ARCHIVO POLICÍACO

(PARTE 4)

*Una visita pactada en el Reclusorio, por lo que Colsa MacGregor viajó desde Guadalajara a la Ciudad de México

*Traían grandes volúmenes de cocaína vía aérea sin ningún contratiempo. La protección estaba garantizada

*Unas cien toneladas mensuales de cocaína llegaban por aire a través de la ruta Colombia–Cancún, la cual empezó a ser de las más explotadas

Por: Ricardo Ravelo/Tomado del libro, Los Capos

Ciudad de México.- Amado Carrillo siempre realizaba diligentemente su trabajo para proteger las maniobras de aterrizaje de aviones del Cártel en la Península en pistas clandestinas de Cancún y Tulum, acondicionadas para esas tareas delictivas.

Después de finiquitar algunos negocios, partió a Cuernavaca, donde se puso en contacto con varios elementos que formaban parte del entramado que protegía al cártel en la ciudad de la eterna primavera. Conoció los hermanos Víctor y José Luis Patiño Esquivel, cabezas de la PJF, y a dos personas más: Amado García y Javier Gómez. Los cuatro estaban estrechamente relacionados con Adrián Carrera Fuentes, exdirector de la PJF, famoso personaje que durante el sexenio de Carlos Salinas puso a buena parte de la corporación al servicio del narco y sobreprotegió al cártel de Juárez.

Por esas fechas, las presiones contra la PGR iban en aumento por el auge que cobraba el narcotráfico en el país. Aún estaba en Cuernavaca, cuando Colsa McGregor recibió una llamada de Guillermo González Calderoni:

–Tienes una cuenta pendiente por el caso de los militares de Guadalajara. Entrégate. Está rodeada tu casa– le dijo.

El joyero no tuvo escapatoria. Derrotado, fue trasladado al penal de máxima seguridad de Puente Grande, Jalisco, acusado de delitos contra la salud. Todos sus cargos se acumularon en un solo juzgado, y 10 meses después salió absuelto.

Al poco tiempo fue aprehendido un par de veces más, por sus ligas con el narcotráfico, pero logró salir bien librado del embrollo legal y, tras recobrar su libertad, volvió a sus andanzas.

A principios de 1990 volvió a contactar a los hermanos Patiño Esquivel, quienes se desempeñaban como jefes de seguridad de los reclusorios norte y sur en la Ciudad de México, bajo las órdenes de Adrián Carrera, director de penales. Su afán era pedirles ayuda para que le permitieran visitar a su amigo Amado Carrillo, quien purgaba una condena en el reclusorio sur.

El capo autorizó el encuentro, por lo que Colsa MacGregor viajó desde Guadalajara a la Ciudad de México. En el aeropuerto lo esperaba José Luis Patiño, quien por órdenes de Amado lo trasladaría al reclusorio.

Se hospedó en el hotel Paraíso Radisson, uno de los más frecuentados por Rafael Aguilar Guajardo, ubicado al sur de la ciudad.

Al entrar en la celda de Carrillo, quien vivía a todo lujo y seguía manejando sus negocios desde adentro con el apoyo de sus cómplices, el  joyero le confío que estaba quebrado:

–Necesito que me ayudes. Ando muy mal económicamente y requiero comprar un lote de joyas para iniciar el negocio. Es la única forma de recuperarme.

Amado lo escuchó en silencio y no le respondió de inmediato. Luego, le sugirió:

–Vete a Ciudad Juárez y habla con Rafael Aguilar, él te echará la mano.

Así lo hizo. Aguilar Guajardo le prestó cien mil dólares, con lo que adquirió un lote de joyas en Nueva York y después, gracias a su habilidad de joyero, se puso en contacto con Pedro Lupercio Serratos, cabeza del Cártel de Guadalajara, para vendérselas. Sabía de la fascinación que tenía por las joyas. Y, en efecto, al ver el relumbrón de las alhajas, el capo no tuvo empacho en comprarlas. Pagó trescientos mil dólares por el lote consistente en una cantidad de esclavas, cadenas, rubíes, brillantes y esmeraldas.

Pronto surgió la empatía entre ambos, al grado tal que el joyero llegó a considerar a Lupercio Serratos como su hermano. Durante sus encuentros posteriores, Colsa MacGregor se percató de la confrontación entre el capo de Guadalajara y Aguilar Guajardo por el control de las rutas y del negocio de la droga.

Ambos estaban al borde del enfrentamiento por su desacuerdo financiero por los cargamentos de cocaína que bajaban en Cancún bajo el encubrimiento de la PGR. Los hermanos Lupercio Serratos controlaban el Cártel de Guadalajara, pero tenían conexiones con el Cártel de Juárez. Compartían rutas, proveedores y hasta disponían de la misma protección por parte de los altos comandantes de la PJF.

Testigo privilegiado de esas rencillas que ponían en peligro la operatividad de ambos cárteles, el joyero decidió poner sus buenos oficios para limar asperezas. Organizó un encuentro con ellos y luego de conversar amenamente durante un rato, ambos capos se dieron la mano y, al más puro estilo de la mafia, sellaron el compromiso con una frase contundente: “Entre chuecos las cosas son estrictamente derechas”.

La intermediación funcionó de maravilla, pues al poco tiempo Pedro Lupercio y Rafael Aguilar se hicieron compadres. A finales de 1991, Aguilar bautizó a un hijo de Lupercio, a cuya fiesta llegó el propio Amado Carrillo, quien recientemente había sido liberado. Iba acompañado de Víctor Patiño Esquivel.

No cabe duda de que el joyero era virtuoso: No sólo sabía engarzar piedras preciosas, sino también tenía el don de gentes para tejar amistades y negocios duraderos. Gracias a él Amado Carrillo y Rafael Aguilar volvieron a trabajar juntos, como en los buenos tiempos.

En 1992, los dos capos del Cártel de Juárez se unieron a Lupercio Serratos y dominaron gran parte de las rutas del norte: Sinaloa, Durango, Chihuahua, Coahuila, y lograron extender su hegemonía hacia el centro y el sur del país.

En cada plaza contaban con un ejército de policías y altos jefes policiacos que les brindaban protección y les rendían pleitesía. Eran los tiempos más corruptos de la PGR.

CARGAMENTOS EN TERRITORIOS  SEGUROS

Los tres narcotraficantes se dedicaban a traer grandes volúmenes de cocaína vía aérea sin ningún contratiempo. La protección estaba garantizada y los abastecedores colombianos confiaban con seguridad en que sus cargamentos estaban en territorio seguro.

Toda esa red protectora elevó la fama de Carrillo Fuentes como un cliente confiable en sus operaciones. Unas cien toneladas mensuales de cocaína llegaban por aire a través de la ruta Colombia–Cancún, la cual empezó a ser de las más explotadas. Era un lugar sin vigilancia, un refugio ideal para cualquier delincuente.

Las policías local, estatal y federal operaban al servicio del narco y sus altos mandos eran leales a los capos de la droga. Ese trozo del Caribe mexicano hasta la fecha sigue siendo una de las rutas más socorridas por las organizaciones criminales para el descenso de aviones con droga por su rápida conexión con centro y sudamérica y por su cercanía con Estados Unidos.

Las operaciones no requerían de tantos cuidados, sólo los necesarios. Los capos llegaban al Caribe y se comportaban como apacibles hombres de negocios. Con su perfil de turistas de alto nivel, que agradaba sobremanera a sus pares de Cancún, eran recibidos con deferencia y se les daban las mejores atenciones.

En junio de 1992, por ejemplo, los tres capos y el joyero sostuvieron una reunión en el hotel Coral Beach de Cancún, cuya propiedad se le atribuía a Carrillo Fuentes, aunque como dueños estaban registrados Javier Cordero y Héctor Covarrubias Valenzuela.

Al encuentro asistió González Calderoni, el superpolicía del sexenio de Carlos Salinas, quien fungía como director de Intercepción Aérea y Operaciones de la PGR. Gozaba de buena fama. Había detenido a importantes capos, como Félix Gallardo, y tuvo en sus manos a Pablo Acosta, quien se suicidó frente a él, ante su inminente aprehensión. Al igual que otros importantes policías, era un hábil negociador y sabía tejer alianzas e inclinarse ante el mejor postor.

En la reunión el tema a tratar fue la recepción de cuatro toneladas de cocaína que llegarían en igual número de aviones procedentes de la isla de San Andrés, Colombia, y que aterrizarían en el aeropuerto de Cancún a las 10 de la mañana del día siguiente.

El plan salió perfecto. El aterrizaje de las aeronaves se efectuó a plena luz del día. Apenas recibieron la señal, Lupercio Serratos, Aguilar Guajardo y Carrillo Fuentes abordaron dos camionetas Suburban de la PGR. Al volante iba el comandante Ituarte acompañado de 10 agentes de la PJF. Los seguía a toda velocidad González Calderoni en un Cadillac blanco último modelo.

Al llegar, la terminal aérea estaba en pleno movimiento. Aviones comerciales aterrizaban y salían procedentes de distintos destinos. Lupercio Serratos y Colsa McGregor tomaron asiento en la cafetería del segundo piso de la terminal aérea.

A través de un ventanal observaban las pistas del aeropuerto. Desde ahí veían como aterrizaban y despegaban los aviones de diversas líneas comerciales. El flujo aéreo ponía en movimiento a todo el personal del aeropuerto.

Para evitar contingencias, los agentes pusieron en marcha un operativo fingido. Entraron a la pista en el momento justo en el que descendía el primer avión, un Turbo Comander.

Minutos después aterrizaron los otros tres y se estacionaron cerca de la base de bomberos, donde estaba la aeronave de la PGR en la que había llegado González Calderoni desde el día anterior.

Las aeronaves colombianas traían las matrículas sobrepuestas. A un lado se encontraba un Lear Jet azul con blanco, propiedad de Amado Carrillo. Ahí se inició la descarga de la cocaína. Bajaron las cajas con montacargas y luego las subieron a un tráiler equipado con refrigeración…

CONTINUARÁ…

 

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