Ricardo Ravelo/Sol Quintana Roo

Harto de las diferencias que los dividieron por años, un día Ramón Arellano Félix, uno de los jefes máximos del cártel de Tijuana, tomó un arma y le dijo a su hermano Benjamín:
–Ya estoy hasta la madre de ese hijo de puta: hoy se muere.
Violento y sanguinario –quizá como pocos en el mundo del hampa –Ramón Arellano Félix se subió a su auto y tomó camino hacia Mazatlán, Sinaloa. Su objetivo era matar a Ismael Zambada, “El Mayo”, con quien tenía una fuerte diferencia, la cual se agravó no obstante que a principios de los años ochenta, cuando el cártel de Tijuana iniciaba, todos los narcotraficantes convivían como si fueran una sola familia.
En aquella ocasión, Ramón Arellano estaba decidido a terminar con la vida de quien hoy es el capo más longevo de toda la mafia del crimen organizado mexicano, después de Ernesto Fonseca Carrillo, “Don Neto”, quien es el más veterano y quien, además, formó a la mayoría de los narcotraficantes de la llamada vieja guardia.
Fonseca Carrillo, de acuerdo con su biografía, es tío de los hermanos Carrillo Fuentes –Amado, Vicente, Rodolfo y Abraham –todos ellos ligados al negocio de las drogas. De los tres, sólo Vicente está vivo, aunque está preso en el penal de La Palma, Estado de México, luego de que fue capturado en Torreón, Coahuila.
Ramón Arellano era descrito como un hombre extremadamente violento. Mataba por gusto y hasta porque alguien le caía mal. Cuentan que un día le disparó a un joven que iba con su novia. Ambos caminaban tomados de la mano.
Ramón vio al joven y de inmediato sacó su pistola y lo mató. Alguien le preguntó al jefe del cártel de Tijuana por qué lo había asesinado y éste respondió: me cayó muy mal.
Obeso en algún tiempo, Ramón pesaba más de 130 kilos y con dificultad se acomodaba en los asientos, hasta que un día decidió bajar de peso y acudió al quirófano para que le colocaran una cinta magnética en el estómago.
Los hermanos Benjamín y Ramón Arellano eran las cabezas visibles de uno de los cárteles más emblemáticos de América Latina, quizá el más poderoso y violento en su tiempo: se formó a principios de los años ochenta y desde entonces sembraron terror y muerte en Tijuana, Baja California, su centro de operaciones.
El cártel de Tijuana –de acuerdo con las historias que escribió el periodista Jesús Blancornelas, quien sobrevivió a un atentado perpetrado por el cártel –ejercía control en las áreas de poder: las policías, una parte del Ejército y también pesaba en las decisiones políticas que tomaba el gobierno de Baja California.
Cuando Ernesto Ruffo se convirtió en el primer gobernador de oposición, su hermano Claudio Ruffo protagonizó diversos escándalos en Baja California: se le relacionó con el cártel de Tijuana y en particular con los hermanos Arellano. Se afirma que Jorge Hank Ron, el hijo del profesos Carlos Hank González, también estuvo vinculado a la organización criminal.
La familia Arellano Félix es numerosa, pero no todos, se asegura, estuvieron –o están –ligados a las actividades de tráfico de drogas. Solo Ramón, Benjamín, Rafael y en los últimos tiempos Enedina se vincularon. Esta última, se afirma, ahora encabeza las tareas de lavado de dinero del grupo criminal, aunque se dice que se maneja con muy bajo perfil. De ser esto cierto, Enedina sería el primer caso en que una mujer encabeza a un cártel.
En 1993, los hermanos Arellano Félix se vieron envueltos en un fuerte escándalo tras el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, en el aeropuerto de Guadalajara.
El asesinato del jerarca católico implicó tanto al Chapo Guzmán como a los Arellano, aunque ambos negaron haber participado en el crimen. Tanto los hermanos Arellano como Joaquín Guzmán estaban enfrentados a muerte. El escándalo fue tan grande que incluso los hermanos Arellano Félix viajaron a la ciudad de México para entrevistarse con el nuncio apostólico, Gerolamo Prigione, en la Nunciatura.
Los jefes del cártel no fueron detenidos en esa ocasión. La versión que dio el entonces procurador General de la República, Jorge Carpizo, fue que, de haber intentado su captura, se habría desatado un baño de sangre donde hubieran muerto personas inocentes. Así se justificó la inacción de la Procuraduría General de la República.
Los hermanos Arellano también estaban enfrentados al cártel de Juárez y durante varios años lucharon por asesinar a Amado Carrillo Fuentes. En una ocasión estuvieron a punto de lograrlo: sicarios del cártel tijuanense ubicaron a Carrillo Fuentes en el restaurante Bali Hai, de la avenida Insurgentes de la Ciudad de México.
Ese restaurante de mariscos era uno de los preferidos de Amado Carrillo, en abril de 1993 arribó al lugar acompañado de su esposa, Sonia Barragán, y de varios de sus colaboradores. El lugar fue rodeado por personas armadas, todas, al servicio del capo.
Cuando Carrillo Fuentes degustaba una fuente de mariscos –su platillo preferido –se desató una balacera: los sicarios del cártel de Tijuana abrieron fuego contra la gente de Amado e intentaron asesinar al jefe del poderoso cártel de Juárez, pero no lo consiguieron: Carrillo Fuentes y su esposa huyeron por el baño de mujeres: ahí levantaron un domo, caminaron por la azotea y salieron por una calle trasera. Era una ruta de escape que ya tenían muy bien estudiada.
En el lugar hubo varios muertos, pero Carrillo Fuentes salvó la vida. Una vez más los hermanos Arellano Félix fallaban en su intento por eliminar a su principal rival.
Cuando Ramón Arellano se encaminó rumbo a Mazatlán para asesinar a Zambada se topó con que los festejos del carnaval. Se asegura que infringió una regla de tránsito y un policía –Antonio Arias –lo detuvo.
Ramón, encolerizado, le disparó al agente, pero éste pudo sacar su pistola y le disparó en la cabeza. Así fue como Ramón Arellano perdió la vida. Su cuerpo quedó tirado en céntrica calle de Mazatlán. El crimen ocurrió el 10 de febrero de 2002.
De esta forma, Ramón Arellano no pudo cumplir su objetivo de asesinar a “El Mayo” Zambada. Un año después, en 2003, fue detenido Benjamín Arellano, en la ciudad de Puebla, y ello devino en una crisis interna en el cártel, lo que debilitó mucho su potencial hasta que se redujo a una célula que ahora controla las ciudades de Tijuana y Mexicali.
Lejos quedó la expansión de esa organización criminal, la cual llegó a tener presencia en toda América Latina. Operaba en Colombia, donde trabó una alianza con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla que terminó ligada al narcotráfico.

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