocio, se traza un futuro de príncipe, se ve ataviado con trajes finos –dejando a su paso una estela con olor a fragancias exquisitas–, rodeado de amigos y de mujeres bellas, una de sus debilidades. Todo ello hace que Osiel muestre una actitud extravagante y angulosa. La burbuja fantástica, sin embargo, terminará por romperse.

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Y, en efecto, una nueva vida sale a su encuentro, no precisamente como él lo soñaba. Cuando ya tiene todo preparado para el cruce de la droga, pide a sus cómplices, los policías, que lo protejan. Así lo hacen, incluso lo acompañan hasta la garita de Matamoros. En reciprocidad, Osiel promete entregarles parte del botín tan pronto termine con su difícil misión. Sin embargo, Osiel está nervioso. Otea el entorno, mide riesgos y ventajas, en tanto que un grupo de policías municipales lo vigila con gesto redomado.

 

Debe entregar en las manos de unos narcos estadunidenses dos kilos de cocaína. La cita es en una tienda de Brownsville, Texas, donde ya lo esperan, inquietos. Tras cruzar la frontera, todo dependerá de su suerte, que se le esconde en esta ocasión. Osiel se siente acicateado por la responsabilidad que lleva a cuestas; en medio de las tensiones, aflora su veleidad y todos sus cálculos fallan. El negocio zozobra. Momentos antes de llegar al sitio acordado es aprehendido por varios agentes fornidos y de mala catadura. Lo acusan de delitos contra la salud, según el proceso B-92-00214-01. El osado veinteañero es internado en el Instituto Correccional de Greatplants.

 

Las circunstancias no le favorecen y termina atrapado en la red que él mismo tejió. Una vez más la vida impide a Osiel vivir el principado con el que sueña desde hace. Por el momento tiene que resignarse a vivir en una cárcel cuyas paredes oprimen su alma y su cuerpo. El tiempo se encargará de domeñar a este espíritu tozudo y rebelde. Pasan los meses y la prisión empieza a asfixiarlo. Su mente se ensombrece con ominosos presagios. Se siente desesperado, no hay nada que pueda hacer. Transcurren así doce meses de pesadilla, sin paz interior, sin sosiego. Nada parece consolarlo. Su coraza es demasiado dura para dejarse acariciar por la esperanza, la que ve perdida por estar confinado en una prisión.

 

El delito cometido es grave y la justicia estadunidense se muestra inflexible; implacable por momentos. Aquí no hay forma de corromperla, de doblarla con “cañonazos” de dólares. Día y noche es vigilado por sus centinelas. El tiempo transcurre lentamente, y Osiel está tan atribulado que por momentos siente que el tiempo se detiene. El juez que lo juzga finalmente dicta su veredicto: cinco años de prisión. El dictamen cae como una pesada loza, Osiel se doblega.

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Como una película que nunca termina, desfilan por su mente afiebrada las imágenes de sus padres, de su esposa y las del ser que más quiere: su hija Celia Marlén. Por primera vez, y esto sólo ocurre en los momentos más trágicos de la vida de un ser humano, Osiel valora a sus familiares, sobre todo, a los más entrañables.

Ahora vive de recuerdos porque no puede oírlos ni verlos. Por momentos piensa en la muerte; el fantasma de la locura, atraído por el prolongado encierro, asoma su rostro demoniaco. Un esfuerzo de concentración lo devuelve a la realidad cuando cree que cae a un abismo o bien cuando una fuerza superior a él sorpresivamente lo precipita al vacío. Estos momentos de angustia son los más terribles que Osiel enfrenta en la prisión, donde su espíritu no encuentra sitio para el remanso.

 

Durante sus ratos de soledad, mata las horas pensando a quien recurrir para pedirle ayuda. Los recuerdos y las imágenes de amigos suyos, con quienes vivió largas y múltiples correrías, pasan en tropel por su mente. En la cinta de los tiempos idos no falta su tío y padre adoptivo, Enrique Cárdenas Gracia; tampoco Manuela Guillén, su madre. Pasan por su mente los encuentros gratos con sus hermanos mayores Rafael, Mario, Lilia, Ezequiel y Homero Cárdenas Guillén.

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Osiel siente aflicción y la tristeza con frecuencia se convierte en llanto. Pero apenas transcurre un año de prisión, Osiel se va adaptando a su nueva vida de reo sin paralizarse. De lo más recóndit o de su mente atribulada surge la idea, un tanto borrosa, de que algo debe hacer. Moverse y actuar: piensa que eso es mejor que no hacer nada. Y entonces trata de hacer buenas migas con sus custodios. Tan pronto siente la confianza necesaria, les pide, con gesto humilde, un favor: que le faciliten papel y lápiz para escribir algunas cartas y enviarlas a Matamoros. Desea saber como están sus familiares.

 

La petición es aceptada y le obsequian un legajo de hojas y lápices con punta. En los momentos en que su soledad es más aplastante, aligera la carga escribiéndoles cartas a su esposa y a su hija. En ellas les pregunta con insistencia cómo están, les pide que le respondan pues con ello busca apaciguar su agitado interior. Al mismo tiempo, garabatea peticiones recurrentes: solicita a las autoridades estadunidenses que cuando haya oportunidad de ser trasladado a México se le tome en cuenta, les argumenta que se siente solo, que está lejos de su familia, que la necesita, que ella es como un alimento que le da esperanza para seguir viviendo.

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Cada vez que entrega sus peticiones a las autoridades, Osiel eleva una plegaria, una súplica ferviente a las alturas. Lo hace con tanta vehemencia que su petición es escuchada. Su humildad, pasajera e interesada, obtiene una recompensa en ese aciago momento. El eco de las súplicas rebota en su beneficio. La suerte regresa a su vida en los momentos más angustiantes y de mayor abandono. No recobra su libertad, porque el delito cometido es considerado grave, pero es incluido en una lista de reos que serán intercambiados por presidiarios estadunidenses que purgan sus condenas en prisiones mexicanas.

 

Un acuerdo entre los gobiernos de México y Estados Unidos prácticamente lanza a la calle a Osiel Cárdenas. Al conocer la noticia, el presidiario Osiel siente que las rejas de la prisión desaparecen. No da crédito a lo que escucha. Regresar a México significa volver a ser libre. Y así ocurre. El 2 de enero de 1994 es trasladado a Matamoros e ingresa al penal de Santa Adelaida. Tan pronto cruza el umbral de la cárcel, salen a su encuentro rostros conocidos. Entre palmoteos, risas y voces estridentes, señal inequívoca de bienvenida, brotan las señales de las complicidades que lo unen con algunos de los internos; son sus pares, piezas que embonan a la perfección.

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No transcurren ni un mes y Osiel se olvida de la tristeza que lo embargó, desaparece la humildad mostrada en la cárcel de Estados Unidos. La experiencia no se fija en su memoria y aparentemente no lo perturba el pasado, pues se erige como en tronco de un nuevo ramaje de narcomenudistas que empezarán a operar al amparo de la impunidad carcelaria. Como jefe y líder de una nueva banda, ejerce fuerte dominio en la cárcel; se hace amigo del director del penal, conoce a Liliana Dávila, su primer amante, y traba amistad con Rolando Gómez Garza, quien llega a ser uno de sus más entrañables amigos, el único que lo hace reír a carcajadas por su jocosa forma de ser y a quien tiempo después, en un acto de traición, terminará asesinando.

 

Aquella amistad entrañable con Rolando termina en tragedia por un triángulo amoroso. Osiel se enamora de Hilda Flores González, conocida en el cártel del Golfo como La güera. Como Rolando se entera que su esposa tiene amoríos con Osiel, un día monta en cólera y golpea a la mujer. Ella se queja con Osiel entre gritos y sollozos. Le dice que Rolando se ha enterado de su relación clandestina. Osiel calla y tan pronto recibe un nuevo gimoteo de la amante pierde la paciencia y ordena que ejecutan a su amigo. Pero no se conforma con cegarlo de la vida, quiere verlo muerto y por ello pide a sus sicarios que le envíen la fotografía del cadáver por fax. Cuando la imagen está saliendo impresa por el aparato de comunicación, Osiel está cómodamente sentado en un sofá de su casa de Tomatlán, Jalisco, residencia que a menudo utiliza como refugio. Le entregan la foto. La observa fíjamente y le dice a Paquito, su mozo: “Ahora sí, Paquito, La Güera será sólo mía”. Y tras pronunciar estas palabras en voz alta, sus delgados labios se estiran en una sonrisa perversa que no puede contener. Así, Osiel Cárdenas logra mantener el amor de una de las mujeres que más cerca estuvo de él antes y durante su etapa como jefe del cártel del Golfo.

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Dentro de la prisión, Osiel regresa a sus andanzas, como atraído por un poderoso imán. Rodeado de amigos y cómplices, se siente en libertad. Organiza fiestas con prostitutas y corrompe a todos los custodios, a quienes pone a su servicio. Protegido por las autoridades penitenciarias, convierte el reclusorio en un gran centro distribuidor de drogas. Su principal operador para introducir cocaína y mariguana es Mario, su segundo hermano mayor, quien lleva varios años conectado con el negocio.

 

A pesar de su reclusión, Osiel se aproxima a su sueño y vive como un príncipe, pues dispone de atenciones, mujeres, droga, dinero y protección oficial. Ejerce el poder que deseó tener en aquella hacinada cárcel en la que no puede atajar las flechas lanzadas por Cupido. Dentro ese mundo carcelario, donde son frecuentes las riñas, las pugnas de poder, las traiciones y venganzas, Osiel conoce a otra mujer con la que se relaciona sentimentalmente. Su nombre: Liliana Dávila. Ella ingresó a la prisión acusada de un fraude que cometió cuando fungía como jefa de las cajeras de un banco. El romance dura largo tiempo. Comienza en la prisión y se prolonga hasta que Osiel, con la ayuda de un abogado de apellido Gamboa, recobra su libertad pagando una fianza. El futuro capo vuelve a transitar, como sombra sin reposo, por las calles de Matamoros el 12 de abril de 1995, un año y cuatro meses después de haber sido trasladado de Estados Unidos. Mediante un cúmulo de artificios legales, Gamboa –quien es funcionario del penal y a la sazón funge como defensor de Osiel– realiza maniobras para liberar a su cliente y amigo. Meses después, hace lo mismo con Liliana, y el romance entre ella y Osiel continúa largo tiempo, hasta que él conoce a otra bella dama y se ve forzado a sustituir a la anterior. De quien ya no puede desprenderse es de Hilda Flores, La Güera, con quien se engancha en una relación codependiente y enfermiza. Tanto sufre Osiel por esta mujer que cuando se ausenta varios días por diferencias y discusiones, llora y se deprime tanto, que rompe en llanto como un niño cuando lo abandona su madre.

 

En plena libertad, Osiel ya no puede retomar una vida equilibrada ni desea corregir sus fallas ni poner orden en su entorno para incorporarse a la sociedad como hombre de bien. No, ya no puede. El narco es su asidero, por eso el llamado a la delincuencia organizada es más fuerte que su resistencia y decide refugiarse por un tiempo en Miguel Alemán, un pequeño pueblo cercano al río Bravo, donde es acogido por viejos conocidos suyos, todos ellos agentes y comandantes de la PJF. Comienza a trabajar para ellos como “madrina”.

 

La familia –su esposa Celia Salinas y su hija Marlén –permanecen en Matamoros, haciendo una vida normal: la niña va a la escuela y la madre se desenvuelve en un ambiente social clasemediero, simulando un bajo perfil. Luego la opulencia rompe con la camisa de fuerza que le es impuesta y su rostro será inocultable.

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Eventualmente, Osiel pasa algunas horas del día en su taller, pero éste negocio prácticamente ya no presta ningún servicio al público. Sólo es un membrete porque en realidad está convertido en una rentable “tiendida” donde los adictos pueden comprar cocaína. Osiel no descansa y dedica la mayor parte de su tiempo a detener a personas que pretenden cruzar cargamentos de droga hacia Estados Unidos y, sin proponérselo como proyecto, poco a poco va limpiando la plaza de la que más tarde será amo y señor.

 

Durante un par de años, por lo menos, Osiel obtiene ganancias millonarias deteniendo a traficantes de droga que pretenden lograr un cruce exitoso por Miguel Alemán, una vía rápida y segura, que se convierte en una franja socorrida por los cárteles. En esa demarcación, donde todo huele a droga y a delito, a venganza y a crueldad, Osiel se solaza arrebatando cuantiosos cargamentos de cocaína que luego revende entre narcotraficantes y amigos suyos.

 

Así salta Osiel a la fama en Miguel Alemán. Con la velocidad de un rayo empieza a destacar, por su eficacia, como “madrina” y policía. Como consecuencia de sus certeros golpes, en poco tiempo gana amigos y enemigos. Estos últimos se multiplican y planean, sin éxito, asesinarlo. Osiel se entera y por esa razón no puede vivir en un lugar fijo. Renta una casa temporalmente y tan pronto como puede la abandona y se hospeda en hoteles de paso. No puede dormir porque los puntillosos aguijones de sus nervios lo atenazan. En cada sitio que habita, aunque sea por una sola noche, siente la fría presencia de la muerte. Corre con suerte en medio de un territorio peligroso donde no hay autoridades ni éstas procuran justicia, pues en el poblado fronterizo sólo impera la ley de las armas.

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Aquel sórdido mundo policiaco en el que se sumerge, le abre las puertas para relacionarse con el jefe mayor de Miguel Alemán: Gilberto García Mena, El June. Poderoso y bien relacionado con las autoridades, el capo afincado en Miguel Alemán ya es dueño de una infraestructura envidiable: dispone de personal a su servicio y medios de transporte, lo que refleja, ante los ojos de Osiel, el fuerte dominio que ejerce en una de las plazas más codiciadas por distintos personajes del narco, quienes no pueden pisar el territorio sin permiso del dueño.

 

Varios capos habían intentado antes invadir ese territorio. Amado Carrillo, El Señor de los Cielos, se frotó las manos en varias ocasiones por tener esa plaza bajo su control; los hermanos Arellano Félix, entonces jefes de un moderno y violento cártel –Tijuana– también quisieron penetrarlo; no pudieron. El cártel del Pacífico se quedó en el intento, pues no superó la crisis luego de la caída de Miguel Ángel Félix Gallardo. Héctor Palma Salazar, El Güero, prefirió realizar sus cruces por Sonora y Mexicali, y le dio la espalda al Golfo de México.

 

El June fue un sobreviviente del equipo de Juan García Ábrego. Desde Miguel Alemán, donde imponía respeto, dominaba el tráfico de mariguana a gran escala. En la población se le respetaba, tenía aceptación social y ayudaba a la gente pobre. Por esa razón, cuando José Luis Santiago Vasconcelos, entonces titular de la Unidad Especializada en Delincuencia Organizada (UEDO) ordenaba operativos en esa comunidad tamaulipeca, la gente guardaba silencio cuando se les preguntaba por el personaje buscado. “No nos daban ni agua”, decía el extinto Santiago Vasconcelos, muerto en un sospechoso “avionazo” el 4 de noviembre de 2008. Los policías cateaban las casas donde, según testigos, se escondía El June; colocaban retenes para aprehenderlo, pero no lo podían detener. El habilidoso narcotraficante pasaba largas semanas en un espacio secreto diseñado especialmente para refugiarse, tenía las provisiones necesarias para sobrevivir y hasta disponía de una línea telefónica cuyo cable oculto cruzaba por varios aposentos.

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Los golpes asestados por Osiel llamaron la atención de García Mena y quiso conocerlo. Cuando estuvieron frente a frente se cayeron bien. Se saludaron con un fuerte apretón de manos y así surgió la camaradería. El June invita a Osiel a trabajar para él y éste acepta, sin rodeos. Ambos se necesitaban; Osiel le limpió la plaza de enemigos, arrebató cuantiosos cargamentos de cocaína y se los entregaba a su amigo y jefe, quien sabía gratificar esos favores. Parte del dinero que recibía, Osiel lo repartía entre sus amigos, los agentes federales y municipales, su séquito protector.

 

La relación entre Osiel Cárdenas Guillén y Gilberto García Mena se hizo más estrecha con el paso del tiempo. Osiel, quien parece pisar en terreno resbaladizo frente a la presencia de una mujer, se enamora de Aidé García García, sobrina de El June, y a la que en el pueblo llaman La Cuata, pues tiene una hermana gemela. García Mena no se molesta por esa relación; por el contrario, se convierte en el principal impulsor de Osiel Cárdenas, a grado tal que le concede independencia para operar y traficar con drogas.

 

En la Policía –fiel guardián del narco– los hilos están bien amarrados. Osiel tiene la relación con todos los comandantes y, además, se traba una relación sentimental con una secretaria que le informa sobre los movimientos realizados en la oficina central. Todos los días coteja la información que le aportan los altos mandos de la Policía Judicial con su novia y espía, quien al mismo tiempo son los ojos y oídos de Osiel dentro de la corporación.

 

A fines de 1996 y principios de 1997, a punto de cumplir los 30 años de edad, Osiel abandona el poblado de Miguel Alemán. Emprende su propio negocio como narcotraficante y quiere volar alto. Organiza un grupo con el respaldo de algunos policías de Matamoros. Su red de contactos se amplía y Chiapas, principalmente la frontera con Guatemala, se convierte en la más importante zona de abastecimiento. Ahí compra la droga y la lleva a Tamaulipas para cruzarla hacia Estados Unidos.

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Pero Osiel Cárdenas, quien muestra arrojo, aún no puede dominar el territorio. La plaza, asiento del cártel del Golfo, está aún en disputa. Un año antes fue derrumbado García Ábrego y no hay autoridad ni capo que imponga las nuevas reglas del juego en el campo del narcotráfico. Lo natural en este momento crucial para la organización es que Humberto García Ábrego, hermano del capo, tome el control –como lo hizo en 1997 Vicente Carrillo Fuentes tras la muerte “oficial” de Amado Carrillo, El Señor de los Cielos–. Pero Humberto está preso por lavado de dinero y delincuencia organizada. Los exsocios de García Abrego, José Pérez de la Rosa, Adán Medrano, Sergio Checo Gómez, entre otros, alcanzaron el liderazgo y, aunque intentan apropiarse del territorio, fracasan, pues caen prisioneros.

 

Ya estando preso en Estados Unidos, a través de sus contactos, Juan García Ábrego envía una señal: que Óscar Malherbe de León, uno de los cerebros del cártel, se ocupe del negocio. Malherbe fracasa en su intento. Ni tiene tiempo de saborear las mieles del poder: es detenido en el Distrito Federal en febrero de 1997. Y Humberto, hermano de Juan García Ábrego, desaparece del escenario; aparentemente se retiró del negocio, aunque siempre estuvo ligado a las tareas de lavado de dinero mediante el manejo de cuentas bancarias, compra de ganado, terrenos y residencias. En 1994 fue detenido en Monterrey. Recobró la libertad el 22 de de septiembre de 1995. Ese día se disponía a regresar a su casa cuando un grupo de policías lo volvieron a aprehender y lo remitieron al reclusorio Norte de la Ciudad de México. Los delitos: lavado de dinero. Estando en prisión se enteró de la captura y deportación de su hermano Juan.

 

Sin jefe ni control, el cártel del Golfo es un caos. Nadie pone orden en la plaza considerada como “la joya de la corona” del narco. Los aspirantes a ocupar el mando no pueden unirse. Todos desconfían de todos. Temen a las traiciones y a morir ejecutados. Desde el Pacífico mexicano Juan José Esparragoza Moreno, El Azul –un emblemático capo con dotes de conciliador– irrumpe en Tamaulipas, pero tampoco él puede sentar sus reales. Acosados por la justicia, perseguidos por el general Jesús Gutiérrez Rebollo, un militar condecorado en Estados Unidos que terminó al servicio de Amado Carrillo y su banda, arrinconó a los hermanos Arellano Félix y les impidió expandir su dominio hacia otros sitios.

 

Los seguidores de García Ábrego, así como sus familiares, renuncian al intento de pelear por el control de la plaza y del rentable negocio. El golpe asestado al tótem del narco cimbra todavía los cimientos de la organización. Las matanzas se multiplicaban, como en una guerra sin cuartel. Por largos meses, el negocio lo usufructuaron transportistas. Una figura emerge entre las sombras generadas por el caos: Baldomero Medina Garza, El Señor de los Tráileres, quien aprovecha el vacío de poder para introducir droga hacia Estados Unidos a gran escala. Utiliza para el trasiego cientos de tractocamiones de su propiedad.

 

Pero mientras Medina Garza y otros “oportunistas” sólo eran aves de paso en el negocio de las drogas, Osiel Cárdenas teje su amplia red de complicidades para dar el salto al escenario nacional. Sus fuerzas aún no son sólidas ni tenía afianzado el poder. Pero tiene relación cercana con un personaje habilidoso y sanguinario: Salvador Gómez Herrera, El Chava, de quien incluso se hace compadre.

 

Acaso Osiel intuye que sólo juntos pueden poner a rodar la nueva empresa criminal. Si cada uno toma su ruta, no habrá futuro. Así que Osiel Cárdenas y Salvador Gómez se alían, hasta que una traición pone fin a la vida del famoso Chava Gómez, cuyo cuerpo termina carcomido por animales carroñeros.

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