Por: Ricardo Ravelo/Tomado del libro, Los Capos

Ciudad de México.- Por lo menos un año y medio antes de morir, Amado Carrillo Fuentes, El señor de los cielos, había logrado sortear las persecuciones policiacas. El capo ya no huía tanto de la justicia mexicana como de sus enemigos en el negocio del narcotráfico. Temía más ser asesinado por los hermanos Arellano Félix o por gatilleros del Cártel del Golfo, que caer en manos de la PGR o del Ejército Mexicano.

Lo cierto es que ambas instituciones realizaban sus tareas de búsqueda y localización, pero fallaban en sus intentos o no se atrevían a detenerlo. El capo tenía ojos y oídos por todas partes y un buen número de agentes y militares, colocados en puntos estratégicos, estaban en la nómina del Cártel de Juárez y operaban desde el interior de las instituciones para cuidar los intereses de tan importante personaje que solía gratificar esos servicios con maletines llenos de dólares.

Tenía bien aceitada su red de complicidades en los círculos de poder. Desde las instituciones le filtraban información detallada sobre los operativos policíacos y militares; se alertaba al “jefe” sobre algún cargamento incautado, le entregaban copias de las declaraciones que rendían los enemigos, le anticipaban a la organización sobre las acciones encubiertas y hasta servían de correo para llevar mensajes a los altos comandantes y funcionarios de la PGR responsables del combate al narcotráfico.

Todo estaba bajo su control. El costo que pagaba por ello era elevado, pero valía la pena: Se estima que la organización cubría mensualmente poco más de cinco millones de dólares en regalos, sobornos, pagos y cuotas fijas a policías, funcionarios y militares de todo el país; todo a cambio de gozar de la impunidad que le permitiera mover sin obstáculos los cargamentos de cocaína a lo largo y ancho del país.

Gracias a esa cadena de favores, Carrillo Fuentes podía disfrutar su libertad y moverse a su antojo. En el Distrito Federal tenía residencias, casas y departamentos que utilizaba como oficinas, refugios o puntos de encuentro con sus protectores y aliados.

LOS EXPEDIENTES

En los expedientes integrados por las autoridades contra su organización criminal se destaca que era propietario de varias mansiones en la zona residencial Bosques de Las Lomas, donde Carrillo Fuentes entraba y salía sin sobresaltos.

En ese fraccionamiento residencial ocupaba la casa ubicada en Paseos de los Laureles conocida como La puerta azul, debido al portón de la entrada pintado de un azul intenso. Según declaraciones ministeriales del subteniente Juan Galván Lara, chofer del general Jesús Gutiérrez Rebollo, dicho inmueble era utilizado por Carrillo Fuentes como oficina y centro de reuniones. Allí despachaba apaciblemente como hombre de negocios.

Otra residencia, Lacasa de los perros, se localiza en boulevard de la Reforma; una más está en la calle Zapotes 156, en la misma zona residencial, la cual fue habitada durante cinco días por el propio general Gutiérrez Rebollo y su compañera Lilia Esther Priego.

Recién había sido nombrado fiscal antidrogas y el cártel de Juárez le proporcionó al militar una residencia para que viviera despreocupadamente. Sin embargo, tanto lujo le pareció excesivo, por lo que abandonó la casa, según Galván Lara.

La mansión tenía recámaras con sala y cuartos con instalaciones especiales de vapor y jacuzzi; otra vivienda del cártel de Juárez en el Distrito Federal se ubicaba en boulevard de los Abetos, a una cuadra de la avenida Ahuehuetes Sur.

Dos departamentos de lujo de Amado Carrillo se localizaban a su vez en la calle Tamarindos número 100, dentro de un edificio de la calle Chalchihui, en la colonia Tecamachalco, delegación Miguel Hidalgo.

Los apartamentos tenían marcados los números seis y dos; el primero fue habitado por Gutiérrez Rebollo, el segundo por su contacto, Eduardo González Quitarte, El Flaco, quien con frecuencia solía entrevistarse con su vecino y cómplice.

Aunque proporcionaba alojamiento seguro a sus invitados, nunca se confiaba. Algunas veces los hacía esperar hasta 15 días antes de tener algún encuentro. Nadie sabía qué día ni a qué hora llegaría.

El contacto o algún personaje cercano podía esperar varios días sin tener señales del jefe. Hasta que en el instante menos esperado Carrillo Fuentes aparecía, displicente, para charlar con el visitante.

Con sus debidas reservas, Carrillo Fuentes se manejaba públicamente: lo mismo frecuentaba en avenida Insurgentes el restaurante Ochoa Bali Hai –donde degustaba sus fuentes de mariscos– que el Sanborns de la avenida de Las Palmas o se paseaba por la Zona Rosa, donde se le veía con frecuencia conversar con personas de su organización, con agentes y hasta con militares.

Todo lo tenía bajo control y ante cualquier movimiento raro que lo pusiera en riesgo, de inmediato recibía “el pitazo” y desaparecía sin dejar rastro.

FALLIDO INTENTO DE EJECUCIÓN

En el restaurante Bali Hai –uno de sus preferidos – solía llegar con su gente de confianza, pero el lugar dejó de ser frecuentado desde que los hermanos Arellano Félix intentaron ejecutarlo en diciembre de 1993. A partir de ese incidente, los reflectores se enfocaron contra Carrillo Fuentes, quien de ser un desconocido se convirtió en uno de los hombres más buscados dentro y fuera de México.

Cuando era asiduo cliente del lugar, su equipo de seguridad estacionaba sus vehículos como lo hacía cualquier comensal.

Carrillo Fuentes se sentaba cerca de los baños. Su personal de seguridad permanecía afuera del restaurante, a la expectativa, alerta para controlar cualquier contingencia. El restaurante le fascinaba a El señor de los cielos por la variedad de platillos que ofrecía la nutrida carta del lugar. Los mariscos eran el platillo favorito del capo.

–Capi, le encargo tres fuentes de mariscos. Llévele a las personas que están afuera lo que quieran. No me dilate mucho, capi –ordenaba Carrillo Fuentes al capitán del restaurante, un displicente mesero que atendía al comensal sin saber, al menos en las primeras ocasiones, quién era su cliente.

El capitán servía camarón gigante, jaiba rellena, almeja viva, callo de hacha, ostiones en su concha, pata de mula, vino blanco y eventualmente un pescado preparado con la especialidad de la casa.

Transcurrida una hora –pocas veces se tardaba más tiempo–, solicitaba su cuenta: –La cuenta, capi, rapidito, en dólares. ¿Cuánto es? –le urgía. Luego dejaba una cuantiosa propina y se marchaba del restaurante al que asistía por lo regular cada mes o cada dos meses.

Carrillo Fuentes se movía con absoluta libertad dentro del país. En sus investigaciones tanto la PGR como la Sedena pudieron constatar que era frecuente verlo en distintas rutas: Guadalajara, Chihuahua, la Comarca lagunera, Torreón, Coahuila; Cancún y en el Distrito Federal, principales corredores del trasiego de droga que no eran ajenos a sus dominios.

La mayor parte del tiempo andaba acompañado de su compadre El Flaco, uno de los administradores de sus bienes, quien hacía funciones de publirrelacionista para el cártel de Juárez. Diestro negociador, le correspondía ser el interlocutor ante gobernadores, agentes, comandantes y militares de alto rango. Gracias a él se mantenían bien aceitadas las alianzas y garantizada la protección del cártel y de sus principales socios.

EL ROSTRO DE AMADO CARRILLO

El subteniente Galván Lara pudo conocer el rostro de Amado Carrillo. Lo vio de cerca muchas veces, cuando era enviado por su jefe, Gutiérrez Rebollo, a pedirle algún favor. Un día se lo presentó González Quirarte en una de las casas de la Ciudad de México. Le dijo: –Siéntete orgulloso de conocer al señor. Muchos quisieran conocerlo…

Galván Lara se sorprendió de ver a El señor de los cielos sin esa barba rala parecida a la del Che Guevara y sin el pelo largo, como lo mostraban las fotografías divulgadas por la PGR en los medios de comunicación.

La imagen que vio el subteniente en 1991 era la de una persona bien acicalada debido a que Amado Carrillo recién había sido liberado de la cárcel. En aquella ocasión le confesó a su sorprendido interlocutor: “Yo era roba carros… Ahora soy otro”.

De ese encuentro dejó testimonio el chofer de Gutiérrez Rebollo: “Es de cara larga, nariz grande y semiaguileña, sin bigote y sin barba, ojos verde claro, ceja normal, sin cicatrices en la cara, pero tiene un tic en el ojo izquierdo cuando se queda observando fijamente, ya que parpadea…Tiene treinta y ocho años, su estatura es de un metro con setenta y ocho, de complexión robusta, pelo negro lacio, piel media morena apiñonada, de vestimenta regular, usa traje y ropa de la marca Versache…”.

También conoció a Vicente Carrillo Fuentes, el más violento de los hermanos, quien actualmente encabeza el cártel de Juárez, a quien describió como un personaje “de 40 años, estatura 1.83, aproximadamente, tez blanca, pelo chino castaño, claro, frente mediana, cejas pobladas, ojos color aceitunados, nariz recta y ancha, boca mediana, labios regulares, sin señas particulares”…

Amado Carrillo era hechura del legendario narcotraficante Pablo Acosta Villarreal, de quien fue amigo y socio durante largo tiempo, cuando éste era dueño de la ruta de Ojinaga, Chihuahua, y tenía amplias conexiones en Colombia, donde los narcos abastecedores le tomaron gran confianza por su efectividad en el negocio.

Acosta Villareal fue uno de los precursores de lo que ahora se conoce como el Cártel de Juárez, pues enseñó a los hermanos Amado, Vicente y Cipriano Carrillo Fuentes –sobrinos de Ernesto Fonseca, Don Neto– todas las artes y secretos del narcotráfico de los que había abrevado desde su juventud en su tierra donde el negocio de las drogas era –y sigue siendo– una actividad con arraigo en la vida social.

Verdaderamente llegó a encarnar un cacicazgo en el negocio del narcotráfico cuando era una actividad discreta, si bien redituable, y aún no invadía la esfera pública, pero comenzó a declinar al paso de los años, hasta que, a finales de los ochenta se derrumbó definitivamente; ya no era confiable para sus socios colombianos, quienes lo abandonaron a su suerte para evitar riesgos innecesarios.

Sus últimos años Acosta Villarreal los dedicó al ocio. Rodeado de gente armada y de mujeres atendía sus ranchos y comercializaba ganado, actividades que había utilizado de membrete para disfrazar su principal negocio: el narcotráfico. Vacía la vida, el tiempo lo consumía bebiendo alcohol y consumiendo droga. Así transcurrieron los días hasta que llegó la hora de su relevo.

Entonces empezó la persecución. Un 24 de abril, en 1987, la PGR instrumentó un operativo destinado a poner fin a las actividades del capo. Los escuadrones militares y policíacos rodearon la casa de Acosta Villarreal, quien estaba preparado para enfrentar a sus atacantes. Había desplegado a sus hombres armados, quienes abrieron fuego contra los policías y soldados. Después de varias horas de tiroteo y de persecución, Guillermo González Calderoni, quien encabezaba el grupo policiaco, le gritó que se rindiera. Estaba perdido; no tenía escapatoria. Pero el capo encontró una última solución. Luego de mentarle la madre a su interlocutor tomó su pistola y se disparó en la cabeza en presencia de su gente, que vio caer abatido al legendario narcotraficante.

LA ORGANIZACIÓN

La organización creada por Acosta Villarreal había sido descabezada. Pero se recuperó rápidamente con Rafael Aguilar Guajardo al frente, quien moriría ejecutado tiempo después en medio de la sospecha de haber sido producto de una traición, nunca confirmada.

Él se encargó de que la ruta que durante años había explotado Acosta Villarreal recobrara su esplendor. Celoso de su trabajo y de la importancia estratégica de mantener el control en ese territorio, no podía dejarlo en manos de grupos como los de Sinaloa, los de Tijuana o los del Golfo, que pretendieron ocuparla al morir el jerarca.

Antiguo agente de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), Rafael Aguilar emergió de las filas policíacas de Ciudad Juárez como el nuevo líder de lo que poco después comenzó a denominarse cártel de Juárez. Y ahí, junto a él, estaba Amado Carrillo, proveniente también de esas filas policíacas y de la escuela delictiva de Pablo Acosta. Bajo el mando de Aguilar Guajardo, el Cártel ampliaría sus dominios hacia Cancún y la Comarca lagunera, sus nuevos feudos.

BITAR TAFICH, EL CONSEJERO

A principios de los ochenta, Manuel de Jesús Bitar Tafich era uno de los pilotos de la DFS destacamentado en la Comarca lagunera. De ascendencia libanesa, había trabado amistad con Aguilar Guajardo, de quien incluso se hizo compadre. Integrante de una familia dedicada al negocio de la hotelería, uno de sus hermanos, Jorge Abraham, es dueño del hotel Posada del Río, localizado en Gómez Palacio Durango, municipio conurbado con Torreón, Coahuila, donde conoció a Amado Carrillo, lugar que se convirtió en punto de encuentro con el capo, quien se movía apaciblemente entre la gente.

Su amistad con los dos capos se fortaleció debido a su trabajo como piloto, que lo mismo realizaba vuelos de reconocimiento en la zona que rentaba su avión, un Bonanza de cuatro plazas, para viajes particulares dentro y fuera de la región.

Un día Bitar llegó al hotel de su hermano y, como era su costumbre, se sentó en el restaurante. Mientras esperaba a sus amigos para la tertulia, tomaba café. De pronto uno de los meseros le gritó: –Señor Bitar, allá le hablan. Le buscan aquellas personas –el mesero señaló al fondo del restaurante, donde dos personas aguardaban en una mesa cercana a un ventanal.

Eran los hermanos Amado y Vicente Carrillo Fuentes. Habían ido a contactarlo para que les rentara su avión que los trasladara de Torreón a Culiacán, de ida y vuelta. Iban recomendados. Al principio acordaron verse en dos días, pero no volvieron.

Regresaron una semana después y se hizo el viaje. Luego siguieron otros vuelos a Ojinaga, Chihuahua; a Monclova, Muzquiz y Sabinas, Coahuila.

Amado viajaba acompañado de su jefe, Juan Manuel Alatorre Delgado –quien era el comandante de la DFS en la Comarca Lagunera- y de su primera esposa, Candelaria Leyva.

Pronto Bitar Tafich se convirtió un hombre de confianza para Aguilar Guajardo y Carrillo Fuentes, a tal grado que juntos solían celebrar los golpes que asestaba la DFS al narcotráfico en la zona. Tiempo después la región lagunera se convirtió en un enclave importante para el grupo.

Amado Carrillo recorría la región, conocía todos sus vericuetos. Empezaba a relacionarse y exploraba las rutas sin temor y corriendo toda suerte de riesgos. Durante un viaje a Guadalajara estuvo a punto de perder la vida. Había llegado a la casa de los padres de Sonia Barragán, quien más tarde sería su segunda esposa. Ese día fue de fiesta: ahí comió y departió con la familia, pero unas horas después la carrera del capo estuvo a punto de frenarse para siempre.

Al terminar el convivio partió con Sonia rumbo a Ojinaga en un automóvil Marquís. En las inmediaciones de Chihuahua, el vehículo derrapó y terminó por impactarse contra el tren. Sonia y Amado sufrieron lesiones graves y fueron hospitalizados 15 días.

Tras su recuperación le contó el accidente a Jesús Bitar, quien se había convertido en una persona de sus confianzas; se comportaba como un gurú, como un confidente.

Había logrado penetrar el lado íntimo de Amado: Lo aconsejaba sobre como vestirse y peinarse, dato significativo si se considera que durante mucho tiempo había descuidado su aspecto personal –se dejaba crecer la barba y el pelo–; también lo enseñó a leer con mayor soltura.

 

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