Ricardo Ravelo / Sol Quintana Roo

Investigación Especial: Parte 6

González Quirarte: el negociador

Fue precisamente Eduardo González Quirarte el personaje que logró el acercamiento de Amado Carrillo y de su organización con el general Jesús Gutiérrez Rebollo, quien en 1995 se desempeñaba como un eficaz comandante de la Quinta Región Militar con sede en el estado de Jalisco. Esa comandancia regional tenía a su cargo, entre otros objetivos, el combate al narcotráfico en el occidente y el norte del país. Gutiérrez Rebollo gozaba entonces de las confianzas de la Sedena y tenía el visto bueno tanto de la DEA como del FBI, aunque posteriormente se descubriría un supuesto complot en las altas esferas del ejército para derrumbar al poderoso Gutiérrez Rebollo, presuntamente por no haber cedido a algunas peticiones del entonces titular de la Sedena, Enrique Cervantes Aguirre, quien en Estados Unidos estaba bajo sospecha de tener vínculos con el narcotráfico.

En una de sus declaraciones rendidas ante la PGR, el subteniente Juan Galván Chávez, chofer y hombre de confianza de Gutiérrez Rebollo, narró los episodios más sobresalientes de la relación entre Gutiérrez Rebollo y El señor de los cielos, vínculo que llevaría al militar a ser procesado por delitos contra la salud y por formar parte del cerco protector de las operaciones de narcotráfico de Carrillo Fuentes.

Después de su aprehensión, en febrero de 1997, lo que la PGR y la Sedena acreditaron fue una relación estrecha entre Gutiérrez Rebollo y Amado Carrillo. De este vínculo se infería que todas las operaciones del cártel de Juárez eran protegidas por el militar.

Pero la relación de Gutiérrez Rebollo con Amado no era sólo de protección. El propio subteniente Galván Chávez narró en la averiguación previa de ese caso que durante 1995, 1996 y hasta los meses previos a su fallecimiento, Carrillo Fuentes y González Quirarte prácticamente terminaron dirigiendo la lucha contra el narcotráfico para sus fines: primero desde la Quinta Región Militar de Jalisco y, después, a través del INCD, donde el flamante general Gutiérrez Rebollo despachaba como fiscal antidrogas.

Los meses previos a la caída de Gutiérrez Rebollo y a la muerte de Carrillo Fuentes, el cártel de Juárez montó toda una infraestructura y dispuso de altas sumas de dinero, vehículos, teléfonos encriptados y todo un ejército de informantes para dotar de información a Gutiérrez Rebollo y a su equipo más cercano, con el propósito de que la Quinta Región, primero, y del INCD, después, localizaran, detuvieran o asesinaran a los hermanos Benjamín y Ramón Arellano Félix, quienes se habían convertido en una pesadilla para Amado Carrillo y su gente.

Por esas fechas, el cártel de Juárez era uno de los más poderosos del país. Con la caída y deportación de Juan García Abrego, su líder, esa organización criminal entró en crisis. García Abrego era ya poco fiable para los proveedores colombianos; además, uno de sus principales apoyos, Raúl Salinas de Gortari, estaba preso en Almoloya de Juárez. Entonces las principales rutas del trasiego eran disputadas por los hermanos Arellano Félix y el cártel de Juárez.

Con un legajo de documentos, audiocasetes y fotografías de los hermanos Arellano Félix –sus principales rivales–, líderes de uno de los grupos de narcotraficantes más poderosos del país, los hermanos Eduardo y Enrique González Quirarte visitaron al general Gutiérrez Rebollo en las oficinas que ocupaba en la Quinta Región Militar de Guadalajara, Jalisco. Iban acompañados de su padre, Enrique González. Era la navidad de 1995.

En ese momento González Quirarte no era un desconocido. Se trataba de uno de los hombres más cercanos a Amado Carrillo Fuentes. Los dos hermanos eran buscados afanosamente por el Ejército, y la PGR había girado órdenes de aprehensión en su contra. La DEA también había ordenado su captura por sus vínculos con el narcotráfico, pero los González Quirarte entraban y salían de la Quinta Región como si fuera su casa. El cártel de Juárez ya era una organización sólida: introducía unas 50 toneladas de cocaína por mes a Estados Unidos, a través de un bien sofisticado sistema aéreo compuesto por aviones de desecho que la organización criminal sometía a rigurosas reparaciones para ser utilizados en el transporte de los cargamentos de droga procedentes de Colombia.

El cártel de Juárez libraba una dura batalla por el control de las rutas con la organización de los hermanos Arellano Félix, así que debía exterminar a los rivales. Amado Carrillo recurrió a sus aliados, y encontró al general Gutiérrez Rebollo, quien al tener en sus manos la información sobre su ubicación y una larga lista de personas relacionado instrumentó varios operativos para lograr su captura: el primero se realizó en Tijuana y duró tres meses, otras tres acciones se desplegaron en Guadalajara, a las que siguieron otros operativos con un objetivo preciso: asesinar o detener a los jefes del cártel de Tijuana.

La estrecha relación del general con el cártel no pasó inadvertida para el subteniente Juan Galván, chofer de Gutiérrez Rebollo, quien pronto se convirtió en parte del cuerpo de seguridad de El Flaco González Quitarte. De hecho se encargaba de trasladarlo a varios puntos de la República por instrucciones precisas de su jefe.

Y es que El Flaco, administrador de los bienes de Amado Carrillo, se había acercado a Gutiérrez Rebollo para soltarle lo que sabía:

“Sé que los hermanos Arellano Félix lo quieren matar –le dijo–. Lo vamos a proteger”.

Y acto seguido entregó dos vehículos blindados al jefe de la Quinta Región Militar: una Cherokee y un Grand Marquis negro, que fueron recogidos por el militar en la granja Los Camichines, localizada en Zapopan, Jalisco.

Desde entonces Gutiérrez Rebollo no pudo o no quiso separarse de González Quirarte. La relación entre ambos fue creciendo y se estrechó todavía más el vínculo con El señor de los cielos. En diciembre de 1997, ya como fiscal antidrogas, el militar siguió manteniendo encuentros clandestinos con los dos.

Algunas ocasiones se entrevistaban a bordo del coche del general; otras en las camionetas de El Flaco. No cejaban en su empeño de mermar el poderío de los Arellano Félix, deteniendo cargamentos de su organización, a la par que protegía los envíos de droga del cártel de Juárez. El equipo de Gutiérrez Rebollo acudía a todos los puntos estratégicos del Pacífico, donde recibía información en torno al itinerario de los cargamentos del cártel de Tijuana o de alguna otra organización enemiga al cártel de Juárez para confiscarlos y dar buenas cuentas a la PGR.

Gutiérrez Rebollo aparecía en los medios de información como un hombre comprometido con su tarea, vertical en sus acciones, y ante las autoridades federales y la misma DEA mostraba una honestidad aparentemente incuestionable. Pero detrás de bambalinas el general Gutiérrez Rebollo recibía los beneficios del trato espléndido proporcionado a Amado Carrillo.

–Al señor, lo que se le ofrezca –solía decir Amado enfrente de El Flaco y del subteniente Galván Lara cuando se refería al fiscal. El subteniente fue uno de los testigos privilegiados de esa relación puesto que a él le correspondió visitar las casas que Amado puso a disposición del general en la Ciudad de México tras su nombramiento como director del INCD.

A Horacio Montenegro, segundo de a bordo de Gutiérrez Rebollo en la Quinta Región, Amado le regaló un coche Stratus blanco; a otro de sus hombres de confianza, al capitán segundo de Infantería Javier García Hernández, le obsequió un Pontiac. Y siguieron los cañonazos de dinero para los militares de esa zona: en la navidad de 1995 al subteniente Galván Carrillo le regaló 300 mil pesos; al poco tiempo le envió otros 60 mil dólares. Así recompensaba el capo la lealtad.

No contento con el control que ejercía sobre la Quinta región militar, a cuyos miembros había corrompido con dinero, vehículos y protección, Amado Carrillo dispuso que para evitar filtraciones y realizar su trabajo era imprescindible mantener una comunicación directa con los militares, a quienes dotó de teléfonos celulares encriptados. Quería controlarlo absolutamente todo. Ordenó que se asignaran cinco teléfonos: al general Gutiérrez Rebollo, al capitán García Hernández, al profesor Luis Octavio López Vega, al subteniente Artemio Flores Martínez y a Horacio Montenegro Ortiz. Los equipos se renovarían cada tres meses. Además, El Flaco se encargó de otorgarles un teléfono extra por si alguno fallaba.

Pero el cártel de Juárez tenía más aliados en las filas del Ejército. El propio subteniente Galván relató que González Quirarte le confió que tenía buenas relaciones con el personal de la base aérea número 5 de Zapopan, Jalisco, en particular con los generales Velarde Quintero, Vinicio Santoyo Feria, Gonzalo Curiel y Moucel Luna.

Por esas fechas El Flaco dirigía las operaciones contra el cártel de Tijuana. En octubre de 1996, le informaron que en un edificio ubicado cerca del monumento a los Niños Héroes de Guadalajara se encontraban reunidas alrededor de 30 personas relacionadas con el cártel de los hermanos Arellano Félix y que planeaban una acción violenta.

De inmediato se enlazó con el general Gutiérrez Rebollo para comunicarle el informe y éste ordenó un operativo. En efecto, el grupo estaba reunido en un Penthouse propiedad del narcotraficante Ramiro Mireles Félix, cabeza de una célula de los Arellano en Guadalajara. Todo un equipo armado del INCD se movilizó y en el operativo desapareció Mireles Félix, primo de los hermanos Arellano Félix. La movilización de agentes y militares fue pagada por González Quirarte.

El flaco era un personaje bien informado acerca de los movimientos del narcotráfico. Esa vez supo con anticipación de la reunión y la desbarató; luego pidió a Gutiérrez Rebollo proteger el cuantioso cargamento de cocaína –poco más de tres toneladas– que estaba a bordo del barco “Viva Sinaloa”, procedente de Colombia. Sin embargo el navío, que estaba fondeado a unas 600 millas náuticas de Manzanillo y llegaría a puerto en diciembre de 1996, no pudo arribar; elementos de la Armada de México lo detuvieron. Ese hecho molestó a Carrillo Fuentes, pues el cargamento que traía el buque tenía destinatario: Ismael Zambada García, El Mayo, operador del cártel de Juárez en Sinaloa.

Pero el capo estaba preocupado porque, a pesar de los arreglos con Gutiérrez Rebollo para que éste detuviera a los hermanos Arellano Félix, había fracasado en su intento de llegar a un arreglo con las autoridades del EMP para que lo dejaran operar libremente en el país, por lo que pensaba irse al extranjero. Desde luego eso formaba parte también de sus planes de expansión. Según la versión del subteniente Galván Lara, Carrillo Fuentes planeaba adquirir una flota de barcos, con los que introduciría por México cerca de 30 toneladas de cocaína por cada embarcación.

 

***

 

Los militares no eran los únicos que brindaban protección al cártel de Juárez. Amado Carrillo Fuentes tenía otros aliados en la política. El joyero Colsa McGregor relata que en una ocasión presenció un encuentro entre el capo y el gobernador de Morelos, Jorge Carrillo Olea, quienes se fundieron en un abrazo a la entrada de la hacienda La Luz, localizada en la demarcación de Tecatitla, en Morelos.

Ese vínculo resultaba estratégico para que el cártel de Juárez echara sus ramificaciones en Morelos y el Estado de México. Carrillo Fuentes entraba y salía del estado sin riesgos; hasta adquirió propiedades como la hacienda mencionada y la fastuosa residencia conocida como la casa de Sha, en virtud de que la había habitado el destronado mandatario iraní durante su paso por México. Morelos se convirtió en punto clave para el refugio de algunos prominentes miembros de la organización debido a sus conexiones hacia el centro, sur y norte del país. Personajes como El Azul, por ejemplo, terminaron ligados con altos funcionarios del gobierno panista local y el propio gobernador Sergio Estrada Cajigal no fue ajeno a esa red de vínculos con el narcotráfico. Poco faltó para que fuera desaforado precisamente por brindar protección al narcotráfico: logró salvarlo el presidente Vicente Fox, quien le dio su espaldarazo para evitar un descalabro político de mayores dimensiones. La Suprema Corte, a su vez, declaró improcedente el juicio político al que quiso someterlo el Congreso morelense. Al mandatario no se le pudieron encontrar vínculos directos con el narcotráfico, pero sí se le acusó de tolerar que parte del aparato policíaco estatal estuviera al servicio del narcotráfico. Unos 500 elementos, entre ministeriales y estatales, tuvieron que ser investigados y buena parte de ellos fueron encarcelados.

En sus pesquisas, la PGR, estableció una hipótesis: había indicios de que Nidia

Esparragoza, hija de El Azul, estaba ligada sentimentalmente con Estrada Cajigal.

Gracias a esa relación, algunos capos, como Vicente Carrillo Leyva, podían transportar

sin problemas grandes volúmenes de cocaína que, procedentes de Colombia, aterrizaban

en el aeropuerto de Morelos. Esa droga era transportada en los vehículos de la Policía

Ministerial, cuyo jefe era Agustín Montiel López, hermano del General de División

Luis Montiel, a quien el narcotraficante Albino Quintero Meraz, cabeza de una célula

del cártel de Juárez en Veracruz, señaló como uno de sus protectores.

Cuando se descubrió ese tráfico de influencias, el jefe policíaco Agustín Montiel

fue aprehendido y trasladado al penal de La Palma, donde actualmente está preso. Sin embargo, la investigación acerca del supuesto vínculo de Estrada Cajigal con Nidia Esparragoza, no prosperó.

Otro personaje que ayudó a Carrillo Fuentes a librar los problemas legales de su gente luego del atentado en el restaurante Ochoa Bali Hai, según Colsa MacGregor, fue Pablo Chapa Bezanilla. El joyero afirma que una vez se lo comentó el comandante Javier Gómez N., jefe de seguridad del capo.

Otro de los mecanismos para fortalecer el poder del cartel o para que sus jefes se granjearan amistades en el ámbito político, era adquirir negocios, como sucedió en Querétaro, donde Carrillo Fuentes intentó comprar el estadio de futbol La Corregidora cuando esa entidad era gobernada por Enrique Burgos. Colsa McGregor y Donaciano Carrillo, tío de Amado, fueron los enlaces del cártel para realizar la negociación. Trataron de aprovechar una oportunidad, cuando las autoridades estatales pusieron en venta varias propiedades: haciendas, hoteles, la antigua central camionera y otros inmuebles para pagar su deuda. Además del estadio, el gobierno remataba 16 hectáreas anexas; todo el paquete costaba 45 millones de dólares.

Donaciano Carrillo solicitó los planos de los inmuebles en venta, para consultarle a su sobrino. Era el mes de noviembre de 1996 y todo pintaba bien, la oportunidad era magnífica para lavar dinero a través de inversiones en una tranquila entidad. Hubo luz verde y se encomendó al joyero Colsa McGregor realizar los trámites correspondientes ante la inmobiliaria Cronos, encargada de la administración de las propiedades. Su primer paso fue presentar una carta de intención de compra, para formalizar la negociación. Cubierto el requisito, el cártel de Juárez comenzó a buscar un prestanombres, que encontraría en Gerardo Fernández, funcionario de la empresa Concretos Presurizados S.A., quien aceptó el trato debido a que su compañía atravesaba serios problemas económicos.

Todo iba bien encaminado, pero antes de que el gobierno firmara la carta de aceptación, el joyero tuvo un prurito de honestidad y confesó al gobernador Enrique Burgos que el dinero para la compra de los inmuebles provenía del narcotráfico. Para sorpresa del personero del cartel, el mandatario le respondió que no había problemas y  procedió a entregarle la carta de aceptación, sin precisar la fecha para finiquitar la operación.

Sin embargo los trámites se retrasaron por una serie de contingencias. Donaciano Carrillo le comunicó a Colsa MacGregor que Amado Carrillo tenía problemas en Estados Unidos luego de un cuantioso decomiso de droga, aunque le aseguró que la compra se realizaría más adelante, pues Amado tenía interés en invertir en Querétaro, y además se jactaba de ser amigo del candidato a gobernador, Fernando Ortiz Arana, quien tenía muchas posibilidades de ganar la contienda. Pasaron varias semanas y la operación se deshizo, cuando el general Gutiérrez Rebollo cayó en desgracia.

Durante las investigaciones contra el director del INCD salieron a relucir los estrechos vínculos de El señor de los cielos con otros personajes de la política, entre otros mandatarios como Manlio Fabio Beltrones, de Sonora, quien actualmente es  diputado federal; Víctor Cervera Pacheco, de Yucatán; Mario Villanueva Madrid, de Quintana Roo; Jorge Salomón Azar, de Campeche, y un político panista al que Colsa sólo identifica por el apellido Barrio (Francisco), de Chihuahua. Y es que las amistades se extendían a varios puntos del país: según Colsa Mcgregor.

En su testimonio, el joyero se refiere así al exmandatario chihuahuense: “… Le comentó Amado (al declarante) que este último gobernador panista de apellido Barrio ya había abusado en pedirle fuertes cantidades de dinero a Amado Carrillo, a lo que a éste ya lo tenía molesto por estarle pidiendo siempre dinero”.

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