PARTE 5

*Una visita pactada en el Reclusorio, por lo que Colsa MacGregor viajó desde Guadalajara a la Ciudad de México

*Traían grandes volúmenes de cocaína vía aérea sin ningún contratiempo. La protección estaba garantizada

*Unas cien toneladas mensuales de cocaína llegaban por aire a través de la ruta Colombia–Cancún, la cual empezó a ser de las más explotadas

Por: Ricardo Ravelo/Tomado del libro, Los Capos

Mientras descargaban la droga, otro grupo reabastecía de combustible los aviones. La maniobra duró 30 minutos y luego las aeronaves despegaron en intervalos de cinco minutos cada una y se fueron perdiendo entre las nubes. Luego despegaría el avión de la PGR y enseguida el de Carrillo Fuentes.

La droga saldría directo a Ciudad Juárez y las ganancias serían repartidas entre Amado Carrillo, Rafael Aguilar y Pedro Lupercio Serratos.

 

 

Al término de la operación, Colsa MacGregor y Lupercio Serratos se dirigieron al hotel Coral Beach y desocuparon la habitación. En el trayecto, Lupercio Serratos le dijo: –Si todo sale bien, te voy a comprar una buena cantidad de joyas y te vas a ganar un dinero-.

 

 

Ambos tomaron un avión comercial a la Ciudad de México y con sus respectivas esposas se fueron a pasar unos días de descanso a Manzanillo, Colima. Allí esperarían hasta que el cargamento llegara a su destino.

Después de varios días, Colsa MacGregor viajó a Nueva York. Fue a recoger un lote de joyas para su venta. Su proveedor confiaba absolutamente en él, le otorgaba las prendas para que las colocara entre sus clientes; si no lograba venderlas, podía regresarlas, sin problemas.

A su regreso se trasladó a Ciudad Juárez y se dirigió a la colonia Campestre, donde tenían sus residencias Lupercio Serratos y Rafael Aguilar. Allí se encontró con Amado Carrillo, quien mostró mucho interés por ver las joyas que había traído de Estados Unidos.

En ese encuentro fue de los más fructíferos para el joyero en su historia: Puso en juego todas sus estratagemas y sedujo a los capos, quienes terminaron por comprar todas las joyas. De un solo tirón logró vender más de tres millones de dólares.

Deslumbrado por las finas alhajas, El señor de los cielos  no titubeó en comprar las más bellas y caras piezas, entre ellas un brillante tipo Marquis baguete de 19 kilates, montable y desmontable para pendantif, el cual podía ser montado en anillo y esclava.

Su costo: Un millón de dólares. Su embeleso lo llevó a escoger también un reloj Piaget emperador de brillantes de 46 kilates, con un valor de 245 mil dólares; Rafael Aguilar gastó un millón de dólares en joyas, lo mismo que Lupercio Serratos. Todos pagaron en efectivo.

Luego de finiquitar la transacción, que le permitió remontar su precaria situación económica, el transfigurado joyero se despidió de sus amigos y partió junto con Lupercio Serratos rumbo a Guadalajara.

Viajaron, por supuesto, en un jet modelo 24 color beige con franjas café, propiedad de Rafael Aguilar. Al llegar al aeropuerto, un grupo de agentes de la PJF ya los esperaban, pero no para detenerlos, sino para escoltarlos hasta la residencia del jefe del Cártel de Guadalajara, ubicada en Colinas de San Javier.

Se acercaba la navidad de 1992. Colsa MacGregor seguía prosperando en su negocio y ampliando sus círculos de influencia. Ahora sus clientes eran los narcotraficantes Ramiro Mireles Félix y Pastor Álvarez, quienes le compraron prendas por un millón de dólares, para regalarlas a sus familiares en esa festividad, según le dijeron al pagarle.

Por esas fechas la relación entre el joyero y Lupercio Serratos empezó a sufrir altibajos, hasta llegar a la confrontación y más tarde a la ruptura.

En vísperas de las fiestas decembrinas, el capo de Guadalajara también se interesó por adquirir un lote de joyas. Le encargó a Colsa tres millones de dólares en alhajas, pero la suma no le fue cubierta al vendedor en ese momento. Acordó pagarle la deuda hasta febrero del año siguiente, lo que satisfizo a Colsa. ¡Imposible desconfiar del hombre a quien llamaba “mi hermano”! Terminó el año. Todo el grupo había pasado una navidad sin contratiempos. 1993 sería un año de desenlaces.

La mesa tenía vinos y los más exquisitos platillos para paladear. A un lado había un plato con cocaína de la mejor. Colsa McGregor y Lupercio Serratos departían. Degustaron los mejores guisos y bebieron hasta emborracharse. Siguieron los tragos, e inevitablemente el consumo del polvo blanco, que inhalaban paulatinamente.

Con el paso de las horas aparecieron los efectos: Brotaron las emociones y los ánimos se caldearon. El ambiente se hizo ríspido cuando Colsa MacGregor exigió el pago de las joyas. A Lupercio Serratos no le gustó el reclamo. Se sintió insultado, y bravucón como solía ser le dijo que no le iba a pagar. En la discusión ambos terminaron mentándose la madre y retándose a muerte. El joyero se levantó y abandonó la residencia.

 

LA CONFRONTACIÓN

 

La confrontación trascendió. Llegó hasta sus esposas, quienes, enteradas del pleito, intentaron resolver el conflicto entre ambos. Lupercio Serratos propuso que se sentaran a comer y envió a su socio Ignacio Chávez Galván a dialogar con Colsa para invitarlo.

El narcotraficante había urdido un plan de muerte. El enviado llevaba un mensaje: En el lugar de la cita se cubriría la deuda. Se hizo el trato y se acordó que el encuentro fuera en el restaurante Los Inmortales. Era el 29 de enero de 1993.

Confiado en llegar a un arreglo, Colsa se trasladó con Chávez Galván al lugar a bordo de una camioneta roja Dodge Ram 1993. Cuando circulaban por la avenida Patria de Guadalajara, antes de cruzar un semáforo, fueron emboscados por varios hombres armados a bordo de tres vehículos, quienes accionaron sus armas AK-47 –cuernos de chivo– contra la Ram tripulada por Colsa.

El joyero se agachó al escuchar el tiroteo y vio como el cuerpo de su compañero era perforado por las balas expansivas. No dudó que se tratara de una trampa urdida por Lupercio.

Se mencionaron dos versiones: Una, que el autor de la balacera había sido José Humberto Ramírez Bañuelos, La Rana, gatillero de los hermanos Arellano Félix; la otra, que había sido el propio Lupercio Serratos –también conocido como Valentín Parra– quien había ordenado la ejecución  para evitar pagarle la deuda.

En el fondo, las diferencias entre el grupo no eran producto sólo de una deuda por joyas. Aunque la suma era alta, en el seno de la organización se había roto el tejido que los unía. Las ambiciones de poder se desbordarían en su seno y aparecía la sombra de la traición. El negocio del narcotráfico iba en aumento y las ansias de poder aparecerían por el control de las plazas y del negocio.

Después de salvar la vida, Colsa MacGregor viajó a Ciudad Juárez en busca de Rafael Aguilar y de Amado Carrillo. Los tres se fueron a comer y les contó el incidente de la calle Patria; en el postre les pidió un favor: Que intervinieran ante Lupercio Serratos para que no lo matara y le pagara la deuda. Les prometió que sería flexible, con tal de llegar a un arreglo.

Rafael y Amado aceptaron brindarle apoyo. Pero Colsa advirtió que las cosas no andaban bien entre ellos; las diferencias entre ambos eran notorias. Pero fieles a su amistad, llamaron por teléfono a Lupercio Serratos y le anunciaron que iban a enviar a una persona para arreglar las pendejadas que hacía. Colsa permaneció cuatro días más en Ciudad Juárez y siguió frecuentándolos. Así fue como comprobó que la tensa relación acabaría separándolos, fracturando a la organización.

 

 

 

En una de esas tardes invernales, a finales de enero de 1993, Colsa degustaba un trago en el restaurante El Rodeo, propiedad de Amado y Rafael. A su lado estaba sentado Rafael Aguilar, cuando súbitamente apareció Amado Carrillo, quien no tomó asiento en la mesa.

 

 

Desde la distancia le hizo una seña a Rafael para que fuera hacia él.  Colsa se percató de que ambos discutían acaloradamente. Amado manoteaba, enfurecido; Aguilar Guajardo alzó su brazo derecho y le soltó una bofetada a su interlocutor. El capo de Guamuchilito sólo dio media vuelta y se retiró del lugar con su escolta.

 

 

Amado Carrillo, hombre reservado, soportó la afrenta, pero un manojo de emociones se agolpó en su mente.

La sociedad, la amistad, el compadrazgo entre Amado y Rafael estaban en franco deterioro. La lucha por el dinero y el poder dentro de la organización los llevaba directamente a una ruptura, sin posibilidad de reconciliación. La relación se tensaba y los diques que los unían terminarían por romperse.

 

 

Colsa arregló finalmente su diferendo con Lupercio Serratos, quien quedó en solventar su deuda en plazos. En esa coyuntura, en abril de 1993 cayó asesinado Rafael Aguilar, en Cancún.

 

 

 

VIAJE CON PROPÓSITO

 

 

 

El capo había viajado a ese centro turístico supuestamente en plan de vacaciones, aunque luego se sabría que llevaba, entre otros planes, cerrar una presunta negociación con la DEA que había propuesto anteriormente, sin éxito, a la PGR y al gobierno federal.

Aguilar Guajardo intentaba pactar con el gobierno una tregua para que sus hombres maniobraran sin interferencias; a cambio, estaba dispuesto a revelar información detallada sobre los movimientos de las otras organizaciones que operaban en territorio nacional. El fracaso anterior había pospuesto el arribo de Jorge Carpizo y de Mario Ruiz Massieu a la PGR en enero de 1993.

 

 

Aguilar Guajardo había llegado a ese destino turístico dispuesto a pasar unos días de placer y cumplir su propósito. Se instaló en el hotel Hyatt, en plena zona hotelera, donde rentó varias suites.

Todo lo había planeado y hasta tenía trazado un itinerario para visitar algunos lugares del caribe mexicano acompañado de al menos seis familiares. El 12 de abril de 1993 iría a la isla de Cozumel, de hecho se preparó para partir y justo en el momento en que caminaba por uno de los muelles para abordar una lancha que lo llevara al lugar, unas ráfagas expansivas acabaron con su vida. Su cuerpo, bañado de sangre, quedó tirado en el pavimento.

 

 

En el mismo lugar también caería abatida a tiros Georgina Knafel, una mujer presuntamente vinculada con la DEA que, se supo después, era uno de sus principales contactos con las altas autoridades antidrogas de Estados Unidos.

Con la ejecución de Aguilar Guajardo se cerraba un capítulo del Cártel de Juárez. El control de esa organización criminal quedaría en manos de Amado Carrillo, sobre quien pesó la sospecha de traición. Pero él no se amilanaba, más bien trabajaba en un proyecto empresarial para expandir los dominios del cártel.

 

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